miércoles, 26 de junio de 2024

Lagartos

                                     


Escultura de Luigi Stinga.Dragón de las cien cabezas.Festival internacional del cuento de Los Silos 2023


La primera vez que fui consciente de mi temor hacia los lagartos fue en una excursión que hizo mi familia a Las Cañadas del Teide.
Como no habían casas de comida, bares y restaurantes, guachinches y bodegones en cada esquina o cruce de carreteras, en aquella época se estilaba llevar la comida medio preparada en los calderos, de tal manera que en algún lugar del monte o de Las Cañadas se hacía un fuego y se calentaba, mientras que el caldero iba lleno y preparado con las papas lavadas a falta del agua y la sal que se le añadía en el momento de ponerlas al fuego.
Allí arriba recalamos, pasando un tramo recto, casi entrando en el desvío que va hacia Boca de Tauce, bajo una gran roca volcánica, con sombra suficiente para todos en el interior. Era
una especie de cueva natural o refugio que ya conocíamos de anteriores giras. En aquel lugar siempre había leña de retamas
secas por el paso de los años y un fogón hecho con tres piedras quemadas y llenas de hollín por los continuos usos. Entre las tres piedras había mucha ceniza. Mi padre decía que esa cueva era
utilizada por cazadores o bien por personas que frecuentaban la zona en busca de leña o marchantes, gangocheras y cochineros
que pasaban del norte de la isla hasta el sur en sus intercambios de mercancías.
Mientras se guisaban las papas poníamos el mantel en el suelo en una especie de rellano que había en la propia cueva y colocábamos piedras volcánicas algo planas rodeando el mantel a modo de asientos. Mi madre llevaba la carne de conejo compuesta en un caldero mediano, a solo un paso de calentarla
para poder degustarla. El caldero se ponía primero al fuego ya
que la carne se tardaba menos en calentar.
Una vez que habían salido las papas, generalmente papas bonitas de buen tamaño y se había calentado la carne de conejo en salmorejo, se repartía la comida en los platos transparentes
que también se acarreaban junto con los vasos y cubiertos dentro de una cesta, para tal efecto.
Mi padre disfrutaba de esa excursión siempre y nosotros alrededor teníamos el sentimiento de poseer un trozo de las Cañadas del Teide como propietarios por unas cuantas horas.
Retamas, tajinastes, codesos, margaritas del Teide, hierbas
pajoneras pumitas e innumerables rocas volcánicas eran
nuestras y quedaron apadrinadas por nosotros desde aquel día.
Cuando nos disponíamos a comer, el olor de la carne en salmorejo y las papas recién sacadas del fuego inundaban el ambiente tan puro y oxigenado que los lagartos iban acercándose en grupos hasta aquel círculo que formábamos
alrededor de la mesa improvisada. Salían de cualquier rincón y de cualquier esquina. Los lagartos eran osados y parecían no temernos, y según de cual se tratara, se acercaban más al mantel o a los comensales. Recuerdo a mi madre dando gritos guturales de cuando en cuando y pidiendo a mi padre ayuda para que los ahuyentara. Pero los lagartos no cesaban de reptar y muchas veces hasta de correr para llegar hasta allí, hasta el lugar elegido para nuestro almuerzo. Era como si estuvieran jugando al escondite. Salían de donde menos te los esperabas, detrás de las piedras, cercanos a nuestras espaldas o a nuestros zapatos y se
arriesgaban a permanecer impasibles, mirándonos sin mover la cabeza, como a la espera de una mejor ocasión de despiste por

