sábado, 27 de octubre de 2018

Papelitos de colores



                                                                                                                      Foto Tanci



                                       
Caminaba diestra hasta llegar a la plaza. Se reconoció sola cuando, en medio de ella y sin proponérselo, aminoró la marcha . El leve sonido del frufrú de los papelitos de colores sobre sí misma  la hizo detenerse y mirar hacia el cielo. Pese a que llegaba tarde a su cita, se paró y no pudo, de por menos, admirar el panorama. Allí, bien recortados cada uno de forma simétrica rectangular y pegados de manera lineal uno tras otro en diversos hilos  que a su vez iban empatados todos  sobre un mismo punto en la parte superior de  una  gruesa viga de madera que, a modo  de puntal alto,  estaba sujeta verticalmente en el centro de la plaza. Ese madero grueso y cilíndrico, sostenía todas las finas cuerdas llenas de papelitos de colores que recorrían el cielo uniéndolos a  los distintos puntos que rodeaban el lugar, cubriendo el recinto de forma circular, con su color  y al aire. Esta vez se eligió el azul claro y el violeta como tonalidad imperante. – Fina y delicada combinación- pensó. Mientras,  seguía el leve sonido y el balanceo de los papelitos al ritmo de la más ligera brisa. Éstos mantenían una danza vistosa, alegre y tintineante  por donde, entremedio de los radios de esa circunferencia colorida sobre el trazado circular de la plaza, se dejaba entrever el azul brillante y chillón del cielo. Liso totalmente, sin una nube,  expectante, tal vez, también del frufrú de los papelitos. En ese momento, quizás, sintió añoranza de la plaza de su niñez. Plaza sin quiosco  en medio, pero  en la que se colocaba cada año una plataforma circular alzada del suelo con pilares redondos de madera también y sostenidas todas esas tablas y tablones con gruesos clavos a fin de sujetarlos. Era como una especie de entresuelo elevado. Esa plataforma sostenía a la orquesta que amenizaba unas dos o tres noches las veladas de verbenas que, por las fiestas, se realizaban hasta altas horas de la madrugada. En ese momento, se le agolpó en sus oídos música de boleros, algún tango trasnochado y muchos pasodobles. Se sintió danzar sola. Y danzar nunca le costó, más bien le gustaba desde siempre elevar sus pies del suelo dejándose llevar por las notas de cualquier melodía que acunara su alma. El ritmo lo llevaba desde siempre, puesto, como si de  una rebeca se tratara, sobre los hombros.

“En la Guancha siembran flores, 
en San Juan siembran bubangos,
y en el quiosco de San José, 
se quedó el cura colgando”

