Nostalgia
Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
—sal, espuma y estruendo—,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.
Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.
(Rosario Castellanos)
Nostalgia
Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
—sal, espuma y estruendo—,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.
Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.
(Rosario Castellanos)
Esta visión la espabiló junto al viento estimulante que acariciaba su rostro. Así se dejó llevar por sus pensamientos alejados de la algarabía que había a su alrededor. Tal fue su ensimismamiento. Sigue siendo una playa para todas las edades, pensó. Puedes nadar, jugar con las olas, dejar que el sol bañe tu piel, caminar por la extensa playa o simplemente tenderte en la arena dorada, y sobre todo sentir esa desconexión. Por eso, y de forma instintiva, una vez alcanzada la playa, se descalzó y enterró sus pies castigados en la arena mojada haciendo un hoyo con ellos, como si quisiera librar un combate de fuerza del que tendría que salir victoriosa. Se sintió privilegiada. No solo no había monotonía sino que todo gesto, todo movimiento, toda acción rompía la rutina que tanto pavor le provocaba últimamente.
Ese excelente lugar le estaba ofreciendo además el encuentro con su interior, esa lectura personal e intransferible que tú y solo tú puedes lograr aunque la niegues, aunque quieras escabullirte.
Entre tantos pensamientos decidió permanecer en la playa que lleva el nombre de “Leocadio Machado” y que está entre playa Grande y playa de La Tejita. Su nombre le viene dado por la inspiración que allí encontró, el que fuera profesor de Náutica y doctor en Derecho, para escribir su novela El loco de la playa, allá por el año 1925.
Foto Tanci
En esta playa existen pequeñas calas de arenas amarillas que permanecen amparadas por alerones abrigados de roca blanca tipo caliza. Los vientos alisios que azotan esta zona la mayor parte del año y principalmente en el verano, hacen que la gente busque la pequeña protección de estos rincones, casi vírgenes, para disfrutar de los beneficios del mar, del sol y del aire puro cargado de yodo y de iones negativos.
En esos pequeños resorts y en un tramo de esta playa es posible desconectarse, respirar aire limpio y soñar. No cuesta nada. Tampoco soñar cuesta. No hace falta mucho; una mochila con la toalla, unas cholas para caminar y el bañador que en esta zona es bienvenido ya que las calas nudistas están más alejadas y a ambos extremos de esta playa. Una de estas calas está en La Tejita y al pie del maravilloso cono volcánico de Montaña Roja. La otra está al lado del murallón de Montaña Pelada.
Pero esos recovecos protegidos con muretes esculpidos de manera natural por las propias mareas, resguardan a los bañistas no solo del implacable sol y del viento, sino que a su vez hacen de punto de encuentro social sin apenas proponérselo.
Tanto la mochila, como la toalla y las cholas, como un cesto con la merienda o un patinete de algún niño, tuvieron la necesidad de permanecer colgados mientras sus propietarios se daban su baño tranquilamente. El cálculo de la subida de la marea en este entorno muchas veces no es previsible para cualquier neófito, y según el tiempo de permanencia en el mar podría ser que cuando regresaras, ni estuviera la toalla, ni la mochila, ni las cholas ni, como en este caso, cesto ni patinete. Es como si la marea lentamente los hubiera arrebatado de la arena donde habían quedado aparcados, arremolinándolos a su amaño y casi enterrándolos.
Así es que alguien, alguna vez, tuvo la feliz idea de llevar a una de esas calas un martillo y algunas alcayatas y clavó una de ellas o varias en la pared de tosca blanca. El perchero fue improvisado y útil en un momento determinado. Sin embargo me quedo pensando quien más utilizará esas alcayatas en posteriores y repetidas veces, una vez pasado este primer uso. Y me da por pensar que no estuvo nada mal la idea de poner en práctica este improvisado perchero porque a partir de aquel momento, siguen las alcayatas clavadas en el farallón, nadie se ha atrevido a arrancarlas, lo cual prueba el uso funcional de los clavos y el respeto por alguien que se molestó y tuvo la feliz idea de colocar esas tachas para hacer comunal y público algo de lo que cualquier bañista puede beneficiarse. Y más allá de este simple gesto, me queda la esperanza y el optimismo de que muchas cosas, tal vez más de las que soy consciente, no están perdidas todavía, y es que compartir arena, playa, sol y alcayata no tiene precio, pero sí tiene el gran valor de la generosidad comunitaria.
Entre volcanes, tierra quemada, mar bravío, plataneras y thriller, "Hierro" me reactivó.
