miércoles, 5 de junio de 2019

Timplillo y sustento



Ringui, ringui, ringui, ringui, ri...

Échele gofio Cha Catalina, 
Ese caldito le da la vida. 


(Recogido de Doña Josefa González Beltrán) 



jueves, 30 de mayo de 2019

A solas






¡Me cuesta tanto
entender al humano!
Inexplicable.


lunes, 13 de mayo de 2019

Canelo

                               
                                         Foto Tanci



Canelo era un perro. Era el perro que cuidaba la casa granja. Y era además de color canelo. Era un podenco no muy grande de ojos avellanados de mirada tierna y convincente. Creo que le fue dado ese nombre por el color castaño de su pelaje con ciertos matices más blancos en sus cuatro patas.
Cada vez que mi abuelo iba a las huertas, Canelo lo seguía fielmente. El abuelo delante, canelo detrás y por último el gato Chispita, que también decidía apuntarse a la gira emprendida.
Canelo era obediente, sólo con oír  vocalizar su nombre, éste entornaba sus orejas, fijaba su brillante mirada y meneaba alegremente su rabo, que también era canelo aunque algo más claro.
Al abuelo le gustaba hacerse acompañar de Canelo. Éste,  con un ligero trote se adelantaba unos cuantos metros del paso lento del anciano cuando caminaba por la vereda festoneada de flores amarillas de las trebinas. De repente Canelo paraba y miraba hacia atrás con el hocico enfilado, como intentado buscar la presencia de su acompañante. Ahí esperaba pacientemente por él, y,  en el instante en que el abuelo llegaba al pie de Canelo, recibía sobre su lomo la palmadita afectuosa, la caricia cálida sobre sus orejas mullidas. Esa era la recompensa a  su fidelidad. Y otra vez vuelta a empezar hasta llegar a su destino. Siempre a su alrededor, menos cuando Canelo decidía salir a buscar novia.
Un día, tras la dura faena en las huertas de El Tablero, el abuelo regresó como de costumbre con el cabo de la azada colocado sobre  el hombro derecho, pero en su mano izquierda portaba el sacho de hierro que había empleado para cavar la tierra de labor.
Al llegar a la casa, la abuela le preguntó extrañada la razón por la que había regresado tan temprano. A lo que éste le contestó: - se me cayó el *canelo.
Apegada como siempre estaba a las faldas de la abuela y pendiente de aquella conversación, sentí el corazón latir mucho más fuerte de lo habitual. Algún temor hizo que pensara preocupada más de lo debido en Canelo, el perro. Porque en verdad Chispita estaba desde hacía rato ronroneando a mis pies y, sin embargo, no vi al perro.
Mientras, en medio de aquella conversación noté que ambos echaban un vistazo al extremo del cabo desencabado del sacho, por lo que el abuelo pidió a su mujer que buscara en la gaveta de la mesa de la cocina a ver si quedaba  algún canelo de los que hacía poco tiempo le había comprado al herrero.
Mi curiosidad no tenía límites, atenta en todo momento a la maniobra de los mayores, seguí a la abuela y vi que extraía de un viejo papel bien enrollado dos cuñas de las cinco que había dentro. Tenían forma triangular y ninguna era exactamente igual a la otra. Su color era ferrugiento, dejando el ferruje en las manos al más mínimo contacto con ellos.
El abuelo, mañoso como era en las lides del campo, cogió el cabo, lo volvió a colocar en el orificio del sacho, claveteó con un martillo  en el centro del palo uno de aquellos canelos de hierro y terminó clavando otro a su lado, de tal manera que la madera se hinchó y el cabo quedó bien ajustado.
Comprendí enseguida que a Canelo nada le había pasado. Probablemente estaba de farra como solía, alguna que otra vez que se escaba de la casa a buscar novia.

*Canelo. De color castaño o matices parecidos. Pequeña cuña de hierro para encabar herramientas.(Tenerife)
Diccionario de canarismos. Antonio Lorenzo. Marcial Morera. Gonzalo Ortega.

martes, 23 de abril de 2019

Pliegues

                       Foto Tanci



Un nuevo ocaso
esconde la cretona
de tu habitación 

sábado, 20 de abril de 2019

Ilusa

                                                        Foto Tanci




Llegar arriba. 
Tal vez a las estrellas. 
¿Es ilusión? 

miércoles, 17 de abril de 2019

Vidrieras



                                                                                                              Foto Tanci






¡Qué paradoja!
En el día del arte,
adiós vidrieras. 

martes, 9 de abril de 2019

Dependencia vital


                                                                                                                                       Foto Tanci


No puede esperar más de cinco días. La tengo más o menos controlada. A poco que yo falte aparecen los mismos síntomas. Siempre que llego a su lado es el mismo ritual con ella. Aunque la empape y deje correr el agua a borbotones por más tiempo, no hay manera de que se abastezca y que se mantenga erguida más allá de ese periodo.

Y si por un casual pasa ese periodo, soy yo la que llego angustiada a su lado. Con cierta culpabilidad y  diría que machacándome más de lo debido y hasta algo asustada por tenerme que enfrentar y no querer encontrar en ella un término funesto y radical. Nada más abrir las puertas voy corriendo en su busca con la mirada ansiosa y la veo desmadejada, alicaída como si de repente le hubiera dado un desmayo. O bien ha permanecido así aguantada más tiempo del que debiera a la espera del alimento de su salvación.

Allí, mirando hacia el suelo o casi llegando hasta él, se inclinan sus hojas grandes, robustas y algo circulares con una forma característica y que la denominan boinas vascas, dado su parecido con ellas. Pero a mí se me asemejan más a las vistosas sombrillas redondeadas de las geishas japonesas. Solo que éstas son más gruesas y de color verde botella, muy brillantes, trazadas a su vez con algunas venas discontinuas. Y aquellas son de múltiples colores y delicados dibujos  mezclados en su diseño sobre finas telas de seda.

Hoy me dio pena cuando llegué a su lado. Todas sus ramas estaban abatidas como cuando los soldados deambulan casi inertes a través de los campos de guerra, sin rumbo y a punto de rendirse.

Y por si hubiera sido poco, algún tipo de lagarta, caracol o babosa se había afincado entre su espesura. Imagino que entre sus tallos más ocultos donde la humedad es capaz de persistir. Pero es que cada una de sus hojas presentaba dentadas de distinto tamaño a modo de mordiscos, por lo que han quedado dañadas y casi como un colador de gruesos orificios.

Hoy, precisamente hoy, y tras haber pasado los escasos cinco días pertinentes, me di cuenta cuan dependiente ha sido de mí la capa de la reina en este invierno veraniego tras los siete, casi ocho largos años de mutua compañía.