sábado, 19 de mayo de 2018

Frío

                                                         Foto Tanci



Abrigadita.
La casa tiene frío
Aguja y punto. 
                                                

martes, 1 de mayo de 2018

De fajinas, pinocho y crin




                                                                                                                         Foto Tanci


          

La primera tortícolis que recuerdo haber tenido sería cuando yo contaba con 7 u 8 años. Mi hermana y yo saltábamos en una de las dos camas de madera tallada que mi padre había encargado a un carpintero. El somier de ambas camas era metálico formando hexaedros unidos unos con otros y que nos hacía recordar a las celdillas de las abejas para depositar la miel. Esta estructura metálica la hacía flexible y elástica una vez que se cubría con el colchón de muelles hecho de alambre, hierro, tela y algodón. A su vez se amoldaba al cuerpo hasta que por el continuo uso aparecían los alambres a través de la tela acolchada en la que estaba envuelta la estructura del mismo colchón. Entonces había que pensar en comprar uno nuevo.

Pero en casa de la abuela había otro tipo de colchones. Colchones hechos a mano. Yo los recuerdo de una tela color perla gruesa y firme llamada de muselina. Se confeccionaba con varios lienzos de tela unidos unos a otros hasta formar una gran bolsa del tamaño del catre. En medio de esa gran bolsa se dejaba una abertura algo similar a las braguetas de los calzoncillos de los hombres que se cerraba con cintas que se unían entre sí con nudo y lazo como cuando uno se acordona los zapatos. El asunto era lograr que esa abertura pudiera cerrarse o abrirse a conveniencia. En el momento de hacer el relleno del colchón allí estaba yo fisgoneando  los movimientos  de las manos de mi abuela y de mi tía. Me mandaban a traer poquito a poco las hojas secas que recubría la piña de millo y que estaban colocadas sobre una manta limpia debajo del cobertizo. Una vez seca la fajina,  se rajaba en tiras muy finitas de tal manera que se adaptarían mejor a la bolsa del colchón y no molestara tanto a la hora del descanso. Esta tarea requería habilidad en los dedos, cosa que yo no tenía dada mi corta edad, pero estaba diestra para cargar la fajina desde el patio hasta la habitación.

También se rellenaban estos colchones de pinocho, siendo la hoja del pino canario y que, de forma natural, cae al suelo cuando se seca. Era menester recoger este pinocho para su uso de las primeras hojas que caían al suelo ya que era más fino y más suave y de esta manera no traspasaba la bolsa que los protegería.

Por último recuerdo también el relleno llamado crin, de fibra también natural y que provenía de las crines de caballos y yeguas. Éste se vendía a granel y al peso en las ventas de abastos.

Una vez acompañé a mi abuela, cogida de su mano, a casa de una vecina que vivía mucho más alejada del lugar donde se concentraban las casas. En el momento en que llegamos, la dueña estaba justamente aireando su colchón, pero éste no era de la misma tela de los que yo había visto en la casa de mi abuela. Aquel colchón era de tela de arpillera color canelo oscuro  y adornada con unas rayas anchas azules a lo largo de cada unión. En aquel momento fui consciente que era la misma clase de tela gruesa, tosca y áspera de los sacos de 100 kilos que se usaban en las casas de labranza para el acarreto de papas, hierba o el mismo estiércol que se depositaría en los terrenos para su abono. Allí y cogida de la mano de mi abuela, pude entender bajo mi mirada infantil que la economía de aquella casa no le podía permitirse usar colchones elaborados con tela de muselina color perla. O bien de aquella otra tela de color gris claro adornada también con listas azules.

Las fibras vegetales que rellenaban aquellos colchones iban bajando de grosor a medida que se hacía uso del mismo.

Pero había una faena especialmente atractiva y lúdica a mis ojos. Era el proceso de estofado y oreo del colchón, de tal manera, que tanto el olor como la humedad desapareciera al tiempo que volviera la gran bolsa a coger una muy singular forma abombada y, si se quiere, mullida.

Esperaba yo a que me mandaran a por la escoba ya que había de hacerse a mano utilizando esta para hacer llegar a las cuatro esquinas la materia del relleno ya que con los simples brazos no era posible distribuirlo. Por eso también otras veces me mandaban a traer una horqueta de brezo de mayor largo que el cabo de la escoba. Partiendo de ahí se vestía la cama. Una manta que recubría todo el colchón a modo de forro. Sobre ésta una sábana blanca y fina de algodón. Y luego sobre ella otra sábana blanca generalmente adornada con algún bordado hecho a mano o bien tira bordada comprada  hecha. Luego vendrían las mantas de lana.

Pero antes de vestirlas se nos daba permiso a los niños para que saltáramos encima de la cama a fin de equilibrar y distribuir  la fajina y el pinocho en todo el colchón.

