Un plato redondo, de color blanco roto y adornado con una pequeña cenefa a modo de cadeneta engarzada en azul y amarillo a lo largo de su circunferencia, estaba colocado en un extremo de la mesa familiar cubierta con un mantel de hule, decorado con vivos colores, ligeramente ajado. Sobre ese platillo de cerámica descansaban tres pequeños merengues o mimos perfectamente horneados y cuyos únicos ingredientes eran las claras de huevo, el azúcar y la ralladura de limón.
Estaban tan frescos y crujientes que todavía se podía mascar y paladear el chicle que permanecía en su interior.
La anciana de plateada cabellera se los llevó de uno en uno a su boca, en tres pasos distintos y diferenciados por un breve descansillo entre uno y otro. Los cogía delicadamente con sus dedos menudos y finos, avejentados por el paso del tiempo, saboreando cada uno de los diminutos manjares y diluyéndolos morosamente en la boca. Tanteaba el plato sin abrir sus ojos y se llevaba cada diminuta exquisitez hasta sus labios adivinando el recorrido.
Una vez hubo consumido aquellos tres pequeños y esponjosos merengues azucarados, dignos del paladar más exigente y derretidos en su boca, parecía como si se serenara más de lo habitual, sintiéndose, tal vez, cercana a una ancestral costumbre. Al término de este pequeño ritual, tanteó el plato vacío, lo acarició y rodeó con los dedos de su mano izquierda. Luego, ayudándose con su mano derecha, lo elevó temblorosamente intentando llevarlo hasta sus labios. Daba la sensación de que, en algún momento, fuera a dejarlo caer dado el temblor de sus menudas manos. Cuando logró colocarlo con dificultad cercano a su boca, lo succionó, intentó saborearlo, sacarle jugo, beberlo como si algún líquido pudiera contener aquel útil de cocina semiplano, de forma circular y que, repetidas veces, toca, palpa, acaricia, eleva y acerca… No tiene diferenciado si es plato o vaso. Si se come o se bebe. Si hay algo sobre él o no.
Había una vez una niña pequeña que vivía en una pequeña casita de campo con sus padres. Esta casita estaba en medio de un bosque en donde los árboles eran muy altos y muy frondosos.
Andrea, que así se llamaba la niña, veía asomar una gran torre a través de los árboles que estaban en lo alto de una colina. Cada vez que le preguntaba a su madre sobre quién vivía allí, en aquella torre, ésta le contestaba: “ Lo que ves es sólo una torre de un gran castillo que, además, tiene más torres y muchas, muchas habitaciones”. Andrea soñaba con visitar algún día ese castillo y descubrir cómo eran por dentro esas habitaciones.
Un día llegó una paloma hasta la granja en dónde vivía Andrea con sus padres, y al preguntarle de donde venía, la paloma le contestó que había sido enviada por el rey del castillo para observar a todos sus súbditos.
Andrea le dijo a la paloma que ella quería conocer al rey. Así fue como la paloma volvió a contarle al rey que había una niña muy lista y muy inteligente que quería visitar su castillo y conocer al rey. Meses más tarde volvió la paloma a la casita de campo en donde vivía Andrea y le dijo que el rey aceptaría recibirla siempre y cuando le llevara un regalo; el que ella más quisiera. Andrea se quedó pensando un buen rato, y de todos los animalitos que estaban en la casa no podía desprenderse de ninguno.
Los cerditos se encargaban de comerse la comida que sobraba de los demás. Ellos hacían de reciclaje en la granja, y, además, nunca les importaba, ya que eran manjares exclusivos.
La oveja daba lana para el invierno y leche y queso para todos los días.
La gallina ponía huevos, y el gallo hacía que la gallina tuviera más pollitos para seguir teniendo más gallinas y más huevos.
Andrea también tenía un pájaro, un gran pájaro verde que le había regalado un forastero que venía de tierras muy lejanas y que una vez había pasado por allí. El forastero le había pedido agua y Andrea se la había dado. El gran pájaro no reciclaba, ni daba leche o lana, ni huevos, pero era la principal compañía de Andrea, que no tenía hermanos ni amigos para jugar, porque su casa estaba muy aislada.
¿Qué podía regalarle Andrea al rey que pedía un regalo de ofrenda para cuando lo fuera a visitar? En realidad tenía muy pocas cosas que ofrecerle… pero le vino una idea ¡le llevaría un caldero!
¡Si, un caldero!. Cuando la paloma volvió para interesarse, le preguntó a Andrea: ¿un caldero? ¿ para qué quiere el rey un caldero?
