domingo, 14 de febrero de 2021

Al final de la tarde









Al final de la tarde

dime tú ¿qué nos queda?

El zumo del recuerdo

y la sonrisa nueva

de algo que no fue

y hoy se nos entrega.


Al final de la tarde

las rosas siguen lentas

abriéndose y cerrándose

sin caer aún en tierra.


Al final de la tarde

no vale lo que queda

sino el impulso mágico

de la verdad completa.


(Ernestina de Champourcin)





lunes, 25 de enero de 2021

Parterre

                                                                                                                                                                                              Foto Tanci
 



             ¡Tanta belleza!
                 Floreciendo los lirios
             en el jardín. 

sábado, 16 de enero de 2021

Todo vuelve

 

                                                                                                                 Foto Tanci

 

Los dos cofres que había en la casa familiar fueron encargados por mi padre a un  ebanista de la Orotava. Pero el acceso a ellos lo tenía en exclusividad mi madre. No en vano fueron un regalo que le hizo mi padre cuando ella vio uno expuesto en un escaparate.  Uno era de mayor tamaño que el otro, pero ambos estaban hechos de madera de tea. Ésta era una madera fuerte, dura y de color rojizo que se encendía más cuando se le protegía pasándole a toda su superficie, con energía, un trapo empapado en aceite de linaza para que fuera absorbido por la madera. Entonces quedaba más brillante y lisa.

Las tapas de esos dos cofres eran redondeadas y cada uno era portador de una gran llave con la que se trancaban. Ambos estaban sostenidos sobre dos listones movibles que atravesaban el ancho del arcón a modo de patas. La parte delantera de cada uno de esos listones estaba rematada por una especie de hoja tallada también en madera.

En uno de esos arcones, en el de mayor tamaño, mi madre guardaba tesoros: juegos de toallas, juegos de ropa de cama, paños de felpa para la  cocina, cogederos para los calderos, alguna manta de algodón esponjoso…  Pero la joya mayor estaba en un mantel finamente bordado a mano y de manera artesanal.


Cuando mi madre quería recordar lo que allí dentro se guardaba, a sabiendas de que esos  tesoros le pertenecían, recurría a mí para abrir aquellos cofres y rebuscar lo que en ellos se encerraba. Mi madre, una vez abierta la pesada tapa y sostenida con la parte que cierra el escanillo, iba sacando pieza por pieza contando la historia de cada una de ellas.

-Estas toallas las compré de rebajas en aquella tienda de La Laguna que cerraron por jubilación de sus dueños…            

-Estos paños de cocina forman un juego: mira a ver si no hay siete… van ordenados de lunes a domingo-

-A ver, a ver…alcánzame ese pañito bordado a punto de cruz. -Éste lo bordé yo, pero la presilla de vainica la hizo tu abuela-

Y así iba sacando pieza por pieza hasta vaciar el baúl para luego volverlo a llenar colocando cada una de las prendas con sumo cuidado.

Cuando sus manos toparon con un mantel bordado, había un parón absoluto. Me instaba a sostenerlo por dos de sus esquinas para seguidamente desdoblarlo mientras ella lo aguantaba por las otras dos. Así con los dos brazos abiertos, una en frente de la otra, sosteníamos aquella inmensa pieza de tela de hilo de color beige claro finamente ribeteada en color canelo, no demasiado oscuro y de dos metros y medio de largo.

La primera vez que lo vi extendido de esta manera no entendía cómo un mantel que tendría que cubrir una mesa tenía tantos cortes y recortes alrededor de él para formar sus dibujos, eso sí, con extraordinaria finura y estética en el diseño. Mientras manteníamos aquella pieza entre nuestras manos ella iba describiendo cada una de las figuras con las que fue bordado.

-Mira -decía-. Aquellos redonditos  y abultados que ves como pelotitas se llaman bodoques. Fíjate en los cuatro ramos que forman las cuatro esquinas, son exactamente iguales y están signados y bordados proporcionalmente unos y otros.