Resonaba esta copla, recordando el momento, una de tantas noches de festejos, en que ese entramado de tablas se dobló, abatiéndose sobre uno de los lados y cediendo por el peso exagerado de tanta gente que quiso estar al lado de los músicos cuando estos tocaban. Entre ellos estaba alongado, precisamente, el Señor cura quien estaba más bien oteando a la bullanguera juventud. Nada le pasó al cura, tampoco a la gente que estaba debajo y en el exterior, pero quedó este cantar como recuerdo en aquel año de festejos.
 Al otro extremo de la plaza estaba la ermita de gruesos muros enjalbegados de un blanco inmaculado; hoy Iglesia, humilde, sencilla, con artesonado de madera entrecruzado formando simples dibujos y con una balcón en su interior donde era costumbre  que se sentaran los niños y niñas desinquietos, pero curtidos por la ley del silencio en el templo y desde donde se visualizaba mejor el oficio dominical. Debajo, muchas mujeres vestidas de oscuro, pese a que alguna, saliéndose de la norma, optaba por imponer colores claros y llamativos más a la moda. Murmuraban el Santo Rosario previo a la Santa Misa o repetían las letanías de la misma. Algún hombre, aunque raro, se descolgaba entre ellas acudiendo también a los oficios. Todas, absolutamente todas, tocadas por un velo de encaje negro o de blonda sujeto con un alfiler al cabello. A las niñas ya se les suprimía la obligación de llevar este tocado.
En la parte trasera de la ermita y en su exterior,  una cruz de tea sobre una escalinata de piedra permanecía impertérrita año tras año. Le pareció a sus ojos más bella todavía, pese al paso de los años, aunque solitaria y desvalida. Recordó a Rosa, la señora que cada año y por las fiestas, colocaba su puesto de manzanas caramelizadas sobre un paño de cuadros de vichí, limpio y recién planchado, sobre el banco de argamasa que estaba trazado en uno de los laterales de la iglesia. Las vistosas, rojas y brillantes manzanas estaban presentadas con un palito que las atravesaba y  daba pie a que pudieras llevarlas en la mano y chuparlas hasta llegar al interior de la suculenta fruta sin mancharte. Un placer llamativo y dulce a los ojos infantiles. A peseta cada una. El resto del banco de mampostería servía de asiento a las señoras que saliendo de misa lo utilizaban para conversar un rato con sus vecinas haciendo vida social. En noches de verbena era el lugar perfecto para que las madres, celosas de sus hijas casaderas, se sentaran a espiarlas para tenerlas controladas en ese entorno. Allí, las madres impenitentes, cargaban con las rebecas o chaquetas de sus hijas y allegadas mientras salían a la pista a bailar invitadas por los mozos. Pasaban unos detrás de los otros en fila por delante de las chicas casaderas y, con el dedo índice de la mano derecha  medio extendido, se acercaban a ellas haciéndoles un guiño para ver si alguna accedía dándole el sí para ir a bailar.
Estos y otros muchos recuerdos se agolpaban en su mente mientras reinició el recorrido por la plaza hasta la otra salida que conecta con la carretera.
Días de fiestas, voladores, fuegos artificiales, procesiones, el Santo, turroneras y ventorrillos con el característico olor a carne fiesta y en donde podías disfrutar de una suculenta carne de cabra bien arreglada, con todos sus menesteres. El sonsonete de la tómbola parroquial le provocó imágenes dónde se exponían los más variados productos, prendas u objetos de decoración cedidos todos por las mujeres que colaboraban para obtener fondos para el decoro de la iglesia y su mantenimiento. ¡Te ha tocado! ¿Qué me ha tocado? Siii, ¡mira el 7! Y le enseñaba el número 7 escrito a lápiz y a mano en un trozo de papel de cuaderno de cuadros… ¡Una bolsa para el pan bordada a mano con unos patitos! ¡Qué suerte! , se  dijo para sus adentros… aunque no sé para qué quiero yo, una niña de ocho años, una bolsa para el pan…
 Ahora, y volviendo a la plaza en el momento actual, era consciente que siempre había tenido suerte en los juegos de azar, siempre picaba algún que otro premio y pensó en aquella creencia popular de antaño: “Afortunado en el juego, desafortunado en amores”. De repente se acordó de la cita. Se pasaban cinco minutos de la hora. Caminó rápidamente y salió de la plaza, no sin antes volver a mirar a los papelitos de colores, hacia arriba, oyendo su frufrú. En otro momento hubieran estado descolgados, habiendo pasado las fiestas. Rotos hasta sentirse abatidos llegando al suelo. Hoy, le llegó al alma, haberlos visto firmes al vuelo. Atados como el primer día, lustrosos…esperando tal vez a que las primeras lluvias empiecen a hacer su efecto de decoloración y descuelgue.













sábado, 20 de octubre de 2018

Charcos



                                                                                                                     Foto Tanci




Atardecer.
Una ola tras otra ola,
brillan los charcos.

domingo, 14 de octubre de 2018

Hojas



                                                                                                              Foto Tanci





Claro otoñal.
Contrastan los colores
del damasquero.

sábado, 13 de octubre de 2018

Paseo


        ( Callejón de Las Claras. San Cristóbal de La Laguna )                                                       Foto Tanci

                                                           