Ahora puedo entender de donde provenía la costumbre mía y de mi hermana de saltar sobre las camas, bajo pena de ser castigadas dado que los nuevos colchones, los de las camas de madera y no los de  los catres, no eran colchones de pinocho, ni de fajina, ni de crin. Eran los nuevos colchones de muelles. Mejor diversión no había para un niño que la de saltar alegre e inocentemente y sin miedo alguno sobre una cama. Aquella tortícolis que se me produjo por semejante jugueteo, me duró meses. Todavía restalla un poco cuando el frío hace su aparición.

 


sábado, 21 de abril de 2018

Roca y cardón



Diseño Tanci
(Tinta y acuarela sobre papel)




Monte y cielo
roca y suelo.
Enfrentado, 
el cardón, 
enhiesto.
Largos poliedros
paralelos
desafiantes al viento.
Sol y agua
en la roca quebrada. 
Y en las noches
duermen y descansan, 
transparentes, 
las finas heladas.



jueves, 12 de abril de 2018

Hellas *



                                                                                                                   Foto Tanci







En ningún momento pensó hallar  en el paseo a la orilla de la playa aquel carromato con cuatro ruedas.


Paseando a través de aquel camino sinuoso que discurre paralelo a la playa, hecho de tablones de madera y pegados unos tras otros, tal vez, alguno levantado por el continuo pasar de la gente o carcomidos por el salitre del mar; pensó que aquel paseo era el sitio idílico para desconectar, vaciar la mente y volverla a llenar.

Entre la algarabía de los niños que juegan, corren  y chapotean a la orilla de la playa, el rumor del bravo oleaje desperezándose a la pleamar y el olor humedecido a sal y sol, se descolgaban, casi de repente, las notas musicales de aquel instrumento aparcado y nada afín a un paseo marítimo.

A medida que sus pasos avanzaban, se percibían más y mejor el sonido alegre de sus notas. Allí y en un recodo detrás de su mostrador de madera de color caoba y deslizando sus largos y armoniosos dedos sobre las tabletas geométricas blancas de turrón de coco y salpicadas de chocolate; allí,  sobre su taburete redondo de madera de roble, permanecía su tocador. Un joven de piel brillante y morena por los sucesivos rayos de sol recogidos en islas exóticas y tocado por un sombrero de tela color caqui de ala ancha, de los usados por exploradores en lugares recónditos y asilvestrados.

No era nada común un piano en la playa. Allí donde el agua no llega pero sí es posible que se eleven y bailen  sus notas musicales a modo de danza renacentista.

En un lateral del piano estaba colgada una especie de pequeña  cesta en miniatura de malla de color verde, de las usadas por pescadores, donde se dejaba entrever las monedas que  los viandantes depositaban como agradecimiento por su armonización en aquel lugar.

Venía de muy lejos, del norte Francia transportando su piano para dar conciertos a través de las Islas. Una libreta llena de fotos y detalles bien cuidados y escritos a mano de su puño y letra; de aquí, de allá y de acullá dejaba constancia de su paso por los lugares que había elegido. Ese fin de semana saltaría a  La Gomera, y ahí sus ojos se volvieron a iluminar como cuando le ofreció una pieza extra en exclusiva después de haber cerrado la tapa de su teclado, haberse despojado del sombrero que protegía de los rayos de sol su cabeza y haber dado por finalizado su personal concierto. Una vez concluido, decidió rehacer el mismo ritual a fin de terminar su actuación.

Había dejado su trabajo de organista en una catedral de la Bretaña francesa. Buscaba una vida, quizás, más relajada. Sin horarios, sin obligaciones matutinas, pero alimentado por los rayos solares y llevando una suerte de vida más bohemia.  Empujando y tocando su piano de marca Hellas, ofrece conciertos en enclaves siempre cercanos al mar. El rugir de las olas y el panorama ambiental no le quita esplendor a su quehacer. Más bien le añade cercanía y agradecimiento entre el gentío agolpado a su alrededor. Su proyecto: hacer feliz a los demás con su música y poder vivir estrictamente con lo necesario.


*Hellas (Marca de instrumento musical finlandés)


domingo, 25 de marzo de 2018

Decorado:




                                                                                                 Foto Tanci


Niebla,
perlas de luces
como cuentas.
La arboleda
que se aleja...
Amarillos relinchones
nadan
en la alfombra
recién puesta.
Hierbas y trevinas 
ríen esbeltas.
El trébol solitario
que no encuentras...
Ver y sentir 
el paisaje, 
esta tarde,
a mi manera...
¡Es primavera!