-Andrea le contestó: “es que el caldero que tiene mi madre es único, es de cobre y es mágico”
¿Mágico? ¿Un caldero mágico?- No sabía que existieran calderos mágicos- Dijo la paloma intrigada-
-“Sí, es mágico y todas las familias podrían tener uno igual si quisieran…” -A ver, a ver ¿cómo es eso del caldero mágico?- preguntó la paloma-.
“Pues el caldero mágico que tenemos en casa siempre tiene el fuego encendido y no hace falta talar los árboles para gastar la madera. Siempre da calor y nunca se apaga. Y además, ese caldero siempre está lleno”.
-¿Un caldero que no se apaga nunca y que no necesita leña de los árboles para que esté siempre encendido? ¡qué raro! y... ¿lleno de qué?- volvió a preguntar la paloma-
“Lleno de todo lo que tú quieras poner. Por ejemplo, en mi casa, mi madre dice: -cuando no quieras algo ponlo en el caldero que con su llama se fundirá- Pero además, es que es tan mágico y tiene tantos poderes que cuando pidas algo con toda tu fuerza sólo tienes que asomarte a él, agarrarlo por las asas, y enseguida, en el fondo, se vislumbra lo que has pedido. Pero hay que tener mucho cuidado, pues el caldero no concede lo que no se pide de verdad con el corazón y con cariño. Y si tú pides algo que no te hace falta, el caldero se apagará en un periquete”.
“Bueno…” - dijo la paloma-, “visto de esa manera, es posible que al rey le guste tener un caldero así. Siendo que es un rey, necesitará ayudar mucho a sus súbditos, y luego tendrá que poner en el caldero lo que no le sirva. Pues entonces te mandará una barca para que puedas cruzar el río, después atravesarás el bosque y por último llegarás al castillo"
-"No te preocupes, te acompañaré en todo el trayecto" le dijo la paloma tranquilizando a Andrea.-
Y así lo hicieron. Llegaron al castillo, las puertas fueron abiertas y Andrea atravesó todo el pasillo con su caldero, que siempre estaba encendido, que no quemaba, pero daba lumbre, luz y concedía deseos a todo aquel que lo supiera usar. El rey la recibió con honores y Andrea le dio su regalo y le explicó por qué era mágico el caldero. El rey se puso muy contento y le agradeció mucho a Andrea ese extraordinario regalo, y le prometió que siempre lo usaría para hacer el bien a sus súbditos. Pero después se quedó pensativo y, con pena, le dijo a Andrea: “A partir de ahora te quedarás sin tu caldero mágico, por eso te propongo que lo uses una vez más antes de volver a tu casa y que pidas lo que más quieras”. Andrea se quedó pensando, se asomó al caldero mágico y dijo: “Mi único amigo es mi pájaro verde. A veces, cuando estoy sola, me pongo a hablar con él y le cuento mis cosas, pero no sé si me oye. Me gustaría que me contestara”.
Y en efecto, a partir de ese día, esos grandes pájaros exóticos llamados loros, hablan y repiten lo que oyen gracias a la petición de Andrea. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Las fotos que acompañan a esta entrada fueron tomadas del pavimento de la "Casa do Alentejo" en Lisboa(Portugal). La última foto, correspondiente al azulejo del loro, ha sido sacada de Internet.
Este cuento está dedicado especialmente a Andrea por su cumpleaños. También para Jueves, su madre se lo leerá siempre y cuando lo considere.
D. Juan Sánchez, “Juanito el palomero” para familiares y
amigos, llegó a Las Palmas capital, desdeArtenara,con ocho años. Sus
abuelos ya vivían allí, habiendo comprado una casita en el barrio de San
Antonio, cercano alObelisco. Los
abuelos de Juanito habían formado una pequeña empresa familiar de pastas y
fideos. Un camión de color amarillo cubría el trayecto del reparto por toda la
capital y barrios de la periferia. Por fuera, y en los laterales del camión de
color amarillo, se leía el slogan en letras negras que lo hacía más visible
todavía; “Fideos Semidán. Sin acidez, ni ardor”
Por su parte, la
familiade Doña María Antonia Ramírez, más
conocida como Maruca, famosa por sus espléndidas manos en la confección de
gorras y sombreros, había venido de Arucas yendo a dar al mismo barrio en donde
vivía Juanito. Ambos estaban predestinadosa encontrarse. Con el tiempo, formaron familia. De esa unión tuvieron cinco
hijas y un hijo. La mayor de sus cinco hijas, Felipa, recuerda los veranos de
Artenara, lugar de donde procedía su familia paterna y al que iba a pasar los meses
de estío con sus tías y abuelos. Veranos calurosos y tardes frescas en los que
las noches se arropaban al compás de un inmenso coro de grillos y cigarras, abriéndose
eco entre barrancos y laderas.