Pasear al atardecer por la ciudad de La Laguna nos lleva a poder admirarla y sentirla con otros ojos. No con los ojos de la rapidez y la premura, ni con los ojos de la añoranza, ni con los ojos de pasar y pasear tan solo...tampoco con ojos de miope. Es sentirla con los ojos del corazón, cuando apenas te paras un momento frente a un callejón y admiras una iglesia, una casona o alguna edificación histórica de esta ciudad. Ese y sólo ese, es un momento cargado de visión estética y de luminoso contraste. Aprehender con los sentidos y con la luz del alma es intentar penetrar, a través de sus fachadas, de sus vetustas puertas, de sus ventanas de tea, de sus muros de piedra y barro, de sus tejados. Es como intentar dar un salto al interior de esas estancias y husmear dentro... Por todo ese equilibrio y conservación y por haberse mantenido a lo largo de tanto tiempo, dio pie a ser declarada Bien Cultural y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y es que La Laguna con su trazado casi lineal y original  del S. XV conserva bastante intacto el modelo que sirvió para muchas ciudades coloniales de América. Ciudad colonial  no amurallada. Ese  trazado te lleva a sus campos, a sus vegas, a sus barrancos, a sus montes... al cielo. Es una ciudad abierta y sin murallas que invita, y casi obliga, a extasiarte. Esa cualidad, además de otras, la ha hecho atractiva de día y de noche a propios y foráneos. De noche, tal vez, sigue vagando el espíritu de aquellos que habitaron sus casas con sus patios traseros, o sus casonas robustas, o pasearon por sus plazas o sus calles empedradas. Todo conserva el sabor de lo ancestral mezclado con la inevitable y progresiva actividad actual. No hay añoranza, pero si recuerdo. No hay apego, pero si respeto. Respeto por los que construyeron con su esfuerzo edificaciones;  humildes unas, ostentosas otras, monumentales o tipos de edificaciones históricas... Al fin y al cabo construcciones de trabajo, sudor, fuerza y esperanza. Pasear por sus calles es beber de lo que fue, de lo que es y de lo que se mantendrá, si se sigue respetando, para goce, disfrute y alegría de nuestros sentidos. Por eso, pasear por La Laguna se nos antoja hacerlo con otros ojos. Ojos cercanos y amorosos. Ojos con alma. Ojos románticos, si, tal vez. Pero en definitiva con los ojos del corazón.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Dádiva

                                                                            Óleo sobre lienzo.(Tanci)




Nunca había pronunciado el vocablo que hacía honor a su persona. Amar, hubiera podido haberse escrito en el libro de su vida. Y era, sin embargo, el gesto, la mirada, la complicidad, el acercamiento, la ayuda, el tacto, el compartir. Una hechura perfecta que le caracterizaba por pensamiento, acción y emoción.