nuestra parte para abalanzarse sobre nuestra comida. Los veíamos de todos los tamaños, pero eran los más robustos los que nos miraban serios, como petrificados, atentos para avanzar un poco más ante su objetivo. Ellos, imperturbables y atrevidos, nosotros inquietos y temerosos ante su invasión. Mi padre
exclamó: “Vienen todos al olor de la comida” y mi madre seguía
asustada, escapándosele sus chillidos nerviosos y a veces ahogados. Me parecían dragones de los que salen en los cuentos, desafiantes con escamas en su cuerpo rugoso, medio
azulados, otros verdosos o grises tiznados como las piedras del fogón. Nunca había reparado tanto en ellos, ya que nunca había tenido la posibilidad de haber sido rodeada por esta colonia tan descarada. Nunca habían estado a nuestro alrededor tan
cercanos. Las patas terminaban en unas uñas afiladas y algo
retorcidas que les valían para arrastrarse mejor por el suelo y escalar las rocas y subir a las partes más altas de aquella cueva en la que nos encontrábamos. Cuando se paraban frente a nosotros, no movían la cabeza y, algunos de ellos, la dejaban ladeada de tal manera que podíamos observar sus ojos penetrantes y serios algo ovalados, amarillos y casi sin pestañear.
Al tiempo, sacaban su lengua bífida relamiéndose por hambre o 
tal vez al percibir el olor de las viandas. Mi tía abuela con sonrisa en su rostro ante la algarabía nuestra, le tiraba piedras menudasp ara espantarlos, acción que duraba bien poco, porque al momento, grupitos de bífidos volvían a acercarse decididos y audaces. Mi padre, ante el temor de mi madre, intentó tranquilizarnos diciendo que los más grandes y oscuros eran los machos y se llamaban tizones y que teniendo una mirada más feroz que las hembras, éstas eran de mirada más fina y también de tamaño más pequeño. No había que molestarlos, decía mi padre porque eran beneficiosos para no sé bien que cosas... A mi madre no le valía la explicación de mi padre ya que su miedo era superior a escuchar tal explicación.

Seguimos degustando los suculentos manjares pese a que nuestra atención estaba fija sobre los lagartos, de tal manera que apenas que te despistaras y con gran agilidad y velocidad ya los tenías casi sobre el mantel intentando apañar algo de lo que allí se repartía.
Yo me daba cuenta que algunos de ellos tenían habilidades distintas en trepar según fueran más grandes y más gordos. Por un momento, mi madre no pudo aguantar más y cogió unas cuantas papas y algo de carne y se las tiró donde habían más
lagartos reunidos y surtió efecto. Allí se fueron retozando por
tierra los lagartos más grandes seguidos de los otros después de que hubieron olisqueado aquellos trozos de comida.
Aquel fue el escenario perfecto para que mi tía abuela contara el tema relato del gran lagarto disecado 
que está en la Ermita de las

Angustias en Icod de los Vinos y en la que permanece metido en una urna de cristal…pero eso lo contaré en otra ocasión.

domingo, 16 de junio de 2024

Regreso a casa


 



                                    Fotos Tanci


Cada domingo al atardecer, el retorno desde la casa de campo de la abuela hacia Santa Cruz se convertía en un viaje lleno de recuerdos y sensaciones fijados en mi pensamiento infantil y que duraría todo el trayecto. Jugaba con el "Moro", perro fiel de la familia, a esconderle en un pequeño hoyo escarbado en la tierra, trocitos de pan hurtados de la talega hecha de tela de muselina blanca y bordada a mano con florecillas de colores y que colgaba de una alcayata en la cocina. El Moro tenía que encontrar aquel pan, previa maniobra por mi parte a despistarlo para que no me siguiera. Aprovechaba también algún hueso sobrante del guiso de gallina que preparaba mi abuela cada domingo. Aprovechaba también algún hueso sobrante del guiso de gallina que preparaba mi abuela cada domingo. Posteriormente saboreábamos una exquisita sopa de caldo, verduras y fideos a la hora del almuerzo.  del que participábamos, posteriormente toda la familia, de una exquisita sopa de caldo, verduras y fideos a la hora del almuerzo. De igual manera esc deondía estos restos de huesos en algún lugar de las huertas a fin de que el Moro fuera capaz de  olisquearlo primero y, entresacarlo con sus patas excavando afanosamente en la tierra después. Esconder estos suculentos manjares en la tierra, a ojos y olfato del Moro, se convertía en todo un ejercicio de correrías, despistes y llamadas entre el perro y yo. La siesta, a modo de descanso después del almuerzo, sobre las trebinas tiernas y soleadas en el Lomo que culminaba aquel montículo paralelo a la casa era casi obligatoria. Las risas que desatábamos los tres hermanos en compañía de mi madre, mi tía y mi abuela ante cualquier ocurrencia o chiste que espontáneamente verbalizábamos eran, junto con lo anterior, un recuerdo recurrente en la vuelta nocturna a casa e invadían mi memoria durante casi todo el trayecto en coche.

Todas estas experiencias y aprendizajes sensoriales estaban más que dados y daban pie a una escuela viva y directa en plena naturaleza.

