sábado, 21 de abril de 2018

Roca y cardón



Diseño Tanci
(Tinta y acuarela sobre papel)




Monte y cielo
roca y suelo.
Enfrentado, 
el cardón, 
enhiesto.
Largos poliedros
paralelos
desafiantes al viento.
Sol y agua
en la roca quebrada. 
Y en las noches
duermen y descansan, 
transparentes, 
las finas heladas.



jueves, 12 de abril de 2018

Hellas *



                                                                                                                   Foto Tanci







En ningún momento pensó hallar  en el paseo a la orilla de la playa aquel carromato con cuatro ruedas.


Paseando a través de aquel camino sinuoso que discurre paralelo a la playa, hecho de tablones de madera y pegados unos tras otros, tal vez, alguno levantado por el continuo pasar de la gente o carcomidos por el salitre del mar; pensó que aquel paseo era el sitio idílico para desconectar, vaciar la mente y volverla a llenar.

Entre la algarabía de los niños que juegan, corren  y chapotean a la orilla de la playa, el rumor del bravo oleaje desperezándose a la pleamar y el olor humedecido a sal y sol, se descolgaban, casi de repente, las notas musicales de aquel instrumento aparcado y nada afín a un paseo marítimo.

A medida que sus pasos avanzaban, se percibían más y mejor el sonido alegre de sus notas. Allí y en un recodo detrás de su mostrador de madera de color caoba y deslizando sus largos y armoniosos dedos sobre las tabletas geométricas blancas de turrón de coco y salpicadas de chocolate; allí,  sobre su taburete redondo de madera de roble, permanecía su tocador. Un joven de piel brillante y morena por los sucesivos rayos de sol recogidos en islas exóticas y tocado por un sombrero de tela color caqui de ala ancha, de los usados por exploradores en lugares recónditos y asilvestrados.

No era nada común un piano en la playa. Allí donde el agua no llega pero sí es posible que se eleven y bailen  sus notas musicales a modo de danza renacentista.

En un lateral del piano estaba colgada una especie de pequeña  cesta en miniatura de malla de color verde, de las usadas por pescadores, donde se dejaba entrever las monedas que  los viandantes depositaban como agradecimiento por su armonización en aquel lugar.

Venía de muy lejos, del norte Francia transportando su piano para dar conciertos a través de las Islas. Una libreta llena de fotos y detalles bien cuidados y escritos a mano de su puño y letra; de aquí, de allá y de acullá dejaba constancia de su paso por los lugares que había elegido. Ese fin de semana saltaría a  La Gomera, y ahí sus ojos se volvieron a iluminar como cuando le ofreció una pieza extra en exclusiva después de haber cerrado la tapa de su teclado, haberse despojado del sombrero que protegía de los rayos de sol su cabeza y haber dado por finalizado su personal concierto. Una vez concluido, decidió rehacer el mismo ritual a fin de terminar su actuación.

Había dejado su trabajo de organista en una catedral de la Bretaña francesa. Buscaba una vida, quizás, más relajada. Sin horarios, sin obligaciones matutinas, pero alimentado por los rayos solares y llevando una suerte de vida más bohemia.  Empujando y tocando su piano de marca Hellas, ofrece conciertos en enclaves siempre cercanos al mar. El rugir de las olas y el panorama ambiental no le quita esplendor a su quehacer. Más bien le añade cercanía y agradecimiento entre el gentío agolpado a su alrededor. Su proyecto: hacer feliz a los demás con su música y poder vivir estrictamente con lo necesario.


*Hellas (Marca de instrumento musical finlandés)


domingo, 25 de marzo de 2018

Decorado:




                                                                                                 Foto Tanci


Niebla,
perlas de luces
como cuentas.
La arboleda
que se aleja...
Amarillos relinchones
nadan
en la alfombra
recién puesta.
Hierbas y trevinas 
ríen esbeltas.
El trébol solitario
que no encuentras...
Ver y sentir 
el paisaje, 
esta tarde,
a mi manera...
¡Es primavera!

