miércoles, 29 de noviembre de 2017

El vino y sus levaduras


Don Pancho fue uno de los agricultores omnipresente en mi niñez. Llevaba don Pancho un sombrero de paja, a la corta y permanentemente ladeado y una cachimba permanentemente entre los labios, que sólo se la quitaba para comer, para llenarla de picadura de tabaco o cuando, cansado de la dura labor diaria, se iba al catre. Recuerdo a don Pancho con cariño. Era hombre de gran paciencia y nobleza, tanto con los que le rodeaban como con los dos mulos que le servían de apoyo en las labores del campo. Concretamente, en época de vendimia, acarreaban las uvas desde las huertas hasta el lagar.    Don Pancho manejaba muy bien a estos animales, testarudos como son, pero lo que es lograr un buen vino… entonces estamos hablando de otro asunto. No, don Pancho no tenía buen tiento ni mano certera para la elaboración de un buen vino. No sé si era porque cogía las uvas sin su punto de madurez, sin dejarlas el tiempo suficiente en la parra, o porque mezclaba las maduras con las que aún no estaban en sazón, de ahí la acidez de su vino. O porque era el primero en el uso del lagar cada año. El caso es que cada vez que don Pancho daba a probar su vino en uno de aquellos vasos toscos de vidrio grueso, de culo de botella, la gente se arripiaba, aunque procurando no dejar entrever el gesto producido por lo agrio en el paladar.

-          Don Pancho, no está malo… pero parece que todavía no está hecho el vino, le falta  tiempo….

Y don Pancho se conformaba, esperando, tal vez, que cuando pasaran unos días su vino alcanzara otro paladar más dulzón… más hecho.

Nadie, por aquel entonces, quería ser el primero en hacer uso del lagar comunal. Siempre se estaba listo para decir: “A las uvas mías todavía les falta una semanita para estar maduras”, o, “yo estuve ayer en el terreno y qué va… no maduran, lo menos, en quince días”. Era conocido por los agricultores y vinateros que el primero que usara el lagar debía darle una buena barrida a las tanquetas, a tenor de la tierra, basura y el polvo acumulado durante un año completo, debía lavar posteriormente con agua, tanto el piso como los laterales de los muros de esas tanquetas, lavar la gran soga gruesa que servía para enrollar los bagazos y orujos, lavar las tablas, los mallares, los cerditos, llamados así a unas pequeñas tablillas para hacer encajar la viga con la gran torre compuesta de la torta y demás maderas. Y las tejas, que eran las dos pequeñas tablillas gruesas arqueadas que se ponían al final, sobre los cerditos, para que la viga encajara con exactitud. Todo ese proceso de limpieza era, como es obvio, necesario, pero tal vez le quitaba las bacterias y levaduras naturales imprescindibles para una buena fermentación del mosto y que el azúcar se convirtiera en alcohol. Ese trabajo meticuloso y previo era el que todos, socarronamente, conocían y por ello evitaban principiar en cada vendimia.

Tal vez por eso a don Pancho nunca le salió el vino bueno, el vino con cuerpo, el vino con paladar, el vino hecho… era más bien un vino ripiento, de hacérsete hoyuelos en los carrillos, arrugándosete los labios apenas lo llevaras a la boca.

No sé yo si aquellos hombres que pisaban arduamente las uvas y que no necesitaban llevar esterilización alguna en sus pies, arrastrarían en ellos algún tipo de bacteria o levadura capaz de transformar el oloroso mosto en un exquisito vino con una graduación más que excelente. El caso es que aquellos hombres agricultores, trabajadores esforzados amantes de un vasito de buen vino de propia cosecha, entraban y salían del lagar sin reparar en lavarse o sacudirse las pieles de uvas y bagazos que iban pegadas a sus pies y a sus piernas. Entretanto yo, con ojos de niña, pensaba que aquello era suciedad y no entendía la manera de andar descalzos tanto dentro como fuera en los alrededores del lagar; ellos sabían que nada malo podía sucederle al mosto, toda vez que vendría su fermentación posterior. Ellos cuidaban que el hervor no se paralizara, sabiendo que la temperatura interna del mosto procedente de aquella uva madura y dorada tendría que ser entre los 18 y los 20 grados, y que, encerrándolo en aquella vieja bodega fresca y olorosa, de paredes enjalbegadas y amarillentas por el paso del tiempo, de piso de tierra apisonada, el logro estaría conseguido. Yo, sin entender como de la relativa pringosidad de los pies saldría un néctar deseado para llevárselo a la boca; ellos, sabiendo lo que hacían, esperanzados de tener la mejor cosecha de la temporada. Yo, asumiendo, entendiendo y aprendiendo costumbres, ritos y enseñanzas; ellos, transmitiendo y practicando una vendimia que habían heredado, también ellos, como yo, cuando chicos, de sus ancestros. 
                                                                            Fotos Tanci   
               