Con mis gafas y rizos al aire me asomaba por la ventanilla trasera del antiguo coche familiar, ansiosa por capturar cada detalle del paisaje que se desplegaba ante mis ojos curiosos, al tiempo que la brisa me despejaba del mareo que me producía el propio trayecto. La carretera, angosta de dos carriles, apenas insinuada por una línea continua blanca difuminada por el paso del tiempo, se retorcía como serpientes entre la espesa neblina y la llovizna continua, creando un escenario de misterio, aventura y miedo que despertaba todavía más mi imaginación y que, junto con las experiencias que había vivido, me mantenía en una ensoñación pueril. Divisaba con dificultad, a través de la ventanilla que siempre me tocaba en el asiento trasero del coche, profundos y verticales barrancos de considerables desniveles, apenas protegidos por muretes de cemento u hormigón separados de tramo en tramo a modo de cortes a lo largo de la sinuosa carretera. 

En el asiento delantero del copiloto del viejo Ford Anglia, mi madre, con el corazón en un puño, observaba con gesto preocupado y temeroso el trayecto, no quitando ojo a las maniobras de mi padre, mientras en los asientos traseros, los tres niños se dejaban mecer poco a poco por el vaivén del coche, rendidos al sueño por las zigzagueantes curvas del camino.

 

La tía abuela, en el centro del asiento trasero del coche, con su mirada serena y de absoluta aceptación, permanecía atenta a los movimientos del coche como si se tratara de una guardiana silenciosa de la seguridad de los pequeños. Estos caían, poco a poco, rendidos de sueño o mareo sobre los hombros de la tía que se mantenía impertérrita, al menos en apariencia. Mientras tanto, mi padre, al volante, respondía con seguridad a los comentarios nerviosos de mi madre, asegurando que sabía lo que hacía al conducir por aquellas carreteras endiabladas y tortuosas, como un capitán seguro de su rumbo en medio de una gran tormenta ¡Ay, por Dios, Felipe, que no se ve nada! ¡Pero nada de nada! ¡Ten cuidado! ¡Encarna, déjame a mí que yo sé lo que hago! ¿Quién lleva el coche? ¿Eh? A partir de aquel momento de la interrogación contundente hacia mi madre, hubo un silencio casi sepulcral en el automóvil.

Aquel viaje de regreso a la capital marcaba el fin de un día lleno de olores, colores y juegos en la casa de la abuela, donde las historias mezcladas con las pequeñas obras de teatro repentinas cobraban vida en el escenario improvisado de una manta a rayas colgada con una cuerda de la rama de un árbol. Allí y detrás de la tramoya, la tía ejercía de directora teatral, mientras que los demás espectadores de la familia permanecían sentados a la espera del estreno de la función. Sobre un patio de butacas medio húmedo y plagado de trebinas, hierbas y alguna que otra zarza  descarriada, estaba nuestro público animando con sus aplausos a que los actores y actrices  realizaran su mejor obra. 

Sin embargo, este regreso a casa también representaba el retorno al colegio y a la rutina de la vida diaria, con sus deberes y responsabilidades, una carga que pesaba en mi pequeño corazón y en mi pensamiento como una diminuta sombra al atardecer, pero sabiendo en mi interior que era ineludible e inexcusable. Hubiera querido no deshacerme de aquellos domingos para volver a mis hábitos, pese a que también la escuela me seducía.

Pero a pesar de que el regreso iba acompañado de una cierta melancolía y nostalgia, yo guardaba en el interior de mi corazón, una intuición casi palpable, la promesa de nuevos días de aventuras y descubrimientos, donde cada viaje sería una oportunidad para explorar el mundo y aprender las lecciones que solo la vida con sus diversos e intrincados caminos puede enseñar.

jueves, 1 de febrero de 2024

Pistas


                                                     Foto Tanci



Llegó el momento en que mi hermana comenzó a buscar pistas. Aquella noche y mientras mi madre preparaba la cena, mi hermana y yo jugábamos alrededor de la máquina de coser de pedal, de nombre Francisquita. Mi padre había acarreado con ella en su viaje de regreso en barco desde Venezuela para regalársela a mi madre. Mi madre era muy buena costurera, aunque practicaba la costura en sus ratos libres. Nos confeccionaba a mi hermana y a mí trajes blancos con tiras bordadas aplicadas que almidonaba para que los luciéramos en las fiestas o Semana Santa. A mi hermano le hacía pantalones cortos a juego con su camisa. Yo siempre le pedía un pantalón de peto de tirantes que al final accedió a hacerme cuando yo era magallota.