Yo miraba y sin ser consciente por mis ojos entraba esa estética y ese diseño que, si bien no era lo más atractivo para una niña de aquella edad, sí que me llamaba la atención el cariño que depositaba mi madre con sus explicaciones.

-Fíjate en la presillas que están unidas por otras presillas –decía mientras intentaba señalarme el sitio exacto de cada una de ellas.

Yo me fijaba, claro que sí, pero en algún momento mi mente se fue a aquellos manteles que aparecían en las películas y que cubrían las alargadas mesas en estancias amplias y medio oscuras   en las que se sentaban todos juntos a la hora de la cena con vestidos rococó. Y por si fuera poco imaginaba dos elegantes candelabros coronados por varias velas colocados cada uno a los extremos de la mesa. Me fui a las películas de un período donde todavía la luz eléctrica ni se intuía que podría llegar a existir…

Ella, sin saber lo que se me estaba pasando por la cabeza en un instante, seguía realzando las flores, hojas y motivos en los que se veían suavemente las puntadas derechas, oblicuas o perpendiculares en relieve.

Cuando fue consciente que mis brazos iban bajando por el cansancio y por el peso del mantel, enseguida me instaba a volverlo a cerrar y a doblarlo por las mismas líneas marcadas que había dejado la plancha. Yo no tenía la habilidad para ayudarla con la  precisión que requería aquella empresa, entonces lo depositaba sobre la mesa del comedor y terminaba ella sola la faena.


Hace apenas unas semanas decidí abrir mi propio arcón y recordé cuando diez años atrás lo hice por última vez junto a mi madre. Saqué de él un mantel bordado que me regaló cuando yo apenas tenía edad para ponerle importancia a aquellos regalos tan exquisitos, personales y bellos.  Vestí mi mesa y calculé la caída del mantel por sus cuatro lados.

 -¡Qué quede proporcional! -me dije- . Y pasé  mis manos suavemente sobre aquella tela bordada con  bellos motivos, hechos con puntadas iguales, perfectas, donde las hojas y las flores parecían salidas de láminas de viejas pinturas barrocas más que bordadas. Volví a pasar mis manos con similar calidez y ternura como otrora lo hiciera mi madre, acariciando, extendiendo y aplanando con delicadeza aquel trabajo hecho por mujeres palmeras que en tiempos antiguos, a la luz de cualquier bombillo, quinqué, Petromax  o velas, depositaron su arte y buen gusto a través de sus manos y en lo que ahora a mí me parece una joya de incalculable valor como le parecía a mi madre cuando me enseñaba su mantel…

Aquel día de Navidad, doy por seguro que, mi madre, mi padre y mis hermanos estaban todos sentados a mi vera como antaño, con la mesa vestida de gala para celebrar la ocasión.

                           


 

 

 

 

 

 

viernes, 25 de diciembre de 2020

Arbolitos


                                                                                                                      

                                                                                                                    Foto Tanci





En la espesura

las flores del verode.

Llegó el invierno.

sábado, 19 de diciembre de 2020

El convido


                                                                                                                   Foto Tanci


Sólo tenía cincuenta o cincuenta y cinco años y aparentaba una mujer vieja o yo, con mis pocos años, así lo percibía. Porque se era vieja cuando las mujeres vestían de luto. Envuelta en ropa oscura de la cabeza a los pies. Pañuelo para tapar la cabeza,  blusa, falda, medias de punto grueso… y sobre la blusa y la falda negras como la noche oscura del alma, y sirviendo  como contraste, un delantal al que se le permitía ser  canelo para aliviar el riguroso luto. Pero en mi interior yo sabía que ella no era vieja por su temperamento y porque siempre nos regalaba una sonrisa picarona y estaba dispuesta a aceptar ciertas travesuras de sus nietos que le causaban asombro y alegría.