Artenara, pueblo enclavado en la zona central de Gran Canaria,
es famoso por sus casas-cuevas enjalbegadas y, algunas de ellas, excavadas en la
tosca roja; conformando en una suerte de
paisaje pintoresco y variopinto, similar al de un portal de Belén. Hoy en día, muchas
de estas cuevas habitación han sido rescatadas y rehabilitadas para ofrecer un
armónico disfrute y relax vacacional, siendo la experiencia, para el que la ha
vivido, un lujo para los sentidos, para el ánimo y la paz interior en la que
tener una sana y saludable experiencia de vida.
Estas casas-cuevas forman una simbiosis entreunaancestral unión de la naturaleza
y el entorno en donde están enclavadas, por un lado y, un actualizado y moderno
equipamiento interior y exterior en el que no falta de nada, por el otro.
Habitarlas, te da la
sensación de emerger de las entrañas de la tierra, pero haciendo uso de todos
los lujos habidos y por haber…Diríase que estando en las entrañas de la tierra trasciendes
lo cercano y humano y conectas con lo lejano y divino.
Haciendo estas reflexiones, a Felipa, la mayor de las cinco
hermanas habidas en el matrimonio de Juanito y Maruca, y criada en la capital,
le produjo una sensación inusual de recuerdos y afectos retrospectivos el tener
entre las manos una humilde escoba hecha con hojas de palma que, por casualidad y lejos de la capital,
tuvo la ocasión de usar uno de esos días en los que, lejos de la rutina, absorbes
todos los matices de cualquier experiencia por simple que sea, y te sorprendes
con ellos.
La humilde escoba le trajo recuerdos de su infancia, allá en
Artenara, donde las cuevas se convierten en viviendas, dando paso a una saludable
y benefactora cotidianeidad; donde el tiempo se ve pasar lento, pausado, sin
agobios; sentada al atardecer en la entrada de cualquiera de estas cuevas, y donde
la lejanía y la altura del lugar ofrecen
el justo barómetro de la autenticidad de las cosas sencillas.
Y con ese salto de la rutina, y después de muchos años sin
haberla tenido entre sus manos, manejóla
escoba hábilmente, formando pequeños montones de hojas, ramitas y tierrecillas
esmeradamente colocados en cercanos rincones.
Uno aquí, otro acá y otro acullá…
tal y como Maruca, su madre, le enseñara en su infancia. Le tentó la risa
cuando la vio colocada en la esquina del viejo cuarto de aperos de labranza:
empinada, con sus palmas sobre el suelo y el cabo apoyado en la
pared. Esperaba, tal vez, un escobillón algo más moderno, o unaaspiradora de las de ahora… o un auténtico
robot de limpieza de última generación. Algo proveniente de un mundo más
renovado y cercano al de la ciudad de donde Felipa provenía.
Pero aquella escoba cumplía su misión, aun arrinconada en
aquel cuarto de aperos. La misión de adecentar patios, empedrados y pequeños
caminos o parterres entre la arboleda y que, incomprensiblemente, habían
sucumbido a la loseta o al gres o al piche, no así a la madera y a la piedra.
Las largas y finas
hojas de palma formaban un auténtico ramillete apretado como si de una falda
plisada se tratara. Todas ellas, prensadas y unidas alrededor de uno de los
extremos de la larga y cilíndrica caña
que hacía de empuñadura, dieron cuenta del trabajo rutinario y cotidiano del
barrer, dejando lustrosos los patios y empedrados. Felipa no salía de su gozo,
como así de su asombro. Pensaba que esos útiles habían caído en desuso y en el
olvido. Con una escoba entre las manos le parecía a ella estar danzando el más
dulce y dinámico vals que jamás hubiera bailado. Y es que ya se sabe: en el
campo, que no en la ciudad, una buena escoba, además de práctica y eficaz, nos
puede propiciar un buen momento de desconexión, de relax y felicidad. De vez en
cuando ponga una escoba en sus manos. Probablemente, y sin proponérselo, verá
la vida con otro ánimo.
