Noventa y dos hoy.
En el jarrón foniles.
Por tanto, gracias.
Aquel 23 de febrero de 1981 yo era muy joven. La experiencia la estaba ganando lentamente y sin prisas en la escuela de la vida. La estaba adquiriendo en el día a día, pero empleándome bien a fondo en mi profesión.
¡Qué tiempos!
Hacía poco que estaba trabajando en una escuela rural de un municipio del sur. Más concretamente en una escuela unitaria en un barrio de ese municipio. La población de aquel barrio y otros de distintos municipios del sur, crecía desmesuradamente. El aeropuerto del Sur, Reina Sofía, había sido estrenado apenas tres años antes de 1981. Se avecinaban tiempos de mucho desarrollo y la construcción de apartamentos, locales comerciales e inmuebles iba ganando terreno y sentando las bases del boom del turismo que no tardaría en llegar. Muchas familias se trasladaron desde otras islas a vivir y a trabajar al sur de Tenerife y el número de alumnos crecía tan rápidamente que las escuelas unitarias no eran suficientes para dar cabida y acoger a todo el alumnado. Se duplicaron jornadas escolares. Jornada de mañana y la de tarde-noche. Se procedió a alquilar salones o locales apenas levantadas las cuatro paredes con dos huecos de ventanas, en los que por la noche se guardaba un camión, jeep o pequeña guagua del propietario del local, y por el día se colocaban los pupitres y las sillas ocupando todo el salón para impartir las clases y donde el olor a gasolina o petróleo permanecía impregnado, durante la jornada escolar, en el ambiente y en las paredes de cantos blancos del inmueble. Para cuando terminaba la jornada de la escuela por la tarde-noche, las sillas y pupitres debían ser retirados y colocados junto a las paredes y alrededor del garaje para que el dueño del local guardara su vehículo. Había permanentemente una gran mancha de aceite mezclado con gasolina en el suelo. Y así pasaron unos tres o cuatro años, día tras día, hasta que con la llegada de la democracia, se fueron construyendo los nuevos centros escolares. Mi aula-salón la componían 45 alumnos de entre 8 y 9 años. Este local-garaje no tenía servicios ni para la maestra ni para los alumnos, aunque ellos lo tenían más fácil que yo. A la hora de salir a hacer sus necesidades iban detrás de las pencas que rodeaban en gran extensión la escuela y allí podían, alegremente y como si de un juego se tratara, evacuar. Yo debía aguantarme hasta llegar a mi casa.
Aquel 23 de febrero de 1981, a mi me pilló en el sur de la isla. Fueron mis
primeros años de servicio como maestra interina. Concretamente en Arona. En un
barrio llamado Cabo Blanco. Yo compraba a menudo una revista titulada Mundo Obrero donde se daba cuenta de las
luchas, reuniones, asambleas, logros y no logros de trabajadores y asalariados.
Tenía varios números coleccionados en la llamada “casa del maestro” y que yo ocupaba como vivienda habitual. Esa
tarde fui de visita a la casa de una compañera de trabajo. Era mayor que yo y
con más experiencia en lo personal y en lo profesional. Fue la que me comunicó
lo de las movilizaciones que ya se escuchaban a través de las ondas de la radio
sobre las seis de la tarde. En su casa hablamos de lo que se oía y de lo que se
estaba cocinando en Las Cortes, así como
en las calles de Valencia, Madrid y otras regiones que dudaban anexionarse a la
tentativa de golpe de estado. Al tiempo que estábamos muy atentas a las noticias a través de las ondas,
valoramos y medimos lo que se nos venía encima y lo que podría llegar a pasar
con esta delicada situación y las consecuencias de esta conspiración. La
Constitución, carta fundamental de nuestro estado de derecho y de nuestras
libertades, podría esfumarse en apenas un abrir y cerrar de ojos. Como
docentes estaríamos en el punto de mira. Pensamos en las consecuencias que
podría traernos si nos encontraran “revistas o documentos panfletarios" o
de tipo izquierdoso en nuestros domicilios. Hablamos de los posibles registros
en los hogares y nos sentimos
vulnerables dada la condición de enseñantes… Me entró miedo. Me despedí de esta
compañera y corrí veloz hasta mi casa. Me encerré al tiempo que sintonicé la
radio no muy alta.
Al día siguiente, con el temor metido en la piel ya que durante toda esa noche no me separé de la radio, pude contactar con mi familia a través de la cabina telefónica que había en La Camella, barrio de Arona.
No sé si en algún rincón de mi actual vivienda queda como recuerdo alguna revista de las llamadas panfletarias de aquellas que coleccionaba, o alguna octavilla de las que recogía en la calle cuando se repartían a escondidas…
Cuánto aconteció posteriormente ya se ha contado y publicado repetidas veces para no olvidar ese capítulo non grato de intento de golpe de estado. En aquellos momentos, y en un santiamén, pudimos perder la recién adquirida Constitución española de 1978, en la cual se propugnaba el pluralismo político basado en las libertades y derechos de igualdad y justicia social.