                                                                                                                                                                                                                          
 
                               (Dedicado a mis hermanos Fidela y José Felipe fieles herederos de esta práctica ancestral)










domingo, 15 de octubre de 2017

Mi abuela, mujer rural




                                                                                                                                      Foto Tanci




Mi abuela era una mujer inquieta, de cabello fino y plateado y ojos azules del color del cielo. Era de cuerpo proporcionado, aunque no muy alta. De sonrisa fácil y abierta como abierta era la casa donde vivió tras casarse y donde pasé parte de la niñez.

Su pertenencia  a la tierra la hacía una mujer fuerte, con tesón  pero tierna y alejada de la rudeza que se le suele suponer a las campesinas. Albergaba mucha alegría y sobre todo era justa y cariñosa.

La conocí y la viví como las mujeres de antes, con vestimenta negra, de los lutos sucesivos, y sobre ella el delantal que cubría parte de su vestido. A la cabeza su pañuelo, a veces negro, a veces canelo y en los últimos años, en que la sociedad se había hecho algo más avanzada y liberal, llevándolo negro y blanco de cuadritos diminutos o blanco solamente.

Mi abuela era más de salir al campo que de quedarse en la casa a realizar las tareas domésticas rutinarias... Prefería salir junto a mi abuelo, bien temprano a los claros del día, después de que éste le llevara su café a la cama. Era el que oteaba desde la azotea qué tiempo iba a hacer… Poco usual esta costumbre de mimo hacia la mujer, donde ellas cumplían, generalmente, el cometido de servicio al hombre, aunque fuese su compañero. Pero en este caso no hubo nunca ninguna servidumbre.

Mucho trabajo, mucho esfuerzo paralelo y desde luego mucho consenso en sobrellevar la tarea de administrar terrenos y casa. Mi abuelo le llevaba veinte años a mi abuela, pero no fue ninguna desventaja para que mi abuela se sintiera siempre libre, hacedora, dispuesta y desde luego muy unida a la naturaleza. Al fin y al cabo era lo que le daba el sustento a los moradores de aquella casa familiar. Demasiado pronto enviudó mi abuela, no por los veinte años de diferencia que, en este caso fue una bella y absoluta bendición vivida en común; ¡qué lástima no haberme podido nutrir más de su paz y de su nobleza!, sino porque a mi abuelo lo asaltó una embolia cuando recogía sus aperos de labranza en el campo para regresar a la casa. Ahí poco se pudo hacer por el abuelo que, llegó muy cansado, se sentó en una silla y apoyó su cabeza sobre los brazos que descansaban sobre la mesa cubierta de hule decorado de flores de vivos colores. Se quitó su sombrero en un gesto de desahogo y luego ya ... nada. Recuerdo el movimiento de gente adulta a su alrededor. Silencio y voces que hablaban muy bajo.

Usaba mi abuela unas medias gruesas de canalé de lana también de color oscuro, y que nunca entendí para qué las usaba tanto en verano como en invierno. Hace bien poco que supe la razón. Cuando venía de las huertas, se sentaba sobre la banqueta de tres patas que había en el exterior de la casa y, pacientemente, quitaba uno a uno o de puñadito en puñadito, los amores secos y pequeñas hierbecitas que estaban pegadas a esas medias. A su lado y de cuclillas en el suelo, con mis pequeñas manos yo la ayudaba, y ella permitía que terminara la tarea. De mayor experimenté y supe lo engorroso que es desprender de cualquier tela esos amores secos y esas hierbecillas…Al terminar con mi tarea, recibía de sus manos, algo curtidas por el trabajo,  su caricia suave y enternecedora, enredándose sus dedos en mi pelo encrespado. Me bastaba recibir su sonrisa a plena satisfacción para considerarla el mejor obsequio del mundo.

Nunca vi a mi abuela quejarse por lo duro del trabajo del campo. Asumía lo variable del tiempo, la escasez de agua en tiempo necesario y  decía muy sabiamente: “¿Contra quién nos ponemos? ¿Contra el tiempo?” A lo que ella respondía serenamente: “Contra el tiempo no nos podemos poner”  y esa aceptación es lo que la mantenía firme de convicciones y de estrategias.