domingo, 4 de marzo de 2018

El camisón de dormir




                                                                                                                              Foto Tanci





La palmatoria sobre la lata del gofio y ésta sobre la alacena, chisporroteaba alumbrando levemente la cocina. Mientras,  por entre las tejas embebidas de agua, se colaba un fino y helado hilillo de aire apenas aplacado por el calor que desprendía el caldero de aluminio del potaje de verduras recién hervido.
En medio de la estancia, la mesa casi rectangular de San Antonio arropada por las cuatro sillas «vitorieras», toscamente realizadas en madera de tea, y en la que se percibía en una de las esquinas las cicatrices propinadas por el abuelo en la habitual picadura del tabaco, y con el que llenaría, posteriormente su cachimba de brezo.
Una vez que la abuela hubo recogido de la mesa las escudillas vacías, en las que había servido anteriormente  leche de cabra sazonada con gofio de millo y trigo, tendió una manta doblada sobre ella y sobre ésta una fina sábana blanca de algodón.
Una de las dos planchas de hierro cuya base era casi triangular y con mango cilíndrico de hierro también, permanecía sobre  el infiernillo de petróleo de sobre poyo. ¡Pam, zas, zas, zas!, se deslizaba la plancha dando giros pequeños y semicírculos a modo de vals sobre el camisón de franela azul y ribeteado con una pequeña tira bordada alrededor del canesú.
Cuando la primera plancha hubo de enfriarse tras su uso en el planchado, era menester el cambio por la otra que permanecía sobre  el fuego a la espera de su turno.
¡Pam, zas, zas, zas! En la  parte en  que las arrugas eran persistentes, se hacía necesario una rociada de agua salpicada con una de las manos a modo de pequeña lluvia y con un hábil jeito de sacudida.
El camisón largo hasta los pies, de mangas anchas, con canesú, había quedado perfecto para una noche fría, de lluvia y viento cortante y helada en el exterior de la estancia.
Mientras, en el interior y entre las mantas de algodón blanco y de cinco rayas azules, el calor de la abuela ayudado por su camisón de franela recién planchado, fue traspasado a su pequeña nieta.

 

domingo, 18 de febrero de 2018

Las apariencias engañan



                                                                                                                      Foto Tanci



Doña Cecilia, además de ejercer de ama de casa de una manera pulcra y eficaz, dedicaba parte de su tiempo a otros menesteres. Mujer discreta y sencilla, de piel suave tocada por un pañuelo blanco que no dejaba ver su pelo plateado y fino, se sentía orgullosa de aquella otra tarea que compaginaba casi a diario con las de la casa.

Por su parte, Juana, ávida de siempre de saber los por menores de su vecina, pegaba la oreja a la pared medianera entre ambas casas y siempre oía la misma cantinela a la hora de la siesta. Cuando todo era silencio.

Bien es sabido que aquello no eran buenos tiempos para hacer ahorro de un simple jornal, y, aunque el marido de Cecilia trabajaba a diario en la platanera, ella se las arreglaba para sacar algunos cuartos de aquel otro trabajo que tenía entre manos.

Dado que su vecina Juana andaba metiendo la nariz en fogal ajeno y era amiga de dimes y diretes, paró una vez por la calle al marido de Doña Cecilia alertándole de que justo después de comer su mujer recibía ciertas visitas, instándole a éste para que la acechara.

Don Prudencio sabía perfectamente lo que había en su mujer y no se dejó llevar por la lengua de Juana, bien conocida entre sus vecinos. Pero fue tanto lo que Juana le dijo matraquillándole la cabeza que, éste, para salir de esa pequeña duda que le asaltó ante su debilidad intentó acechar a su santa mujer.

 Por todos era sabido que D. Prudencio llevaba a diario a su trabajo su cesta de mimbre ataviada con las viandas que su señora le preparaba para su almuerzo. Pero ese día no pudo ir a la platanera como de costumbre y almorzó junto a su mujer. Ésta colocó la mesa con mantel de tela de Vichy de cuadraditos verdes y blancos, compartieron los alimentos, hablaron de si llegaba el salario a fin de mes y, una vez terminaron, Doña Cecilia fregó la loza, la secó, la colocó en la alacena, sacudió el mantel, limpió con un trapo húmedo el sempiterno hule que permanecía cubriendo la mesa, sacudió las moscas con un paño hacia el patio que daba a la cocina y colocó el florero de cristal con unas orejas de burro, aprovisionadas a la entrada de su casa, sobre la mesa.

Él hizo que salía a recoger unas herramientas que le prestaba su compadre, pero se quedó por fuera de la puerta donde una cortina de tela floreada de cretona hacía las veces de división hacia el interior de la estancia, permitiendo a su vez el fácil acceso hasta la vivienda.

Doña Cecilia se puso sentada tras la máquina de coser Singer comprada de segunda mano y que le regalara su marido en su día y, habiendo dado apenas dos a o tres pespuntes a la tela que tenía entre manos, hubo de parar diciendo:

“Bienvenido amor mío.

Te amo igual que a mi marido,

en el suelo o en la cama,

yo me las entiendo contigo”

 

Habiendo oído D. Prudencio esta retahíla y sin saber que había alguien con su señora esposa en aquel momento, entró precipitadamente encontrando a su mujer en un sopor de sueño repentino al que recibía de muy buen agrado, provocado tanto por el cansancio de haber estado casi todo el día a los pies de la máquina de coser, como  por la digestión de la comida.