domingo, 4 de marzo de 2018

El camisón de dormir




                                                                                                                              Foto Tanci





La palmatoria sobre la lata del gofio y ésta sobre la alacena, chisporroteaba alumbrando levemente la cocina. Mientras,  por entre las tejas embebidas de agua, se colaba un fino y helado hilillo de aire apenas aplacado por el calor que desprendía el caldero de aluminio del potaje de verduras recién hervido.
En medio de la estancia, la mesa casi rectangular de San Antonio arropada por las cuatro sillas «vitorieras», toscamente realizadas en madera de tea, y en la que se percibía en una de las esquinas las cicatrices propinadas por el abuelo en la habitual picadura del tabaco, y con el que llenaría, posteriormente su cachimba de brezo.
Una vez que la abuela hubo recogido de la mesa las escudillas vacías, en las que había servido anteriormente  leche de cabra sazonada con gofio de millo y trigo, tendió una manta doblada sobre ella y sobre ésta una fina sábana blanca de algodón.
Una de las dos planchas de hierro cuya base era casi triangular y con mango cilíndrico de hierro también, permanecía sobre  el infiernillo de petróleo de sobre poyo. ¡Pam, zas, zas, zas!, se deslizaba la plancha dando giros pequeños y semicírculos a modo de vals sobre el camisón de franela azul y ribeteado con una pequeña tira bordada alrededor del canesú.
Cuando la primera plancha hubo de enfriarse tras su uso en el planchado, era menester el cambio por la otra que permanecía sobre  el fuego a la espera de su turno.
¡Pam, zas, zas, zas! En la  parte en  que las arrugas eran persistentes, se hacía necesario una rociada de agua salpicada con una de las manos a modo de pequeña lluvia y con un hábil jeito de sacudida.
El camisón largo hasta los pies, de mangas anchas, con canesú, había quedado perfecto para una noche fría, de lluvia y viento cortante y helada en el exterior de la estancia.
Mientras, en el interior y entre las mantas de algodón blanco y de cinco rayas azules, el calor de la abuela ayudado por su camisón de franela recién planchado, fue traspasado a su pequeña nieta.

 

domingo, 18 de febrero de 2018

Las apariencias engañan



                                                                                                                      Foto Tanci



Doña Cecilia, además de ejercer de ama de casa de una manera pulcra y eficaz, dedicaba parte de su tiempo a otros menesteres. Mujer discreta y sencilla, de piel suave tocada por un pañuelo blanco que no dejaba ver su pelo plateado y fino, se sentía orgullosa de aquella otra tarea que compaginaba casi a diario con las de la casa.

Por su parte, Juana, ávida de siempre de saber los por menores de su vecina, pegaba la oreja a la pared medianera entre ambas casas y siempre oía la misma cantinela a la hora de la siesta. Cuando todo era silencio.

Bien es sabido que aquello no eran buenos tiempos para hacer ahorro de un simple jornal, y, aunque el marido de Cecilia trabajaba a diario en la platanera, ella se las arreglaba para sacar algunos cuartos de aquel otro trabajo que tenía entre manos.

Dado que su vecina Juana andaba metiendo la nariz en fogal ajeno y era amiga de dimes y diretes, paró una vez por la calle al marido de Doña Cecilia alertándole de que justo después de comer su mujer recibía ciertas visitas, instándole a éste para que la acechara.

Don Prudencio sabía perfectamente lo que había en su mujer y no se dejó llevar por la lengua de Juana, bien conocida entre sus vecinos. Pero fue tanto lo que Juana le dijo matraquillándole la cabeza que, éste, para salir de esa pequeña duda que le asaltó ante su debilidad intentó acechar a su santa mujer.

 Por todos era sabido que D. Prudencio llevaba a diario a su trabajo su cesta de mimbre ataviada con las viandas que su señora le preparaba para su almuerzo. Pero ese día no pudo ir a la platanera como de costumbre y almorzó junto a su mujer. Ésta colocó la mesa con mantel de tela de Vichy de cuadraditos verdes y blancos, compartieron los alimentos, hablaron de si llegaba el salario a fin de mes y, una vez terminaron, Doña Cecilia fregó la loza, la secó, la colocó en la alacena, sacudió el mantel, limpió con un trapo húmedo el sempiterno hule que permanecía cubriendo la mesa, sacudió las moscas con un paño hacia el patio que daba a la cocina y colocó el florero de cristal con unas orejas de burro, aprovisionadas a la entrada de su casa, sobre la mesa.

Él hizo que salía a recoger unas herramientas que le prestaba su compadre, pero se quedó por fuera de la puerta donde una cortina de tela floreada de cretona hacía las veces de división hacia el interior de la estancia, permitiendo a su vez el fácil acceso hasta la vivienda.

Doña Cecilia se puso sentada tras la máquina de coser Singer comprada de segunda mano y que le regalara su marido en su día y, habiendo dado apenas dos a o tres pespuntes a la tela que tenía entre manos, hubo de parar diciendo:

“Bienvenido amor mío.

Te amo igual que a mi marido,

en el suelo o en la cama,

yo me las entiendo contigo”

 

Habiendo oído D. Prudencio esta retahíla y sin saber que había alguien con su señora esposa en aquel momento, entró precipitadamente encontrando a su mujer en un sopor de sueño repentino al que recibía de muy buen agrado, provocado tanto por el cansancio de haber estado casi todo el día a los pies de la máquina de coser, como  por la digestión de la comida.

Juana, la vecina, nunca entendió quién era al que recibía Doña Cecilia cada día a una hora determinada y quería tanto como a su marido, pero bien que se imaginó lo que quiso sólo porque Doña Cecilia permitía, y bien que lo hacía, dar la bienvenida al sueño del mediodía.
 
 
 
 
                                                                                                                            Foto Tanci