Pero aquella noche, mi hermana observó unos trozos de tela recién recortados en el suelo y alrededor de la máquina. Recogiéndolos me los mostró preguntándome si yo no había recaído en aquellos trocitos de telas de flores diminutas. Aquella pregunta me resultó un tanto extraña, porque casi siempre había recortes de diferentes telas en el cuarto de costura que, al mismo tiempo, era el cuarto de mi hermano y, al mismo tiempo, era el cuarto donde estaban los pupitres que mis padres habían encargado a los Reyes un año anterior. Siempre había telas, patrones, revistas del Burda, sedalinas, papeles de seda, botones, cremalleras, agujas y un sinfín de accesorios propios de una buena costurera. ¿Por qué mi hermana quiso hacer tanto hincapié en aquellos pequeños recortes con fondo azulado y pequeñas florecillas encendidas de hojas verdosas? Me dio miedo. Me asusté cómo si algo malo hubiera estado tramando mi hermana a espaldas de mis padres. Ella lo único que hacía era compartir conmigo de manera sigilosa su hallazgo, pero haciéndome saber que aquel descubrimiento se le escapaba de su razonamiento. No quise hacerle caso y di por zanjada la cosa dejándola más sola que la una con sus interrogantes y sus retales en sus manos. Y salí despepitada, alejándome corriendo de allí como si no quisiera saber más la profundidad del asunto planteado. 

El día de Reyes nos encontramos cada una con una muñeca rolliza, de goma, con sus brazos y piernas articuladas y músculos bien señalados que atraían por su característico olor a pastillas de goma o a caramelos de chupar. Eran muñecas modernas a las que les podías dar un pellizcón como a cualquier ser humano. Ganas no me faltaron. Pero en el mercado estaban a vender estas muñecas con sus vestiditos, sus zapatitos, sus rebecas, sus pequeños bolsitos que se mostraban en los escaparates de las tiendas como la gran novedad. Sin embargo, las mismas muñecas, las vendían sin ropa, exactamente iguales a las que portaban sus vestidos. Se vendían totalmente desnudas y a la mitad de precio. Mi madre, ahorradora de siempre y siendo tan habilidosa con la costura, se propuso hacerle a cada una de nuestras muñecas sus vestiditos, ataviándolas con telas de florecillas de colores de fondo azul. Cada noche cosía en su máquina después de que nosotras nos íbamos a la cama y quedábamos dormidas. Ella guardaba en lo alto del armario las muñecas y la labor semiterminada cada noche hasta acabar con su tarea. Pero hete aquí que las dos noches anteriores a la llegada de los Reyes Magos de Oriente se olvidó de recoger aquellas pequeñas piezas recortadas de manera irregular y que eran los sobrantes de la costura para nuestras muñecas. Mi hermana, con fino olfato y dos años mayor que yo, había caído en la cuenta que algo raro se cosía y se cocía alrededor de la máquina y en los días previos al 6 de enero. No dudaría que su descubrimiento hubiera venido al menos dos años antes, porque su olfato de sabuesa la llevó a decirme el mismo día de Reyes: ¡Tú ves, las muñecas tienen la misma tela que dejó mamá en la máquina! Si para ella hubo un descubrimiento al más propio estilo Sherlock Holmes, para mí, sin embargo, lo que deseaba era seguir más tiempo con mi ignorancia, sintiendo en mi interior lo que yo intuía que me propiciaría mayor felicidad. Aunque debo reconocer que aquella ilusión infantil no duró mucho tiempo, ahora sigo creyendo que los Reyes no son los padres, aunque su mano, sus estrategias, sus almas, sus juegos y sus recuerdos siguen perdurando en nuestros espíritus.

                                                                                  

domingo, 28 de enero de 2024

Invierno sin lluvia



Foto Tanci


Enhiesto el pino

entre almendros resecos,

casi perdidos.

Expectante en su altura,

el Sombrerito mira.

domingo, 21 de enero de 2024

Tiempo atrás




 Juegos de niños

almendras y castañas

el trigo limpio.

Permanece el recuerdo

dentro, en mi corazón.

sábado, 2 de diciembre de 2023

La chaveta y el pasador en el lagar

 


                             Fotos Tanci



Cuando la torta de orujos, pepitas y pellejos estaba bien pisada y colocada en el centro de la tanqueta, con la gruesa soga enroscada y apretada desde la base hasta la parte superior, se procedía a colocar encima de ella los maderos para que hicieran más presión a fin de sacar el máximo jugo. Luego había que bajar la gran viga de madera de pino para que hiciera de contrapeso como una gran palanca sobre aquella masa de pieles, pulpa y semillas. Entonces había que hacer uso de la chaveta. Recuerdo que uno de los trabajadores, llegado el momento, le preguntaba a mi abuela: “¿dónde está la chaveta, doña Constanza?” Yo siempre había oído esa palabra con el sentido de “estar mal de la cabeza” o “estar mal de la azotea” o incluso “haber perdido la cabeza”. Pensaba, ignorante de mí, que había que encontrar a ese alguien que se había "eschavetado".