Mi abuela me llevaba cogida de la mano, cálida y tierna, hasta llegar a la tienda de Fefa. Un local grande, de paredes altas, pintadas de blanco, recubiertas de estanterías y vitrinas de cristal llenas de prendas y mercancía. Paños para la cocina, cogederos para los calderos, manteles, sábanas blancas, mantas, rollos de telas de un único color y estampadas con diseños discretos de florecitas o de rayas, ropa interior de mujer y caballero, pañuelos de mano y para la cabeza… El orden era lo de menos porque su dueña sabía perfectamente el lugar de cada cosa que se le pidiera, aunque cada cosa no estuviera en su lugar.


-Fefa, dame media docena de paños de cocina de algodón.

-Tengo unos preciosos que me llegaron nuevos.

Y allá iba Fefa a abrir un enorme paquete de papel canelo de estraza para mostrar el artículo. ¡Y sí que eran bonitos! Me llamaba la atención sus diseños, todos ellos cargados de frutas de intensos colores o bien signados con  animalitos delicados como pájaros, tiernos cervatillos, florecillas o  formas geométricas; todos ellos sobre un fondo de felpa normalmente de color  blanco.

Tras los paños de cocina, venían las sábanas también blancas a las que se les aplicaría de manera artesanal y cosida a mano una  tira bordada con diminutas florecillas. Ese era el embozo que quedaría decorado y personalizado.  ¡Y mantas! Que no falten las mantas, cálidas, suaves, esponjosas y por supuesto blancas, impolutamente blancas, de cuatro, cinco o seis rayas. Venían en sus correspondientes bolsas de papel fino transparente nada cercano todavía al plástico. Por fuera de la bolsa y adherida a ella venía la figura de un gato medio recostado y mostrando su panza reluciente.

-Toque, toque Doña Constanza, son de buena calidad y calentitas que da gusto.

-Dame tres de un cuerpo que el invierno es largo y  ya sabemos que… mantas, paños y bragas nunca son muchas.

- Hablando de bragas, ponme media docena de las altas de algodón también, y otra media docena de las modernas para mi hija.

Y allá iba Fefa danzando de esquina a esquina del local y siendo dueña de su propio negocio. Buscando aquí y encontrando allá la mercancía solicitada formando una especie de torre de prendas sobre el mostrador de madera oscura y  cristal. A través de él se veían collares plásticos, monederos, zarcillos de enganche con modelo tropical, medias, calcetines… y todo lo habido y por haber.

Sin perder detalle a todo este movimiento, me quedaba casi sin pestañear, hasta que me empezaba a desesperar porque ir a aquella tienda no era solo ir a conseguir y comprar los artículos necesarios, sino que se alargaba la compra entablando una conversación que yo veía improductiva  empleando demasiado tiempo. También es verdad que en esos momentos yo dejaba de ser el centro de atención… -¿Ha tenido noticias de su gente de Venezuela? ¿Cómo están todos? ¿Cómo les va?

-Parece que este invierno lo vamos a tener bien pasado por agua… el pasado sí que lo tuvimos bastante seco. Y así pregunta tras pregunta y respuesta tras respuesta que me llegaban a poner de mal humor.

¿Pero qué tanto tenían ellas qué hablar? ¿Y qué tanta conversación pegando la hebra? Mientras, la dueña de la tienda iba formando un gran paquete envuelto con aquel papel canelo y fuerte, haciendo un dobladillo por cada extremo. Para una mayor seguridad en el transporte le colocaba alrededor un hilo de cordón apretado, finalizado con un doble lazo. Aquel paquete de grandes dimensiones y bien afianzado lo llevaría mi abuela a la cabeza sobre un rodillo de tela.

Yo era feliz cuando ya nos despedíamos. Pero una vez subida la carga a la cabeza, Fefa, con un ligero grito le pidió a mi abuela que volviera para atrás.

-Doña Constanza, espere, espere un momento.