Juana, la vecina, nunca entendió quién era al que recibía Doña Cecilia cada día a una hora determinada y quería tanto como a su marido, pero bien que se imaginó lo que quiso sólo porque Doña Cecilia permitía, y bien que lo hacía, dar la bienvenida al sueño del mediodía.
 
 
 
 
                                                                                                                            Foto Tanci


 
 

sábado, 10 de febrero de 2018

Arte compartido



 
 
 

Una amiga, sabiendo la devoción que me inspiran los caballos, yeguas y demás seres equinos, me envió esta bonita postal desde Andalucía, bellísima tierra donde tengo muy buenos amigos. Sabe ella que es mi animal favorito. Y sabiéndolo decidió regalarme esta exquisita estampa llena de color, de equilibrio, de belleza y de estética, Bien que me llegó su desprendido regalo. Bien sabe ella de nuestro amor al arte, a la armonía...a lo bueno. Y porque pienso, además, que quien disfruta con el arte o su realización, no puede disfrutar de mal ajeno, ya que pone todos sus sentidos en ciertas cosas que vale la pena disfrutar o producir. Disfrutar del encanto, de la belleza, del equilibrio...a la vez que se disfruta de un concierto de paz y unión con la obra que tienes entre las manos, que escuchas, que ves  o que sientes.
Pasear y galopar a lomos de un caballo o yegua, que para los efectos da igual, es una de las actividades que tengo pendiente en esta vida. Tal vez esa pequeña ilusión y deseo que sigo manteniendo, donde lo habitual en mi infancia era la cercanía a algunos elegantes ejemplares pertenecientes a la familia de los équidos.

lunes, 8 de enero de 2018

Helechas de a metro



                                                                                                           Diseño Tanci



Tenían que haber sido casi todas plantas de sombra, aunque nunca les faltó la luz solar indirecta .
Aquellas cestas pendían de un par de tubos de los usados por los "cañeros" de la época en sus trabajos de fontanería y cañerías. Alrededor de aquel patio de forma cuadrangular y sobre macetas paralelas a las paredes, estaban las plantas de salón, la capa de la reina, las cintas, alguna esparraguera y varias especies de begonias.Pero el lugar primordial lo tenían las "helechas de a metro".
Mi madre, aficionada como era a las plantas, siempre decía que nunca había visto unas helechas tan exhuberantes y tan bien cuidadas como las que tenía la tía de mi amiga y vecina de la infancia. Formaban un auténtico vergel colgante. Nada más traspasar el zaguán de la casa, una vez que accedías desde la puerta principal, y mirando de frente por una ventana interior que daba al recibidor y al patio, te topabas con semejante panorama de verdor y frescura. La temperatura que acogía aquel patio era benigna, aunque estas plantas necesitan de humedad y de un sitio acogedor, donde las manos de su moradora les daban mimo con ese sentir emocional que se comunica a cualquier ser vivo presto a recibirlo. Bien que recuerdo aquellas manos pequeñas, suaves, bien cuidadas y con pequeñas motas canelas salpicadas sobre su piel.Tal vez ese mismo cuidado que le ofrecía a sus plantas.
No hace mucho descubrí que  estas helechas no solo  pueden medir un metro, sino que pueden alcanzar hasta dos metros en su afán de llegar hasta el suelo. Siempre me maravilló el término  "de a metro". Tan grandes y esbeltas me parecían. Me paraba a mirarlas desde mi estatura de niña al cielo, hacia donde estaban colgadas y, desde ahí, queriendo tocar el piso con sus frondes, como deseando absorber, quizás, parte de las energías de aquella casa y de sus moradores .
Hoy recuerdo a todas estas personas que cuidaron de patios, plantas y de helechas para embellecer sus casas, sus lugares de vida y convivencia, para ofrecernos ese esplendor visual a los que hemos podido experimentar ese amor por lo vegetal, por lo viviente . Porque hay algo divino y a la vez terrestre en plantar una semilla, un esqueje o un rizoma,  y ver como se desarrolla la planta amiga, la planta que formará parte de la vivienda, de la maceta, del parterre ... de la familia.
Hoy, especialmente, viene a mi memoria aquel patio austero, al igual que lo era el de mi madre, pero cargado de cariño, de amor y de mucho cuidado. Este recuerdo que me alberga es el que deseo compartir, haciendo de la "helecha de a metro" un símbolo central de nuestros patios, abiertos al firmamento y de ambiente protegido y cálido a la vez. Al mismo tiempo, y en la habitación contigua y que es la cocina, hierve el caldo de gallina con todos sus menesteres y verduras, mientras ofrece su  especial olor y perfuma todas las estancias de la casa. Se percibe el calor de hogar, ese tiempo en que nos retrotraemos a momentos puntuales de nuestra infancia.