Pero mi abuela encontró otra cosa bien distinta. Sin esa chaveta no se hubieran podido terminar los dos últimos exprimidos de aquella masa hasta sacarle la última gota.

Mi abuela se dirigió a un arcón de tea que estaba en uno de los cuartos de la casa, y buscó dentro del escanillo que estaba en la parte izquierda del interior del baúl cerrado con su tapa. ¡Y ahí estaba la chaveta! Me la entregó para que la llevara hasta el lagar donde esperaban por ella para continuar la faena. Mi abuela confió en mí para hacer ese mandado y me lo encomendó, bien porque estaba ocupada terminando el almuerzo de ese día para los familiares y las personas allí congregadas en los trabajos de la vendimia, bien porque era una manera de hacerme partícipe y responsable de aquellos trabajos que pertenecían a los mayores. Por mi parte, además de haber descubierto que había otra chaveta distinta a la que yo tenía en mi mente infantil, me sentía importante y segura con aquella encomienda.

Aquel artilugio era una especie de barra alargada de hierro, pesado y ligeramente curvo, que medía como dos palmos. Por uno de los extremos estaba enroscada como haciendo una especie de “s” cerrada sobre sí misma. Mientras que el otro extremo estaba libre. Con aquella tranca salí corriendo hasta llegar al lagar donde estaban esperando por ella. Una vez que Pedro, encargado de dirigir las maniobras del prensado, la tuvo en sus manos, se dirigió hasta el husillo que descansaba sobre la piedra que haría de contrapeso. Allí, medio encorvado empezó a mirar el pequeño boquete que estaba horadado en la parte baja del husillo e intentó meter la punta roma de la chaveta a través de él. Parecía como si Pedro quisiera buscar o encontrar algo dentro de aquel agujero.  Con su mano izquierda rotaba el husillo lentamente sin dejar de mirar al interior de aquel hueco, manteniendo la chaveta en su mano derecha. Sus manos, pegajosas del mosto, pringadas con restos de alguna que otra piel de las uvas, eran habilidosas en la búsqueda de aquel orificio que, para mis ojos, era como si en un momento determinado fuera a encontrar algún tesoro.

Yo observaba sus movimientos, desde cerca pero nunca bajo la viga, dado que a los niños se nos prohibía permanecer en ese espacio. 

Cuando encontraba lo que andaba buscando, se sentía alegre y satisfecho pronunciado un ¡ya está, ya lo tengo! Como si hubiera encontrado aquel gran tesoro. Y lo único que yo veía en todo aquel manejo era que la chaveta quedaba atrapada entre el orificio del husillo de madera y el orificio del hierro que sobresalía del centro de la piedra. Ambos orificios debían ser atravesados por aquella barra pesada y curva, de tal manera que, con este encaje, se ponía en marcha todo el mecanismo de contrapesado. Para ello era necesario quitar previamente el pasador, tipo traviesa de madera maciza y gruesa, situado aproximadamente en la mitad de la viga y que era una pieza clave de frenado en la seguridad de aquel dispositivo.

Una vez que la piedra quedaba flotando en el aire durante el tiempo dispuesto, los niños no debíamos acercarnos por aquellos alrededores. Era peligroso porque este artilugio, rudimentario pero práctico, podía fallar en algún momento haciendo que la piedra se descolgara de manera brusca y repentina, causando de este modo algún percance no buscado. Nosotros, sabedores de ese posible peligro cuando la piedra quedaba en el aire, no desobedecíamos aquella orden de nuestros mayores, aunque siempre estábamos presentes observando todo el delicado y minucioso proceso.

Una vez nos atrevimos a emprender una escapada a escondidas hasta el lugar. Los mayores estaban en la sobremesa por lo que decidimos acercarnos hasta el lagar donde permanecía la piedra elevada del suelo. Agarramos una caña larga de las que habían plantadas en el cañaveral cercano. Con ella en las manos y, desde la misma distancia que nos propiciaba el largo de la caña, intentábamos rozarla levemente como si estuviéramos acariciándola, esperando como respuesta el movimiento ligero y danzarín de la pesada piedra. Para nosotros era como si estuviéramos pescando con aquella caña a la orilla de la mar, cuya captura como premio era simple y llanamente ver moverse la piedra acróbata suspendida sobre sí misma. Nunca pasó nada y nadie se enteró del asunto, pero tengo claro que cada niño tiene como protección un ángel de la guarda a su lado.

