viernes, 18 de agosto de 2017

Espontáneas


                                     Fotos Tanci
       

                   
               Flores mezcladas.
             Pegadas al naranjo,
              sin ser plantadas.








lunes, 7 de agosto de 2017

Oeste



                                               Foto Tanci
               



Frente a la isla
 espero el rayo verde
desde mi casa.

lunes, 31 de julio de 2017

Hogar





                                    Foto Tanci



Frente al camino
la vieja casa brilla.
Noche encendida.


                                Foto Tanci

jueves, 4 de mayo de 2017

Pintura

 
 

                                                                                                                   Foto Tanci
                       





         Detrás del muro
      todas las amapolas.
   ¡Qué gran boceto!

lunes, 13 de marzo de 2017

Aprendizaje



                                                                                                                     Foto Tanci
                                                                                                            



Llegó corriendo afligida hasta la vieja higuera. Su copa ancha y rastrera cubría más de la mitad de una de las huertas. De ramas gruesas y otras enclenques, unas alargadas y otras más retorcidas y enmarañadas como las redes de pesca o las cuerdas que se cruzan atadas a cualquier noray.

Eligió la rama más cercana a sus pies, y haciendo un cálculo intuitivo de peso por su parte y de grosor por parte del gajo escogido para que pudiera sostenerla, dio un gran salto y trepó a uno de sus tallos grises, ligeramente arqueado pero flexible.

A modo de balancín se mecía, empeñada, con ritmo y fuerza, pero con cierto amago de rabia y tristeza en su interior. Todo ese cúmulo de sentimientos y emociones      encontradas invadía su cuerpo desgarbado y larguirucho, haciéndole daño a sus entrañas y  también a su alma.

Sus ojos, color miel, brillantes y acuosos, la delataban; estaba a punto de romper el llanto.

Como si la rama fuera un cálido rincón donde acurrucada sintiera todo el calor y la protección deseada, se acunaba en ella. Aferrada y abrazada a lo largo del tronco no dejaba de mecerse, a la vez que utilizaba su propio peso para continuar el indómito vaivén del columpio, de arriba  abajo, apenas improvisado.

Desde su mirador y abatiendo la cabeza hacia el suelo, observaba la enorme alfombra  de color canelo y verde matizado, diseñada con hojas semisecas palmeadas y por las que se paseaba parsimonioso un arrogante lagarto verdino. El calor lo detenía de tramo en tramo, mientras que ella, no perdiéndole de vista, continuaba su gimoteo.

A unos cuantos metros del huerto y en el patio de la casa, su abuela la reclamaba a voz en grito insistiendo para que volviera a la reunión familiar. Pero no estaba dispuesta a sentirse humillada públicamente de nuevo, toda vez que los besos, caricias, halagos, mimos, elogios y lisonjas habían ido a parar exclusivamente a su primo apenas cuatro años menor que ella.

Sin ser centro de atención en ese instante, quería que aquella especial delicadeza comunicada y regalada a su pequeño primo, le inundara también su corazón y, de paso también, le llenara su  menuda e inexperta sensibilidad. Así lloró, lloró y lloró y, para consolarse, soñó, soñó y soñó. Sintió que, tanto esa, como muchas realidades no deseadas, formaban parte de la propia vida. Mucho aprendizaje quedaría por delante.
 