 Mi abuela retrocedió apenas unos pasos y esperó mientras  aquella mujer sacaba de debajo del mostrador unos tres o cuatro pañuelitos tersos, bien planchados y bordados a punto cruz diminuto, o bien signados, a veces pintados, y se los regalaba a mi abuela poniéndoselos dentro de uno de los  bolsillos de aquel delantal canelo que le llegaba por debajo de las rodillas. Tanto mi abuela como Fefa se congraciaban con una sonrisa benevolente y agradecida; la una porque sabía lo buena vendedora que era y la otra por haberle realizado una nada desechable compra y para que volviera.

- “Nunca la mañas pierda”.

- Ahí tiene el convido, Doña Constanza. Mis ojos no daban crédito ante aquel regalo que Fefa le ofrecía a mi abuela antes de que se fuera. Eso y el sonoro beso que nos estampaba a las dos hacían que mi enfurruñamiento desapareciera tras esperar estoicamente a la larga compra acompañada de una larga conversación. Fefa me agarraba la cara con las dos manos como para que no me escapara y me daba un beso en cada cachete y que yo sentía sincero y cariñoso.

Una vez en la carretera,  la mano cálida y  trabajada de mi abuela volvía a apretar la mía dirigiéndome y dirigiéndonos a paso lento hacia la casa familiar para volver caminando por aquellas veredas recortadas de magarzas, tréboles y ortigas que nos picaban nada más pasarle la mano o rozarnos las piernas. Y entre medio escuché de labios de mi abuela y como para sí misma decir: ¡Qué buena negociante es Fefa!

domingo, 29 de noviembre de 2020

La torta

"Me basta con el vino dorado y viejo,una manta con olor a invierno,diecisiete almendras nuevas y tus manos..." (Beatriz Mazliah)

                                                                                                                   Foto Tanci


Llegando octubre sabíamos que la fiesta de la vendimia en aquella casa rural estaba servida y bien asegurada. El día 12 de octubre no había escuela y pese a que casi el verano estaba dando sus últimos coletazos, siempre era un día radiante de sol y calor. Mis padres, cerrando el negocio, nos llevaban a todos en el pequeño coche Ford Anglia de color azul, llenaban una cesta de madera tipo barca con diversas viandas cubierta con un paño bordado blanco impecable y que mi madre se encargaba de colocar  encima. Una vez puesta en el maletero del coche, nos trasladábamos por las carreteras de curvas cerradas e interminables hasta llegar a la casa de la abuela para ayudar a vendimiar. Nosotros no éramos menos en esta tarea. Nos movíamos entre mandados, recados y  el acarreto de algún cesto, tijera de podar, cuchillo, paño, botella, vaso o bandeja que se necesitara, además de otros artilugios o herramientas que se utilizaban en las  huertas y bajo las parras. Los pequeños éramos los artífices de  ese ir y venir desde el lugar de la recogida de la uva en las huertas diseminadas en los alrededores de la casa, hasta el sitio sagrado del pisado; el lagar. Nunca nos cansábamos y cuánta más algarabía había, más nos afanábamos en nuestros juegos. Pensábamos que nadie estaría pendiente de alguna travesura como era jugar con la manguera a chingarnos o llenar los cubos con agua… hasta que la abuela mandaba a parar.  Ahí era cuando nos pedía nuestra colaboración animándonos a que lleváramos alguna garrafa o vaso de cristal hasta el lagar…

A nuestro entendimiento y mediante nuestros cándidos corazones apreciábamos el esfuerzo de nuestros mayores a través de aquellas gotas de sudor que caían por todo el rostro, patinando lentamente entre las barbas y bigotes  no rasurados de los hombres. Salidas como de un manantial, se perfilaban, brillantes, también  a través de las esterillas de sus sombreros de paja. Los otros, los de tela de  paño envejecido por el uso, empapaban una y otra vez esas gotas e iban dejando un surco húmedo con  una tonalidad más destacada que el resto del sombrero. Si el sombrero era gris, la franja destacada de humedad se tornaba gris oscuro. Si el sombrero era canelo, esa franja era de un canelo mucho más oscuro.