Todavía me pongo a pensar cómo con esta maquinaria antigua considerada ya como patrimonio histórico industrial, se conseguía exprimir y sacar hasta la última gota de mosto para su máximo aprovechamiento. Para nuestras mentes infantiles era como secuencias de distintos milagros mágicos encadenados, unos detrás de otros a fin de obtener aquel líquido dorado tan apreciado por los mayores.





viernes, 3 de noviembre de 2023

Agua


Exhausta, apoyó sus brazos sobre la rama en forma de y griega que sobresalía del tronco principal del árbol. Al mismo tiempo le parecía estar alongada sobre la barandilla de un balcón con vistas a una gran ciudad, oteando lo que ocurría por los alrededores, pero no era el caso.

Al frente divisaba una huerta alargada y seca, llena de malas hierbas, espinos y zarzas. A su izquierda, la parte trasera de la casa enjalbegada y a sus espaldas los restos de un antiguo horno medio derruido para fabricar tejas.

La rama flexible y sin embargo gruesa se balanceaba por el mero

apoyo de sus brazos, mientras que los frutos, colgando cada uno

de una especie de cordón verde, se movían a su aire, independientes, como si fueran aretes abombados de color verde.

La manguera a sus pies, y debidamente colocada en la poceta del árbol, seguía soltando agua a borbotones con un ligero ruido cristalino que rompía el silencio de la tarde, apenas interrumpido por el canto de algún mirlo escondido entre el follaje. Recordó cuando de niña había que ir a buscar el agua caminando hasta la fuente más próxima, y la más próxima estaba a unos 800 metros de distancia de la casa. Algunas décadas después algo tan cotidiano como llegar a la casa con el propósito de regar sus plantas le hizo volver a la fuente y a la niña que fue. Al abrir un primer grifo no salía ni gota, pese a eso, lo intentó en otro. Era evidente que había sido cortada el agua de abastecimiento. Pero pensó en su suerte, ya que tenía dos opciones distintas más para obtener el agua, además del agua corriente de la calle que era la que había sido cortada. ¿Qué solución le quedaba en aquel preciso momento? No había otra, abrir la llave de paso que conectaba con un estanque y del que podía abastecerse. Tendría que acarrearla en cubos que iría llenando desde las gruesas mangueras que permanecían abiertas y que regaban naranjos, ciruelos y perales. Y, desde allí, acarrearla hasta las flores que ocupaban un lugar aparte y más distanciado desde donde manaba el agua de las distintas mangueras. Tenía que apagar la sed de aquellos seres vivos. Así se dispuso y no lo pensó mucho, llenó un cubo tras otro, cargándolos y vaciándolos en cada una de las distintas macetas y jardineras.

Por segunda vez se le fue el pensamiento a su infancia en aquella casa, en la que no había grifo, ni agua corriente donde por el solo hecho de abrir la llave, como ahora es habitual, podía salir al menos un pequeño chorro de agua.

Pasó por su mente la talla de barro que su abuela llevaba a la cabeza desde la fuente hasta la casa, caminando por veredas ribeteadas de trebinas verdes con sus flores amarillas, dando varios viajes, hasta que el cansancio la paraba o tal vez porque la noche se le echaba encima. Con vestido negro y sobre éste un delantal canelo, cubierta con un pañuelo blanco y negro de tela de Vichy a cuadritos, atado con un nudo a la barbilla, caminaba diestra, con aquella talla a la cabeza. Era tan habilidosa que no derramaba ni una sola gota de agua con el balanceo de su caminar y pese a que el recipiente carecía de tapa. Tras llegar a la casa y bajar la talla desde su cabeza y depositarla en la destiladera de madera pintada de verde, que estaba en el patio central, tapaba el recipiente con un plato.

Nosotros íbamos a su vera, pasito a pasito, la acompañábamos y

la imitábamos con una pequeña lata vieja cuyo interior estaba lustroso y que, a modo de juego, llenábamos de agua para acarrearla también hasta la casa. Pensó que, pese a la escasez de agua en aquel entonces, nunca faltaron geranios, helechas o lluvias que daban belleza, colorido y aroma al lugar. Fue entonces cuando volvió de sus recuerdos mientras el aguacatero, que aparentaba más brillante y más vivo, se iba empapando del agua que seguía gorgoteando continuamente de la manguera.