Tierra singular, amistosa, familiar y entregada a un respeto por sus costumbres y su medio ambiente que va más allá del conservadurismo y del ecologismo.
"Hierro" fue la idea original en la que muchas mujeres, o algunas, nos viéramos reflejadas en muchos aspectos que se han venido trabajando y reivindicando desde mucho tiempo atrás, involucradas desde siempre en una filosofía de vida y construcción enérgica constante de acción que está por encima del sistema. "Hierro" me conquistó.
( Diseño Tanci.Tinta y acuarela sobre papel)
Aquel 23 de febrero de 1981 yo era muy joven. La experiencia la estaba ganando lentamente y sin prisas en la escuela de la vida. La estaba adquiriendo en el día a día, pero empleándome bien a fondo en mi profesión.
¡Qué tiempos!
Hacía poco que estaba trabajando en una escuela rural de un municipio del sur. Más concretamente en una escuela unitaria en un barrio de ese municipio. La población de aquel barrio y otros de distintos municipios del sur, crecía desmesuradamente. El aeropuerto del Sur, Reina Sofía, había sido estrenado apenas tres años antes de 1981. Se avecinaban tiempos de mucho desarrollo y la construcción de apartamentos, locales comerciales e inmuebles iba ganando terreno y sentando las bases del boom del turismo que no tardaría en llegar. Muchas familias se trasladaron desde otras islas a vivir y a trabajar al sur de Tenerife y el número de alumnos crecía tan rápidamente que las escuelas unitarias no eran suficientes para dar cabida y acoger a todo el alumnado. Se duplicaron jornadas escolares. Jornada de mañana y la de tarde-noche. Se procedió a alquilar salones o locales apenas levantadas las cuatro paredes con dos huecos de ventanas, en los que por la noche se guardaba un camión, jeep o pequeña guagua del propietario del local, y por el día se colocaban los pupitres y las sillas ocupando todo el salón para impartir las clases y donde el olor a gasolina o petróleo permanecía impregnado, durante la jornada escolar, en el ambiente y en las paredes de cantos blancos del inmueble. Para cuando terminaba la jornada de la escuela por la tarde-noche, las sillas y pupitres debían ser retirados y colocados junto a las paredes y alrededor del garaje para que el dueño del local guardara su vehículo. Había permanentemente una gran mancha de aceite mezclado con gasolina en el suelo. Y así pasaron unos tres o cuatro años, día tras día, hasta que con la llegada de la democracia, se fueron construyendo los nuevos centros escolares. Mi aula-salón la componían 45 alumnos de entre 8 y 9 años. Este local-garaje no tenía servicios ni para la maestra ni para los alumnos, aunque ellos lo tenían más fácil que yo. A la hora de salir a hacer sus necesidades iban detrás de las pencas que rodeaban en gran extensión la escuela y allí podían, alegremente y como si de un juego se tratara, evacuar. Yo debía aguantarme hasta llegar a mi casa.
Aquel 23 de febrero de 1981, a mi me pilló en el sur de la isla. Fueron mis
primeros años de servicio como maestra interina. Concretamente en Arona. En un
barrio llamado Cabo Blanco. Yo compraba a menudo una revista titulada Mundo Obrero donde se daba cuenta de las
luchas, reuniones, asambleas, logros y no logros de trabajadores y asalariados.
Tenía varios números coleccionados en la llamada “casa del maestro” y que yo ocupaba como vivienda habitual. Esa
tarde fui de visita a la casa de una compañera de trabajo. Era mayor que yo y
con más experiencia en lo personal y en lo profesional. Fue la que me comunicó
lo de las movilizaciones que ya se escuchaban a través de las ondas de la radio
sobre las seis de la tarde. En su casa hablamos de lo que se oía y de lo que se
estaba cocinando en Las Cortes, así como
en las calles de Valencia, Madrid y otras regiones que dudaban anexionarse a la
tentativa de golpe de estado. Al tiempo que estábamos muy atentas a las noticias a través de las ondas,
valoramos y medimos lo que se nos venía encima y lo que podría llegar a pasar
con esta delicada situación y las consecuencias de esta conspiración. La
Constitución, carta fundamental de nuestro estado de derecho y de nuestras
libertades, podría esfumarse en apenas un abrir y cerrar de ojos. Como
docentes estaríamos en el punto de mira. Pensamos en las consecuencias que
podría traernos si nos encontraran “revistas o documentos panfletarios" o
de tipo izquierdoso en nuestros domicilios. Hablamos de los posibles registros
en los hogares y nos sentimos
vulnerables dada la condición de enseñantes… Me entró miedo. Me despedí de esta
compañera y corrí veloz hasta mi casa. Me encerré al tiempo que sintonicé la
radio no muy alta.
