El ojo de la cerradura se pegó a mi ojo. Me impuso su señal de identidad y quiso penetrar en mi interior. Yo, con mi corta vista no supe leer, al final, lo que dictaminaba mi iris. Tuve que acudir a un iridólogo.
Y de nuevo cantamos. De nuevo pudimos celebrar nuestro encuentro anual. De nuevo pudimos celebrar nuestro festival, el vigésimo segundo festival Carpe Diem. Horacio ha propiciado que, con tesón y constancia, un grupo de personas, ahora ya amigos, amantes de la música y del canto coral, nos hayamos unido haciendo honor a ese lema de vivir el día a día, la hora, el minuto…el momento.
La coral Vulcania de Lanzarote junto con la pianista Raquel García y el violonchelista Diego Pérez nos acompañaron esa noche plena de emotividades y sentimientos.
En nuestro repertorio de este año llevamos un buen cargamento de emociones, de obra poética, de misticismo y espiritualidad. No en vano nos recreamos con el “Cantar del alma” de San Juan de la Cruz, que nos transportó a una experiencia espiritual íntima pretendiendo llegar a un éxtasis de soledad en cada uno, pero en común unión entre todos los componentes del coro Carpe Diem.
Por otro lado, elegimos también,a Santa Teresa de Jesús recordando el 500º aniversario con su “Nada te turbe”, de lenguaje simple y sencillo en el que se ve la búsqueda de Dios en lo más profundo del alma.
Con estos místicos, con los epitafios del Quijote, recordando su400º aniversario de la publicación de la segunda parte del Quijote, así como con losespirituales negros, fuimos a la búsqueda de la serenidad, de la calma y de una tranquilidad que quisimos trasladar al epicentro de nuestro concierto.
No puedo dejar de lado la nana para una foca, “The seal lullaby” de R, Kipling/ E, Whitacre, que nos evoca la calma que nos incita al escuchar su letra y que, junto con sus modulaciones ynotas musicales, da consuelo y tranquilidad al infante que la recibe. Creo que, a su vez, fue transmitida esta ensoñación de igual manera al respetable público que nos acompañaba.
Por otro lado, el cartel que propició la comunicación y convocatoria a nuestro concierto, mediante la estética visual y artística, resalta al mismo tiempo la idea que nuestro director Luis Correa nos haido transmitiendo día a día en cada uno de nuestros ensayos. Esto es: cantar no sólo con nuestro instrumento por antonomasia y que es la voz, sino además propiciar ese profundo sentimiento de espiritualidad que todos llevamos dentro de una forma u otra y que, junto con el misticismo de sus letras, se produzca la magia de una vibración sublime… tal vez tocando o llegando a tocar parte de la nubes que se reflejan, de una manera sutil, en la acuarela que ha dado paso al cartel anunciador.
Es ese mar de nubes que, acariciando a las montañas cercanas, no deja de acercarse tímidamente y lentamente a nuestro volcán Teide.
El rojo contrastado de miles de flores, las rocas de color marrón y la exuberante vegetación de variados verdes y ocres que irrumpe en un manto de tonalidad clara y particularmente etéreo, da ritmo y una cierta musicalidad a la pintura que quiere emerger desde el interior de una naturaleza casi sensual y que se adivina muy paralela a los místicos poetas a los que hemos hecho referencia.
No pretende el cartel más que una llamada de atención hacia nuestro encuentro coral amistoso y que, de una manera austera y sin mucho adorno añadido, ha pretendido llegar a los corazones ofreciendo una mirada de serenidad con vibración múltiple transmitiendo esa calma que nos da la naturaleza y que puede dar paso ¿por qué no? a la pasión. Pasión que pusimos todos al unísono esa noche del 5 de junio en nuestro “XXII Festival Carpe Diem”
Lamió repetidamente sus labios impregnados con la sal que
había sido depositada tras el fuerte oleaje. Los minúsculos trocitos
cristalizados sobre barrotes, pasarelas y farolas asemejaban pequeños gránulos
de arena dorada y brillante lejos de la costa.
Ella, varada en sus entrañas, lo vio partir en su último
viaje hacia el silencio.
San Andrés llegó, pasado mes y medio tras la afanada vendimia
a principios del mes de octubre. Con él, y cada 30 de noviembre, se celebra la
fiesta de la apertura de las bodegas y los bodegueros esperan impacientes la
cata de sus fluidos. Se abren las barricas, se prueban sus caldos, y a partir
de ese líquido venturoso se propician alegrías, festejos, maridajes, amistad,
bullicio…
Es el vino, ese morapio que en la adolescencia rechazas y que
pasados los años vas paladeando poco a poco hasta entender que un sorbo, nada
más que un sorbo apenas, pone en tus labios una fragancia capaz de enaltecer
cualquier estado anímico.
Merece una mención especial el vendimiador, aquel que desde
muy tempranas horas de la mañana y ataviado con sombrero de paja, camisa remangada
y su tijera de podar engarzada a su cinturón de cuero, va palpando y cortando cada
racimo, separando con hábil destreza aquellas uvas que por mor del tiempo se
han podrido en el mismo gajo, o bien las más verdes que hay que apartar para
llevar a cabo una cuidada selección
entre todas ellas.
Alza su canasta hecha de varas de castaño con el brazo
derecho. Con mano firme y dedos cortos, agarra, cual garfio, el asa de la cesta.
Y en un vaivén, esmerado y al mismo tiempo presuroso y cuasi gimnástico, eleva el
canasto sobre el hombro izquierdo. Veinte o veinticinco kilos se le supone a la
carga de uva madura, dorada y brillante, recién cortada. Apenas con la mano
izquierda aguanta su canasta con el simple gesto de equilibrar su carga. Avanza
seguro, firme, con paso lento por el peso. Con tesón va y viene, desde la
huerta hasta el lagar cercano, dando viajes y vaciando su fardo, uno tras otro,
hasta que la viña, toda ella, ha quedado terminada, vendimiada. Más tarde, y en
la tina, pasarán los racimos al proceso de escachado consiguiendo el mosto que
dará paso al vino. Bendito oficio y bendita tierra.