Mi abuela se quedó viuda a una edad muy temprana, situación delicada para una mujer que además debía seguir avivando la granja familiar. Dos vacas, una yegua, varias cabras, una cochina negra, muchas gallinas de plumaje vivo y jabado y algunos gallos altaneros, varios conejos, un perro y bastantes gatos que entraban y salían libremente de la casa, componían el entramado diario de aquella casa. Muchas bocas para recibir el sustento diario.

En los veranos recogía mi abuela y algunos peones que la ayudaban, una gran cosecha de piñas de millo  que apilaba en la azotea de la casa. En mis pupilas tengo todavía  grabado el jeito de sus manos habilidosas y certeras para desgranar cada piña, ayudándose de un carozo para hacer más efectivo el desgranado. Los granos caían como cascadas pequeñas en tandas sobre cestas que se colocaban entre las piernas o bien al lado. De aquel grano maduro, amarillo, blanco o rojizo saldría, posteriormente, el gofio, sustento que no habría de faltar nunca. Se elegían noches de luna llena para desfajinar el millo y recuerdo que hacía terral, lo que era un tiempo seco, sin sereno o rocío, sin brisa ni fresco alguno.

Mi abuela supo estar al lado de la tierra y de la naturaleza. Plantó naranjeros y cirueleros, limoneros y manzaneros y me enseñó a coger las ciruelas de la mata sin desgajarle el pequeño pedúnculo. A no sobajarlas. A palparlas suavemente para diferenciar las verdes de las maduras.

Muchas veces me anunció el hallazgo de un gran tesoro: un nido de pájaros con huevos dentro, otras veces recién salidos los polluelos del cascarón, o bien vacío el nido, cuando sus crías habían levantado el vuelo.

Me llevaba cogida de la mano hasta el sitio donde estaba y con reverencia y levemente, iba apartando algunas ramas  muy cuidadosamente hasta dejar el nido visible a mis ojos. Allí me tomaba en brazos, me elevaba a la altura del nido para que yo viera tan lindo milagro de la naturaleza. Un mundo natural de enjambres, arañas, nidos y pájaros estaba oculto entre el follaje que alimentaba mi ternura, mi asombro y mi ilusión. Porque todo son regalos y milagros de la naturaleza. Escucharla es entenderla. Esa que nos envuelve y nos vuelve, si cabe, más flexibles y tolerantes. Esa naturaleza que nos atrapa, que nos arrulla, que nos mece... como cuando caía rendida en sueño por las noches rodeada de sus brazos, arropada y acurrucada en su regazo, a su lado.

Si cierro mis ojos todavía puedo ver sus manos en la mías recogiendo ramilletes ocres, rojos, amarillos y verdes. O pelando la fruta hábilmente con un pequeño cuchillo,  dándole vueltas a las ciruelas negras, dejándolas con su fibra brillante, jugosa y encarnada. Libres de su piel carnosa.

Mi abuela fue una mujer rural, de campo, monte y tierra fructífera. Que trabajó a destajo pero supo vivir con mucha coherencia.


(A mi abuela Constanza, que supo comunicarme el amor por lo bueno, por lo que crece y por lo que se mantiene. Amén de ser una mujer íntegra, de pies a cabeza.) 


                                                                                                                         Foto Tanci

lunes, 25 de septiembre de 2017

Carretera Vieja




                                                                                    Foto Tanci



Camino de La Guancha
van dos guancheros
por veredas de
barro y polvo
atravesando linderos.

Camino de La Guancha
miran al cielo.
Y una toca de algodón
se cruza  con ellos.

¡Qué yo la vi primero!
¡Qué no!
 ¡Qué fui yo
quien la divisó!

Camino de La Guancha
se posa  el sombrero,
empeñado en tapar
el Teide
en ese momento.

Allá van los guancheros
caminando por senderos,
buscando día a día...
 algo de sustento.

Camino de La Guancha
van dos guancheros...

El sombrero del Teide
queda a lo lejos.





                                                                                                    Foto Tanci     

viernes, 18 de agosto de 2017

Espontáneas


                                     Fotos Tanci
       

                   
               Flores mezcladas.
             Pegadas al naranjo,
              sin ser plantadas.








lunes, 7 de agosto de 2017

Oeste



                                               Foto Tanci
               



Frente a la isla
 espero el rayo verde
desde mi casa.

lunes, 31 de julio de 2017

Hogar





                                    Foto Tanci



Frente al camino
la vieja casa brilla.
Noche encendida.


                                Foto Tanci

jueves, 4 de mayo de 2017

Pintura

 
 

                                                                                                                   Foto Tanci
                       





         Detrás del muro
      todas las amapolas.
   ¡Qué gran boceto!