Al día siguiente, con el temor metido en la piel ya que durante toda esa noche no me separé de la radio, pude contactar con mi familia a través de la cabina telefónica que había en La Camella, barrio de Arona.
No sé si en algún rincón de mi actual vivienda queda como recuerdo alguna revista de las llamadas panfletarias de aquellas que coleccionaba, o alguna octavilla de las que recogía en la calle cuando se repartían a escondidas…
Cuánto aconteció posteriormente ya se ha contado y publicado repetidas veces para no olvidar ese capítulo non grato de intento de golpe de estado. En aquellos momentos, y en un santiamén, pudimos perder la recién adquirida Constitución española de 1978, en la cual se propugnaba el pluralismo político basado en las libertades y derechos de igualdad y justicia social.
Allí estaba, al borde de la acera, aparcado sobre el frío asfalto y entre dos grandes contenedores grises de polietileno. No se escondía cuando pasé a su lado, más bien se mantenía firme y altivo, pero me dio la sensación de tristeza y abandono al toparme con él. Debajo de su capa blanca no tenía una piel rosada pues su pelo cubría al completo su cuerpo. Más bien era como si le hubieran dado una lechada de cal perlina
Me pareció extraño ya que casi siempre yo los había visto representados de color azabache con un brillo lustroso o incluso castaño con sus extremidades tirando a más oscuro. Incluso con manchas negras o canelas sobre un pelaje blanco imitando a los caballos pintos de los indios americanos o los que corrían salvajes por el lejano oeste. También eran habituales en algún recodo de algunas plazas muy transitadas por niños y papás. O bien en eventos o festejos puntuales donde grandes concentraciones de gente permitía la llamada de atención de cualquier pequeño…
Me seducían pero nunca tuve uno igual, pese a que me atraían de manera singular. Pero al verlo allí solo, estático y abandonado me retrotrajo a la yegua que había en la casa granja familiar de mi infancia. Ésta era similar a un alazán, con pelo color rojizo brillante casi castaño y la cola y sus crines más oscuros y serpenteantes. Las cuatro partes inferiores de sus extremidades eran de color blanco así como la mancha en forma de estrella que tenía en su cara. Sus ojos eran grandes y avellanados. Y su cuerpo era musculoso, compacto y con mucha fuerza para poder ayudar en las tareas del campo más que para montar. Pero siempre había un momento de ocio para colocarle la silla y pasear sobre su lomo en días festivos o el día de la fiesta del Santo Patrono al que se le presentaba para recibir la bendición.
Pero este potrillo no estaba roto, ni tan siquiera su pelaje estaba enmarañado, ni sucio… tan solo estaba abandonado, apartado de la función que tuvo en su día y para la que fue usado. Sostenido sobre un balancín de madera de color rojo no había, en aquel preciso momento, brisa ni viento que lo moviera…ni niño que lo montara. Me acerqué tímidamente a él y se me quedó mirando con sus pequeños ojitos apesadumbrados como tratando de contarme batallas o juegos que otrora sostuvo con su antiguo dueño. Imaginé una niña con tirabuzones montada sobre él aferrada a su cuello con sus pequeñas manitas, mientras que se arrullaba agarrada a sus crines. Sentí dolor pues tal vez pudo haber llegado a otras manos diminutas también y haber dormido en un segundo establo con su cama de paja y su comedero lleno de grano, avena y alfalfa, con su bebedero limpio y su piedrecita de sal en un recodo para que cada vez que volviera de su faena pudiera saborear esa sustancia salada que había perdido por el esfuerzo de su tarea.
Me acerqué a él y sin preguntarle nada lo cogí por su brida y lo alcé entre mis brazos. Me pareció ver que sus ojillos se achinaban de sorpresa y entusiasmo. Lo sostuve con más fuerza ya que su peso no se correspondía con su tamaño. Caminé calle arriba hasta legar a mi casa y allí dentro del hogar lo acicalé, le pasé un cepillo de cerdas depor su lomo y sus patas, también por su cola y sus crines.
Hoy este rocín me acompaña y me sigue con la mirada hasta el punto de saberse querido, protegido y útil en la esquina de mi salón. Ya le he buscado compañía.