Foto Tanci
La primera tortícolis que recuerdo haber tenido sería cuando
yo contaba con 7 u 8 años. Mi hermana y yo saltábamos en una de las dos camas
de madera tallada que mi padre había encargado a un carpintero. El somier de
ambas camas era metálico formando hexaedros unidos unos con otros y que nos
hacía recordar a las celdillas de las abejas para depositar la miel. Esta
estructura metálica la hacía flexible y elástica una vez que se cubría con el
colchón de muelles hecho de alambre, hierro, tela y algodón. A su vez se
amoldaba al cuerpo hasta que por el continuo uso aparecían los alambres a
través de la tela acolchada en la que estaba envuelta la estructura del mismo
colchón. Entonces había que pensar en comprar uno nuevo.
Pero en casa de la abuela había otro tipo de colchones.
Colchones hechos a mano. Yo los recuerdo de una tela color perla gruesa y firme
llamada de muselina. Se confeccionaba con varios lienzos de tela unidos unos a
otros hasta formar una gran bolsa del tamaño del catre. En medio de esa gran
bolsa se dejaba una abertura algo similar a las braguetas de los calzoncillos
de los hombres que se cerraba con cintas que se unían entre sí con nudo y lazo
como cuando uno se acordona los zapatos. El asunto era lograr que esa abertura
pudiera cerrarse o abrirse a conveniencia. En el momento de hacer el relleno
del colchón allí estaba yo fisgoneando
los movimientos de las manos de
mi abuela y de mi tía. Me mandaban a traer poquito a poco las hojas secas que
recubría la piña de millo y que estaban colocadas sobre una manta limpia debajo
del cobertizo. Una vez seca la fajina,
se rajaba en tiras muy finitas de tal manera que se adaptarían mejor a
la bolsa del colchón y no molestara tanto a la hora del descanso. Esta tarea
requería habilidad en los dedos, cosa que yo no tenía dada mi corta edad, pero
estaba diestra para cargar la fajina desde el patio hasta la habitación.
También se rellenaban estos colchones de pinocho, siendo la
hoja del pino canario y que, de forma natural, cae al suelo cuando se seca. Era
menester recoger este pinocho para su uso de las primeras hojas que caían al
suelo ya que era más fino y más suave y de esta manera no traspasaba la bolsa que los
protegería.
Por último recuerdo también el relleno llamado crin, de fibra
también natural y que provenía de las crines de caballos y yeguas. Éste se vendía a granel y al peso en las ventas de abastos.
Una vez acompañé a mi abuela, cogida de su mano, a casa de
una vecina que vivía mucho más alejada del lugar donde se concentraban las
casas. En el momento en que llegamos, la dueña estaba justamente aireando su
colchón, pero éste no era de la misma tela de los que yo había visto en la casa
de mi abuela. Aquel colchón era de tela de arpillera color canelo oscuro y adornada con unas rayas anchas azules a lo
largo de cada unión. En aquel momento fui consciente que era la misma clase de
tela gruesa, tosca y áspera de los sacos de 100 kilos que se usaban en las
casas de labranza para el acarreto de papas, hierba o el mismo estiércol que se
depositaría en los terrenos para su abono. Allí y cogida de la mano de mi
abuela, pude entender bajo mi mirada infantil que la economía de aquella casa
no le podía permitirse usar colchones elaborados con tela de muselina color
perla. O bien de aquella otra tela de color gris claro adornada también con
listas azules.
Las fibras vegetales que rellenaban aquellos colchones iban
bajando de grosor a medida que se hacía uso del mismo.
Pero había una faena especialmente atractiva y lúdica a mis
ojos. Era el proceso de estofado y oreo del colchón, de tal manera, que tanto
el olor como la humedad desapareciera al tiempo que volviera la gran bolsa a
coger una muy singular forma abombada y, si se quiere, mullida.
Esperaba yo a que me mandaran a por la escoba ya que había de
hacerse a mano utilizando esta para hacer llegar a las cuatro esquinas la
materia del relleno ya que con los simples brazos no era posible distribuirlo.
Por eso también otras veces me mandaban a traer una horqueta de brezo de mayor
largo que el cabo de la escoba. Partiendo de ahí se vestía la cama. Una manta
que recubría todo el colchón a modo de forro. Sobre ésta una sábana blanca y
fina de algodón. Y luego sobre ella otra sábana blanca generalmente adornada
con algún bordado hecho a mano o bien tira bordada comprada hecha. Luego vendrían las mantas de lana.
Pero antes de vestirlas se nos daba permiso a los niños para
que saltáramos encima de la cama a fin de equilibrar y distribuir la fajina y el pinocho en todo el colchón.
Ahora puedo entender de donde provenía la costumbre mía y de
mi hermana de saltar sobre las camas, bajo pena de ser castigadas dado que los
nuevos colchones, los de las camas de madera y no los de los catres, no eran colchones de pinocho, ni
de fajina, ni de crin. Eran los nuevos colchones de muelles. Mejor diversión no
había para un niño que la de saltar alegre e inocentemente y sin miedo alguno
sobre una cama. Aquella tortícolis que se me produjo por semejante jugueteo, me
duró meses. Todavía restalla un poco cuando el frío hace su aparición.

4 comentarios:
Me ha encantado leerte. Besitos.
Auténtico, querida Tanci. Haces un recorrido completo que me trae recuerdos lejanos, pero que ahora son simpáticos: muselina, sacos de azúcar, colchones estrechos con forros de rayas, los somieres (¿se escribe así?) y sus ruidos, los pinchos de la pinocho...¡cuántas sensaciones!
Toda una memoria entrañable que demuestras, una monada.
Besos y no pierdas las mañas.
Querida Teresa, y a mi me encanta que vengas por aquí y dejes tu comentario. Y que te pares a leerme. Un abrazo.
Mi querida Virgi, a veces una palabra, un pensamiento o la simple conversación con alguien en un momento determinado hacen que salte la chispa de algún recuerdo. Y uno mismo se asombra como viene a nuestra memoria imágenes que creíamos enterradas... Gracias por pasar y dejar tu comentario.Gracias por tu comentario y por tu cariño. Te envío un fuerte abrazo.
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