VientoDeLaIsla by Mestisay on GroovesharkTanto el dibujo como las fotos de esta entrada han sido realizados por Tanci
Leo en una revista de tirada semanal, de un conocido diario, que el agua
será en un futuro cercano el “oro azul”, por contraposición a lo que ha sido el
“oro negro”.
Otros la llaman el petróleo del S.XXI. Y sin embargo, sin el oro azul, no
se hubiera podido obtener el tan deseado oro negro.
Los datos que ofrecen los organismos internacionales
resultan escalofriantes: miles de millones de personas sin acceso a agua
potable, previsiones de agotamiento de acuíferos, sequía y otros males diversos
debido a la escasez y mal reparto de tan elemental elemento: el agua.
Por eso me llama poderosamente la atención una página
de esa misma revista, en la que se mencionan 10 clases diferentes de agua
embotellada, en distintos tipos de envases, a cuál más soberbio en cuanto a
diseño o tendencias. Aguas de Dinamarca, en sugerente botella cristalina, agua
de Francia en estilizado botellín, gallegas, de Patagonia, escultóricas por su
diseño en forma de columna dórica, hasta, asombrándome exageradamente, con oro
en su exterior… Precios desorbitantes y lujos desorbitados, en contraste con la
carencia habida en diversos países en los que el agua es, además de obviamente
una necesidad básica, un recurso que se presta a luchas y pleitos.
La cultura del agua va más allá de lo que el agua,
como elemento indispensable para cualquier ser vivo, nos pueda ofrecer. No
olvidemos que el ser humano es principalmente agua: en concreto, más de la
mitad de nuestra masa corporal es sólo agua. Y que el agua es vida y sinónimo
de supervivencia, de salud y bienestar. El agua ocupa algo más de las dos
terceras partes del planeta que habitamos. Agua para calmar la sed, agua para
la higiene y la limpieza, agua que abastece depósitos, embalses, charcas,
estanques, pozos, aljibes… Agua que nos da la vida. Agua, en definitiva, que
nos mantiene.
Por contraposición y paralelamente, aparecen e
irrumpen con extremada arrogancia los centros de talasoterapia, spas y de
terapias del agua. ¿Un bien o un lujo? ¿Una necesidad o una riqueza?
De todos es conocido el bien que nos aporta a los
seres humanos pasear a la orilla de una playa, caminar y dejar que las olas y,
por consiguiente, el agua, acaricie nuestros pies. Cuánto menos, nos provoca la
dulce y serena tranquilidad que, tal vez, durante muchos días, veníamos
buscando y que la naturaleza se encarga, de una manera sencilla, de regalar. El
agua de mar está cargada de iones que, llegando al ser humano directamente,
provocan en él la sensación de calma y relax que tanto necesita. De ahí su
efecto tranquilizador y, algunas veces, sedante. Lo hemos experimentado, y no
nos ha costado, los que hemos tenido acceso a ello, ni un céntimo.
Pero estos centros de relax que han ido creciendo en
medio de lugares de esparcimiento y de vacaciones, emplean el mismo “oro azul”,
o sea, el agua de la que otros, con muchos menos recursos, carecen. Ofrecen
flotar en ella por módicos precios o precios imponentes, según el cristal con
que se mire. Chorros a presión, masajes acuíferos, curaciones y la ilusión
sobre la desaparición de ciertos trastornos del siglo XX y XXI como pueden ser
el estrés, la ansiedad, el agobio etc. Todo esto en paquetes de distintos
precios según usos determinados. Bueno es que lo experimentemos, bueno es que
el agua llegue a nuestro cuerpo, inunde nuestros poros y salgamos, de una
sesión de las mencionadas, con las pilas cargadas para un tiempo razonable. No
sólo de pan vive el hombre…
Y si me remonto unos cuántos años atrás, recuerdo que
también lo hacía de pequeña en la pileta rectangular de piedra molinera que
había en la casa de mi abuela, donde se lavaba la ropa a mano. Y no había mejor
fiesta que chapotear en ella en tiempo estival. Era la fiesta de bañarse al
aire libre y a cuerpo de rey en una pileta que, de forma anticipada, hacía las
veces de las actuales sesiones de agua-terapia.
Pero es que el agua sigue siendo vida, y a la vida se
debe. El agua es vida que a su vez proporciona más vida en agricultura, en
jardines, centros de salud y en cada uno de los hogares de nuestro planeta.