Allí estaba, al borde de la acera, aparcado sobre el frío asfalto y entre dos grandes contenedores grises de polietileno. No se escondía cuando pasé a su lado, más bien se mantenía firme y altivo, pero me dio la sensación de tristeza y abandono al toparme con él. Debajo de su capa blanca no tenía una piel rosada pues su pelo cubría al completo su cuerpo. Más bien era como si le hubieran dado una lechada de cal perlina
Me pareció extraño ya que casi siempre yo los había visto representados de color azabache con un brillo lustroso o incluso castaño con sus extremidades tirando a más oscuro. Incluso con manchas negras o canelas sobre un pelaje blanco imitando a los caballos pintos de los indios americanos o los que corrían salvajes por el lejano oeste. También eran habituales en algún recodo de algunas plazas muy transitadas por niños y papás. O bien en eventos o festejos puntuales donde grandes concentraciones de gente permitía la llamada de atención de cualquier pequeño…
Me seducían pero nunca tuve uno igual, pese a que me atraían de manera singular. Pero al verlo allí solo, estático y abandonado me retrotrajo a la yegua que había en la casa granja familiar de mi infancia. Ésta era similar a un alazán, con pelo color rojizo brillante casi castaño y la cola y sus crines más oscuros y serpenteantes. Las cuatro partes inferiores de sus extremidades eran de color blanco así como la mancha en forma de estrella que tenía en su cara. Sus ojos eran grandes y avellanados. Y su cuerpo era musculoso, compacto y con mucha fuerza para poder ayudar en las tareas del campo más que para montar. Pero siempre había un momento de ocio para colocarle la silla y pasear sobre su lomo en días festivos o el día de la fiesta del Santo Patrono al que se le presentaba para recibir la bendición.
Pero este potrillo no estaba roto, ni tan siquiera su pelaje estaba enmarañado, ni sucio… tan solo estaba abandonado, apartado de la función que tuvo en su día y para la que fue usado. Sostenido sobre un balancín de madera de color rojo no había, en aquel preciso momento, brisa ni viento que lo moviera…ni niño que lo montara. Me acerqué tímidamente a él y se me quedó mirando con sus pequeños ojitos apesadumbrados como tratando de contarme batallas o juegos que otrora sostuvo con su antiguo dueño. Imaginé una niña con tirabuzones montada sobre él aferrada a su cuello con sus pequeñas manitas, mientras que se arrullaba agarrada a sus crines. Sentí dolor pues tal vez pudo haber llegado a otras manos diminutas también y haber dormido en un segundo establo con su cama de paja y su comedero lleno de grano, avena y alfalfa, con su bebedero limpio y su piedrecita de sal en un recodo para que cada vez que volviera de su faena pudiera saborear esa sustancia salada que había perdido por el esfuerzo de su tarea.
Me acerqué a él y sin preguntarle nada lo cogí por su brida y lo alcé entre mis brazos. Me pareció ver que sus ojillos se achinaban de sorpresa y entusiasmo. Lo sostuve con más fuerza ya que su peso no se correspondía con su tamaño. Caminé calle arriba hasta legar a mi casa y allí dentro del hogar lo acicalé, le pasé un cepillo de cerdas depor su lomo y sus patas, también por su cola y sus crines.
Hoy este rocín me acompaña y me sigue con la mirada hasta el punto de saberse querido, protegido y útil en la esquina de mi salón. Ya le he buscado compañía.
Al final de la tarde
dime tú ¿qué nos queda?
El zumo del recuerdo
y la sonrisa nueva
de algo que no fue
y hoy se nos entrega.
Al final de la tarde
las rosas siguen lentas
abriéndose y cerrándose
sin caer aún en tierra.
Al final de la tarde
no vale lo que queda
sino el impulso mágico
de la verdad completa.
(Ernestina de Champourcin)
Foto Tanci
Los dos cofres que había en la casa familiar fueron encargados por mi padre a un ebanista de la Orotava. Pero el acceso a ellos lo tenía en exclusividad mi madre. No en vano fueron un regalo que le hizo mi padre cuando ella vio uno expuesto en un escaparate. Uno era de mayor tamaño que el otro, pero ambos estaban hechos de madera de tea. Ésta era una madera fuerte, dura y de color rojizo que se encendía más cuando se le protegía pasándole a toda su superficie, con energía, un trapo empapado en aceite de linaza para que fuera absorbido por la madera. Entonces quedaba más brillante y lisa.
Las tapas de esos dos cofres eran redondeadas y cada uno era portador de una gran llave con la que se trancaban. Ambos estaban sostenidos sobre dos listones movibles que atravesaban el ancho del arcón a modo de patas. La parte delantera de cada uno de esos listones estaba rematada por una especie de hoja tallada también en madera.