 
                                                                                     Foto Tanci


viernes, 3 de marzo de 2017

La radio




                                                                                                       Foto Tanci



La antigua venta seguía todos los presupuestos al uso. El largo mostrador, con un espacio reservado para la "mañana" de los hombres, con los surtidores de petróleo y de aceite, incrustados; la báscula, roja, moderna ya, no precisaba de pesos externos; una fresquera de madera y rejilla plástica para el queso; una nevera, primero de hielo, luego de electricidad, para conservar verduras y, luego, incipientes congelados, y las gavetas. Las gavetas rodeaban la venta, debajo de las estanterías, y mantuvieron largamente la venta a granel de legumbres, cereales, café y azúcar, base del racionamiento de la época. Las gavetas, y las estanterías, de madera, estaban pintadas de un verde claro, lo que dotaba a la venta de un atractivo toque de frescor. Al fondo, frente al mostrador, estaban las gavetas preferidas por las dos hermanas. Allí, en un equilibrio imposible porque la tapa de las gavetas era inclinada, se sentaban ellas, las dos, cada mediodía, no bien llegaban de la sesión de mañana de la escuela. Invariablemente, como un ritual. 
Las dos hermanas eran muy distintas. Una delgada y desgarbada, la pequeña. La otra más gordita y más serena, la mayor. Una con el pelo ensortijado, la pequeña. La otra, la mayor, con el pelo lacio y algo más oscuro. Una más desinquieta y la otra más tranquila. 
En el ritual diario, ambas, sin moverse ni pestañear, permanecían impávidas escuchando el soniquete que se desprendía de aquel artefacto trapezoidal, recubierto de un forro de cuero color marrón, cosido por todos los extremos y colgado de una tacha por el asa fina y alargada que también estaba hecha del mismo material. Era un artefacto moderno para la época: una radio portátil, en una casa donde la radio era un artilugio casi indispensable y mágico. El por qué de la abstracción de las niñas, todos los días a la misma hora, era la emisión diaria de un espacio infantil: el cuento dedicado. A la una del mediodía se transmitían cada día distintos cuentos radiados a través de las ondas de Radio Juventud de Canarias.
Absortas escuchaban ambas niñas “Garbancito”, cuento muy popular entre la comunidad infantil.  La venta cerraba a la una y volvía a abrir a las cuatro. A la una se esperaba unos minutos, que coincidían con los del cuento, porque algunas clientes rezagadas hacían sus últimas compras. La última cliente de la venta entró un poco azorada por la hora, y cuando hubo pagado, después de haber hecho su compra y haberla depositado en su "sereta", deslizó la vista por la trasera de la venta, detrás del expositor de verduras. Las niñas, al modo de la época, estaban absortas no sólo por el cuento, sino porque a los niños no se les permitía incordiar. La señora, confundida, le preguntó al ventero por el precio de las muñecas. El tendero, cordial y con una sonrisa en su rostro, le contesta que no tenía muñecas a vender en su comercio, mientras que la señora señalaba aquellas dos, a su entender, muñecas que, a sus ojos, permanecían allí impertérritas,  atentas y estrechamente unidas a la escucha de la emisión del programa para niños, a través de las ondas retransmitidas.  Como siempre hicieron, por otro lado.
La amable anécdota de las muñecas siempre estuvo entre el cúmulo de historias de aquella ventita de barrio. Y es tan descriptiva de la bondad de una época, que hoy se las dejo por aquí.

domingo, 5 de febrero de 2017

La envoltura



                                                                                                        Foto Tanci


Cuando dirigió la mirada al viejo salero se le venían a la cabeza recuerdos entrañables, indelebles en la memoria aunque lejanos en el tiempo. Era un recipiente esmaltado, de color amarillo, decorado con manchas verdes asimétricas salpicadas, elegante del pie a la tapa, con forma de cuerpo femenino. Y recordó de pronto aquel papel basto de color canelo  que asomaba por los bordes de la boca del envase de manera irregular, como si de una cenefa simple y plisada se tratara. Nunca supo a santo de qué, su abuela recubría  el recipiente de la sal, interiormente, de ese papel de estraza, tosco al tacto, antes de colocar la sal gorda en él.
Hoy, preparando el almuerzo, sus manos repitieron el mismo acto que hacía la abuela, perpetuando la vieja costumbre, pese a que nunca tuvo  consciencia de la función a desempeñar por aquel papel feo y que  parecía sucio a sus ojos infantiles. Hoy recapacitaba pensando que aquel papel parecía basto, si, pero tenía la gran capacidad de absorber la humedad. Papel multiuso de posguerra, que servía tanto como soporte a patrones de corte y confección como para algún trabajo manual solicitado en la escuela. Pensaba todo esto mientras observaba de reojo sus propias manos, tan similares a las de su abuela no sólo en forma y color sino en las delicadas manchitas parecidas a las pecas a consecuencia del sol, y quizá también en gesto y calidez,
No hace mucho hubo la costumbre de poner granitos de arroz  dentro de los pequeños saleros que se utilizan para la sal fina. Sale la sal que está  triturada y sin embargo van quedando los granitos de arroz dentro del salero y cuya misión es la de mantener la sal fina seca y más suelta dentro del recipiente. No se apelmaza. A ella nunca le dio resultado alguno, cosa que si experimentó simplemente colocando el salero  a los rayos del sol.
La última vez que llegó a la casa familiar se encontró con ese problema; la sal estaba a punto de derretirse y pasar al estado líquido. Se vio, pues, en la necesidad de poner alguna solución ese día ya que el sol no apreció por ninguna parte. Y sin quererlo ni buscarlo,  repentinamente reflejó, como si de una película se tratara,  la misma costumbre que su abuela; esto es, protegiendo aquellos granos gruesos, medio transparentes y  algo más blancuzcos, de la humedad que respiraba la casa familiar en aquel momento. ¡Bendito papel de estraza!
Su mirada volvió atrás sin pretenderlo en aquel acto reflejo. El trozo de papel marrón que sobresalía a modo de faldilla rizada del salero incluso colocada la tapa encima, hizo  de inmediato entender aquella duda que, sin más complicación, le había acompañado siempre desde niña. Tampoco le dio por preguntar el porqué de ese extraño invento. En aquella casa de labranza  siempre hubo solución casera para casi todo con recursos inventados de manera artesanal para poner remedio que a cualquier imprevisto al momento. Y el papel estraza era un buen instrumento multiusos. Y echó de menos, una vez más, el sentido práctico e imaginativo de quienes la precedieron, dejando un legado imperecedero.



                                                                      Foto Tanci