Aunque no en todos los hogares. África llora y derrama lágrimas de agua salada
ante la impotencia de no poseer los mínimos abastecimientos de agua potable y
en condiciones para sus pueblos y su supervivencia. ¡Qué contradicción! Unos
usan el agua en botellas de diseño, otros gozamos bajo los chorros propulsores
del agua proyectándonos la consabida terapia, y otros rascan y arañan la tierra
en busca de una pequeña vena de agua que no aparece, que no se propicia…
Por ello, no me queda más remedio que echar la vista
atrás y ensalzar el aljibe que, con sus manos, construyó mi abuelo en tiempos
pretéritos. Es un legado de mis antepasados con su cultura tradicional de
subsistencia.
Sí, ese que hizo con arena acarreada a lomos de una
mula y una yegua, traída del Barranco de la Arena. Llamado así por la gran
cantidad de arena que arrastraba la lluvia desde las faldas del volcán Teide,
depositándola más abajo, en zonas de medianías. El abuelo que, con la ayuda de
sus vecinos, propició un hueco medio subterráneo para ubicar el aljibe que iba
a abastecer, no solamente a toda su prole, sino también, a las tierras de los
alrededores de la casa. En su sabiduría ancestral, el abuelo dejó rematadas e
impermeabilizadas sus paredes, así como su piso, haciéndolo con piedras, lajas
y bastante cantidad de cal. Elemento éste, la cal, necesario en el blanqueo de
algunas casas canarias pero, a su vez, material necesario también para mantener
desinfectadas y potabilizadas las aguas de lluvia. Aguas que venían de los
tejados, azoteas y que llegaban al aljibe para su aprovechamiento a lo largo
del año. Al lado de este aljibe había un abrevadero hecho de piedra y cuya
función era la de abastecer de agua a los animales que componían el hábitat
autosuficiente. El aljibe de mi abuelo estaba rematado en su parte superior con
tablones de madera barata ya que no había para más. Y sin embargo, no le faltó
el brocal con su puerta de madera. Una simple soga anudada a un cubo, servía
para extraer el líquido elemento desde el interior del aljibe hasta la
superficie. Tenía también su coladera para el filtrado del agua cuando ésta
llegaba con la lluvia. Y, por supuesto, el rebosadero para que cuando ya
estuviera lleno pudiera desaguar hacia el abrevadero.
Mi abuelo supo lo que hizo. Practicó la agricultura
autosuficiente, siendo ésta su fuente de vida, de salud, de sabiduría, de
experiencia… Por eso gastó parte de unos ahorrillos en la construcción de esta
obra hidráulica. Pero el aljibe de mi abuelo fue aljibe de subsistencia, de
necesidad. No fue aljibe de talaso, ni de diseño arquitectónico, ni de lujo.
Fue un aljibe que dio vida a la casa y a sus moradores. A sus poyos con
geranios, clavellinas, mimos, lluvias y margaritas que primorosamente regaba mi
abuela. A la vaca, a la mula y a la yegua, a las gallinas y conejos y a las
cabras. También al “Moro”, perro fiel y guardián dónde los hubiere, pero a la
vez disciplinado y juguetón. A los gatos que, sintiéndose libres, aparecían por
la casa cuando se les venía en gana traspasando la gatera. Al “sitio” de la casa y a sus
alrededores. Mi abuelo empleó los recursos naturales a su alcance para hacer de
aquel entorno un auténtico vergel. Un patrimonio natural que rodeaba su casa y
la de toda su familia.
Indudablemente, el aljibe de mi abuelo existe porque
él lo hizo subsistir. Nada mejor que un sano, saludable y beneficioso
aprovechamiento de los recursos, del agua. Su valor y sabiduría va directamente
relacionada con la tierra y con su patrimonio.
Por todo ello y dado lo expuesto, tengo la impresión
de que vivimos pensando en que tenemos un excedente de agua que no se nos va a
acabar nunca. Agua que sí me enseñaron a valorar mis antepasados, a respetar y,
por consiguiente, a saber ahorrar. Habría que replantearse, tal vez, la
necesidad de volver a desempolvar la cultura de reutilizar y reciclar para un
mayor y mejor “desarrollo sostenible”. Tal vez reutilizar y rescatar estas
construcciones que, antaño, formaron parte de una cultura popular de
abastecimiento indispensable. Madurar esta idea no va desencaminada. Quizás, la
alternativa pase por pretender seguir observando el agua de una manera
despreocupada e irresponsable y ver si la tierra nos la regala embotellada y en
recipientes de diseño, o bien cayendo desde el cielo como por arte de magia. ¡Ay,
si mi abuelo levantara la cabeza…!