jueves, 30 de agosto de 2018

Pescado salado



                                                                                                             DiseñoTanci



Nunca faltó el pescado salado en aquel hogar humilde.
La mujer huesuda, enjuta, sin carnes apenas parecía que tuviera el pellejo adherido al entramado de sus huesos. Alta y de mirada triste, vestida de luto riguroso, apenas se tenía en pie. Pese a que no llegaba a la vejez, su delgadez, su palidez y debilitamiento mostraban carencias continuas de alimento casi imposibles de subsanar dada la pobreza de su entorno.
Llegado el tiempo invernal y con éste el frío, crujían aún más sus huesos, las bisagras se negaban a cumplir la misión de un buen engranaje. Cada día que pasaba, sentía que se paralizaba más su deambular y cualquier esfuerzo físico le costaba a doña Juana el doble; por debilidad, por inanición y por reúma. Entre su falta de glóbulos rojos y el desgaste de sus huesos por genética, casi no sentía su cuerpo y con esta gran impotencia cayó encamada.
La cosecha de papas, verduras, legumbres y cereales no había faltado nunca en aquella casa, pero la vida le había cambiado al haberse quedado sola con sus niños cuando reclutaron a su marido para la guerra de Cuba.
Ella, mujer más bien fina, poco acostumbrada a las labores del campo, se había dedicado a su casa, a su marido y a sus hijos. Y a coser. Había, incluso, adquirido una máquina de segunda mano inglesa de marca Singer para tales tareas, con unos ahorrillos que tenía del resultado de una excelente cosecha de papas. Cuando su marido faltó, empezó a desfallecer. Sola, y con los hijos a su cargo para sacarlos adelante, no le quedó otra que lanzarse a la búsqueda de alimento para sus vástagos arañando la tierra con sus propias manos. Y ya sabemos cómo son las cosas del campo, si el tiempo lo tenemos bueno, algo da la tierra; pero si se vira, no cuente usted con nada que echarse a la boca. A lo sumo un puño de gofio amasado y alguna poca de leche de la cabra…
Faltaba el alma de la labranza, las manos rudas y fuertes acostumbradas a obligar al terreno a parir la cosecha. Así que, cuando el alimento escaseaba, doña Juana repartía lo quiera que había entre sus hijos quedando ella sin nada que llevarse a su boca. No reparaba en ello. Por encima de todo había que mantener a su prole. Llegó un momento, extremo en consideración, en que ya no salió de su catre de viento. No pudo con su alma y las fuerzas le faltaban hasta para abrir sus dulces y avellanados ojos.
Una mujer de la familia, vecina de la casa, al ver que no daba señales de vida, tocó a su puerta entornada como era costumbre de dejar por aquella época, y fue a dar con ella. Hundida su cara, hundidos sus ojos. Su cuerpo reflejaba más la cercana parca que el de una mujer con ganas de seguir luchando. Pálida, escuálida y sin energía tan siquiera para mover su cabeza al tiempo en que la llamaba por su nombre. ¡Juana, Juana!, pero Juana ni se inmutó…
Rápidamente y a duras penas logró sentarla en la cama, le refrescó su frente y su débil cuerpo y la habilitó con su vestido negro de ir a misa los domingos y fiestas de guardar, y le colocó el sobretodo sobre sus decaídos hombros. La peinó, haciéndole una larga trenza que acostumbraba a enroscar sobre su coronilla. Le costó calzarla toda vez que su pies no respondían con firmeza a la colocación de sus zapatos. Estaban esmagados. Mientras un propio de la familia se dirigió raudo a la búsqueda del médico, llevando una mula para transportarlo ladera arriba hasta aquel lomo.
Llegó acompañado del doctor y cuando la auscultó, de inmediato vio que era un caso flagrante de alimento. Un decaimiento total de su máquina.
¿Por qué no come la señora? Le preguntó a los familiares acompañantes que habían acudido a la mísera casa. Estos no dudaron en dar la respuesta correcta:
- Doctor, su marido se fue a la guerra de Cuba y ella quedó a cargo de sus hijos. La mayoría de las veces no tiene con qué contentar a sus pequeños… ¿Cómo va a poderse alimentar ella?
El médico arqueó sus pobladas cejas. El entrecejo se surcó más todavía y aconsejó, adaptando su lenguaje a aquellos nobles campesinos:
-Esta mujer necesita comida de sustancia. Deben
alimentarla con carne.
Los familiares se miraron entre sí consternados.
- ¿Y cómo le damos carne si nosotros también somos pobres?
El médico los miró en silencio y preguntó
- ¿Y para comprar pescado salado tendrían?
Los familiares, aliviados asintieron con la cabeza.
- Pues vayan al Puerto de la Cruz, dijo el doctor, diríjanse a cualquiera de sus lonjas y compren pescado salado. Es mucho más barato que la carne, que los huevos o incluso que la leche. Y que coma diariamente un trozo además del gofio y de las papas - Y así lo hicieron.
Ese mismo día llevaron un par de samas de pescado para su casa. Lo justo para empezar una dieta rica en proteínas, vitaminas y hierro. Al cabo, cuando se había terminado el pescado, y ya algo más restablecida doña Juana, emprendieron las mujeres viaje de nuevo hacia el Puerto llevando de riendas una burra para hacer acopio de pescado no sólo para ellas, sino también para el resto de la familia.
A partir de ahí nunca faltó en la casa de la familia de doña Juana, y en la de ella misma, el pescado salado guardado siempre en un cajón apropiado para él y cubierto de tela de arpillera que lo tapaba del polvo y lo mantenía fresco.
La familia de doña Juana, sobre todo la que la auxilió, mucho tuvo que ver con su recuperación. Con la solidaridad que caracteriza a los humildes, estuvo en adelante presente para ayudar a Juana a alimentar a sus niños, así como que no les faltara a ninguno de ellos su trozo de pescado salado.
El marido regresó de su reclutamiento. Y aquella casa volvió a ser una casa importante de labor agrícola, y doña Juana pudo volver a ocuparse de sus labores domésticas. Pero la lección quedó, indeleble, en el imaginario familiar. Siempre a partir de ese momento, el granero albergó, junto a los cereales y las legumbres exquisitas de la zona, un cajón con pescado salado .

jueves, 23 de agosto de 2018

Neblina

                                                                                                               Foto Tancii
 

                                                                                                                                 



Días oscuros.
en pleno mes de agosto.
¿Dónde está el sol?