En uno de esos arcones, en el de mayor tamaño, mi madre guardaba tesoros: juegos de toallas, juegos de ropa de cama, paños de felpa para la cocina, cogederos para los calderos, alguna manta de algodón esponjoso… Pero la joya mayor estaba en un mantel finamente bordado a mano y de manera artesanal.
Cuando mi madre quería recordar lo que allí dentro se guardaba, a sabiendas de que esos tesoros le pertenecían, recurría a mí para abrir aquellos cofres y rebuscar lo que en ellos se encerraba. Mi madre, una vez abierta la pesada tapa y sostenida con la parte que cierra el escanillo, iba sacando pieza por pieza contando la historia de cada una de ellas.
-Estas toallas las compré de rebajas en aquella tienda de La Laguna que cerraron por jubilación de sus dueños…
-Estos paños de cocina forman un juego: mira a ver si no hay siete… van ordenados de lunes a domingo-
-A ver, a ver…alcánzame ese pañito bordado a punto de cruz. -Éste lo bordé yo, pero la presilla de vainica la hizo tu abuela-
Y así iba sacando pieza por pieza hasta vaciar el baúl para luego volverlo a llenar colocando cada una de las prendas con sumo cuidado.
Cuando sus manos toparon con un mantel bordado, había un parón absoluto. Me instaba a sostenerlo por dos de sus esquinas para seguidamente desdoblarlo mientras ella lo aguantaba por las otras dos. Así con los dos brazos abiertos, una en frente de la otra, sosteníamos aquella inmensa pieza de tela de hilo de color beige claro finamente ribeteada en color canelo, no demasiado oscuro y de dos metros y medio de largo.
La primera vez que lo vi extendido de esta manera no entendía cómo un mantel que tendría que cubrir una mesa tenía tantos cortes y recortes alrededor de él para formar sus dibujos, eso sí, con extraordinaria finura y estética en el diseño. Mientras manteníamos aquella pieza entre nuestras manos ella iba describiendo cada una de las figuras con las que fue bordado.
-Mira -decía-. Aquellos redonditos y abultados que ves como pelotitas se llaman bodoques. Fíjate en los cuatro ramos que forman las cuatro esquinas, son exactamente iguales y están signados y bordados proporcionalmente unos y otros.
Yo miraba y sin ser consciente por mis ojos entraba esa estética y ese diseño que, si bien no era lo más atractivo para una niña de aquella edad, sí que me llamaba la atención el cariño que depositaba mi madre con sus explicaciones.
-Fíjate en la presillas que están unidas por otras presillas –decía mientras intentaba señalarme el sitio exacto de cada una de ellas.
Yo me fijaba, claro que sí, pero en algún momento mi mente se fue a aquellos manteles que aparecían en las películas y que cubrían las alargadas mesas en estancias amplias y medio oscuras en las que se sentaban todos juntos a la hora de la cena con vestidos rococó. Y por si fuera poco imaginaba dos elegantes candelabros coronados por varias velas colocados cada uno a los extremos de la mesa. Me fui a las películas de un período donde todavía la luz eléctrica ni se intuía que podría llegar a existir…
Ella, sin saber lo que se me estaba pasando por la cabeza en
un instante, seguía realzando las flores, hojas y motivos en los que se veían
suavemente las puntadas derechas, oblicuas o perpendiculares en relieve.
Cuando fue consciente que mis brazos iban bajando por el cansancio y por el peso del mantel, enseguida me instaba a volverlo a cerrar y a doblarlo por las mismas líneas marcadas que había dejado la plancha. Yo no tenía la habilidad para ayudarla con la precisión que requería aquella empresa, entonces lo depositaba sobre la mesa del comedor y terminaba ella sola la faena.
Hace apenas unas semanas decidí abrir mi propio arcón y recordé cuando diez años atrás lo hice por última vez junto a mi madre. Saqué de él un mantel bordado que me regaló cuando yo apenas tenía edad para ponerle importancia a aquellos regalos tan exquisitos, personales y bellos. Vestí mi mesa y calculé la caída del mantel por sus cuatro lados.
-¡Qué quede proporcional! -me dije- . Y pasé mis manos suavemente sobre aquella tela bordada con bellos motivos, hechos con puntadas iguales, perfectas, donde las hojas y las flores parecían salidas de láminas de viejas pinturas barrocas más que bordadas. Volví a pasar mis manos con similar calidez y ternura como otrora lo hiciera mi madre, acariciando, extendiendo y aplanando con delicadeza aquel trabajo hecho por mujeres palmeras que en tiempos antiguos, a la luz de cualquier bombillo, quinqué, Petromax o velas, depositaron su arte y buen gusto a través de sus manos y en lo que ahora a mí me parece una joya de incalculable valor como le parecía a mi madre cuando me enseñaba su mantel…
Aquel día de Navidad, doy por seguro que, mi madre, mi padre y mis hermanos estaban todos sentados a mi vera como antaño, con la mesa vestida de gala para celebrar la ocasión.