Mi abuelo portaba sombrero canelo pero cuando se metía en la tina para pisar las uvas se lo quitaba y lo dejaba enganchado en una de las horquetas que estaban apoyadas en uno de los laterales del lagar. Pero de igual manera le rodaban aquellas pequeñas gotas relucientes que se deslizaban por la frente y la nariz, mientras que sus cachetes tomaban una tonalidad rosa encendida. Su tez se mostraba más tersa y resplandeciente... pese a su barba de días.

Después de haber hecho la descarga  de los cestos que llegaban llenos hasta el borde de racimos dentro de la tina,  y  una vez que la mayor parte de la uva se había pisado y  despachurrado, entonces los hombres hablaban  de empezar a hacer la torta. Ésta era la parte antepenúltima de la vendimia dentro del lagar  y para ello había que estrujar con los pies a modo de danza y casi como un zapateado  la uva,  los restos de pieles, semillas y bagazos.

La torta  me sonaba, como  algo dulce y comestible… y es que lo era, pero demasiado grande, robusta y compacta…  Sólo que su función era otra. Quedaría aplastada bajo el peso de la gruesa y larga  viga para entresacar al máximo hasta la última gota de mosto. Aquella masa en principio deforme y apenas redonda y  abultada,  de casi metro y medio de diámetro y más de un metro de alto, formada de bagazos, uvas pisoteadas y aplastadas, iba conformando una especie de tartaleta justo debajo de la gruesa viga de pino que cruzaba, por la mitad y en lo alto, la tina grande del lagar. Me maravillaba con qué maña se juntaban, mediante un sacho, todos los restos de pieles y orujos que quedaban pegados en el suelo, esquinas y paredes del habitáculo cuadrado y cómo con la pala se ayudaban para recoger los montoncitos que acercaban al lado de la incipiente torta para colocarlos sobre la misma,  a la vez que se iban recortando y palmoteando los posibles salientes de ese redondel.  Debía quedar bien centrada debajo de la majestuosa viga que haría de prensa. Para ello y para que quedara justo en el centro ese redondel o torta, se dejaba caer  desde cada uno de los  laterales de esa viga,  tanto por un lado como por el otro, unos cuantos bagazos haciendo las veces  de plomada de  albañil. Así se sabía por dónde aplicar el recorte  de un lado o del otro de tal manera que quedara proporcional y equilibrada en altura y en anchura. 

Mis ojos no se apartaban de semejante laboriosidad. Con asombro veía cómo la remataban poco a poco pues apretaban y emparejaban empleando sus manos hábiles y robustas,  a la vez que la comprimían hábilmente con los nudillos y con las manos. Más bien parecía que acariciaban un gran pastel de frutas. Ahora solo faltaba arropar ese gran pastel mediante la soga, gruesa, redonda y larga;  tanto, que el trabajo lo realizaban entre dos hombres arrollando y ciñendo en espiral desde la  base hasta la parte más alta dejándola abrigada y vestida por completo.

Yo esperaba, atenta, el momento en que lentamente la viga iba bajando, y veía como daban vueltas y más vueltas al husillo que lo atravesaba  una horqueta gruesa  a través de un agujero. Hasta que por fin la viga llegaba hasta la torta para apretarla todo lo más posible contra el piso, logrando que la piedra con todo su peso, quedara levantada en el aire ejerciendo de  contrapeso a la viga que escacharía la torta hasta lo máximo. Así quedaría elevada la piedra durante horas hasta que a través de los resquicios de la soga y bajando hasta el piso se veía brotar y deslizarse el líquido brillante, claro y dulzón que rodaría hasta pasar por la canaleta de madera yendo a parar a la tina pequeña. Yo observaba ese momento en que los hombres lo probaban poniendo un vaso en esa canal que comunicaba las dos tinas y que en un momento recogían casi lleno para probarlo. Mi abuela nos tenía prohibido acercarnos en esos momentos en que la piedra flotaba.

Entre tanto y entre los allí presentes la conversación giraba en torno al gusto, sabor y paladar de ese jugo recién exprimido.

-No tiene  mal cuerpo- decía uno.

–Parece que este año está más dulzón- decía el otro.

– Sí, el verano ha sido bastante soleado- aseveraba otro…

 Y yo sabía que algún sorbo dulce y fresco de ese elixir llegaría como ofrecimiento especial hasta mis labios.

Mientras, un poco más abajo del lagar, sobre la mesa alargada y rectangular del comedor de la casa familiar, mi abuela, mi madre y mis tías preparaban el almuerzo para todos los reunidos a la fiesta de la vendimia. El olor a pescado salado conjuntamente con las papas bonitas arrugadas y recién sacadas del fuego impregnaba la cocina.  En el centro de la mesa una botella llena de mojo colorado y a los lados dos bandejas con el gofio amasado partido en rodajas daban un toque de color exótico. Todo regado, cómo no, con vino blanco de la cosecha  del año anterior. De postre unos suculentos y bien escogidos racimos de uva dorada que mi abuela, experta ella, se  encargaba en seleccionar. El almuerzo se prolongaba con una amena charla hasta que el café burbujeaba…

Entretanto en el lagar, la piedra permanecía sola, muda, sin manos que la columpiara. Así  se quedaba el tiempo necesario hasta que no saliera  ni una gota a través de los resquicios de la torta. Apenas si acaso, se balanceaba levemente por una suave y  ligera brisa fresca que llegó y  la besó.

 




                                                                                                                   Foto Tanci

 

    "Vino, enseñame el arte de ver mi propia historia como si esta ya  fuera ceniza en la memoria"

                                                                                                                          (Jorge Luis Borges)

                                                                                                                                                                           
 

sábado, 14 de noviembre de 2020

Expansión

                                            Foto Tanci

El drago que plantó mi padre crecía  hacia el cielo extendiendo sus robustos brazos y entrelazando sus gruesos dedos, respirando también hacia las entrañas de la tierra. Sus raíces rojas empezaron a asomarse, tímidamente, a  través de las paredes de piedra y barro, a través de la jardinera que fue hecha con firmes muros de bloques, cemento y arena expresamente para él,  protegiendo sus raíces y parte de su tronco. Diríase que se sentía incómodo, ya que empezó a empujar decididamente, a pasos agigantados,  y aquellas raicillas retorcidas como si fueran sogas enmarañadas, y aparentemente enclenques en un principio, se convertirían poco a poco en un entramado de  abultadas venas, asomándose fuertes y fibrosas entre los resquicios que servían de respiradero en su base. Cada vez se volvían más gruesas, resquebrajando y tirando muros, tejas  y parte del techo abovedado que forma la vieja construcción artesanal del horno para la elaboración de tejas. También se atrevió a rajar su mismo lecho que otrora se le realizó desde su base para su mayor confort y habitabilidad. Hoy, habiéndose  hecho un adulto fuerte y dejando atrás su adolescencia canija, y yo diría que pretendiendo aparentar un poderío arrogante y poseído, sigue empujando enhiesto y firme, hacia el firmamento como queriendo exhalar la mayor parte de oxígeno de su alrededor  para sí mismo, acaparando y monopolizando con sus intrincadas raíces, su propio entorno... Ni el centenario horno de hacer tejas de barro que lo acompaña, ni el antiguo lagar que está a su lado, pueden con su fuerza y presión. No han podido doblegarlo, ni tan siquiera tranquilizarlo…su pretensión es infinita.

Él, en medio de las dos construcciones, se ha empeñado en codiciar más terreno que el que en su momento le asignaron. Habrá que pararle las patas sin que se sienta dañado en lo más profundo de su interior rojizo. Tal vez habría que canalizar su empeño por ambicionar terrenos anexos y mostrarle otro camino interior de mayor profundidad, arraigo y conformidad, mostrándole un lugar libre e idóneo donde pueda seguir empurrando sus raíces a la vez que siga su andadura y evolución con humildad. Tarea ardua y difícil, pues nos ha indicado mediante varios avisos que seguirá creciendo y expansionándose con el paso de los años a su ritmo y según su propia naturaleza... El tiempo lo dirá.