miércoles, 4 de mayo de 2022

La cruz de la casa del Lomo Blanco


 


                                                  Fotos Tanci


Cada vez que aquella niña flaca, desgarbada y de pelo ensortijado miraba desde el patio empedrado de la casa hacia el pequeño corredor de tablas de tea, veía en lo alto la cruz de madera, colgada en la parte exterior de aquel balcón rematado por tejas árabes. Siempre estuvo allí acompañada de una lata mediana desteñida, vacía y ferrugienta de lo que fue, en su momento, el recipiente destinado a la fruta en almíbar, paladeado, casi exclusivamente, por algún habitante de la casa que se encontraba destemplado, alguien con fiebre, malo del estómago o simplemente inapetente. El caso es que esas latas de fruta en almíbar no abundaban en demasía y cuando se compraban para paliar  tal indisposición, acto seguido se les daba un uso práctico, porque se convertían en recipientes de distintos tamaños para sembrar alguna planta que luego se adosaría a la pared lateral de  piedra y barro de la cocina de leña. Pero también, en uso privilegiado, servían de jarrón de las flores de la cruz del corredor el 3 de mayo, Día de la Cruz.  Siempre la veía allí, colocada y atada con un cordón de pita y un rústico lazo en la parte inferior de la cruz,  haciendo las veces de jarrón.

Desde lo alto de aquel corredor se podían divisar los naranjos, el limonero, los robustos ciruelos, el almendrero, los duraznos despuntando, los nísperos de oro, jugosos… y el lagar, permanente, firme y destacado. También se veían las hortalizas, como las lechugas, tomateras y zanahorias que, conjuntamente con los bubangos y coles, venían creciendo con fuerza  formando  parte de un indescriptible paisaje bucólico. Recrear la vista era recrear el olfato, porque aquellos productos de la huerta formarían parte de suculentos caldos, potajes, guisos y compuestos de sabores y olores que han quedado impresos en su memoria.

Para el Día de la Cruz era fácil hacer acopio de  distintas flores y hojas verdes que embellecían aquella humilde cruz. Al lado de la atarjea que pasaba justo a la vera del camino que llevaba a la casa, estaban las orejas de burro. Detrás del poyo donde se descansaba a la fresca después de terminar las tareas agrícolas, estaban las helechas, frondosas y espigadas. Un poco más allá, adentrándose en las huertas y pegados a las paredes de piedra, colgaban los verodes de color verdoso y morados. Si se hacía necesario proporcionar a todo este enrame un toque de color, se completaba con los geranios rojos, blancos y rosados que crecían en los laterales de las huertas más próximas a la casa. También se podía contar con la mata de las chicharacas salvajes que, con sus pequeñas flores de  tonalidad morada, salpicaban aquel elaborado ramo de motas incandescentes.

Nunca supo por qué en casi todas las casas y en el exterior de estas, o en los cruces de caminos, o a las entradas de las veredas que llevaban hasta la casa más escondida, había plantada una cruz que era respetada por todos. Lo cierto es que cada año se las engalanaba con los más finos y delicados enrames de plantas y flores. Alguna vez oyó cuentos de labios de los más antiguos del lugar, que aseguraban que esas cruces servían para protección de los hogares y para espantar a alguna bruja a la que se le ocurriera aparecer por los alrededores de las casas o caminos.

El origen, pues,  se pierde en la noche de los tiempos. Pero lo que está meridianamente claro es que el manejo de la selección de la feraz naturaleza, variada en formas y colores, era la mayor muestra de la sensibilidad y gusto de los moradores de aquellos pagos alrededor del ritual anual. Era una forma espontánea y creativa de declarar la pasión por la vida y las costumbres. Era, al fin y al cabo, una  manera hermosa e inocente de mantener un mínimo de ilusión. Hoy permanece esa costumbre en grandes y chicos que se recrean con ella, y es la mejor manera de percibir que algo intangible nos une: la tradición y el cariño de los que en su día estuvieron y que hoy, por continuidad, afecto y herencia, seguimos manteniendo.

  

 


miércoles, 27 de abril de 2022

Planta medicinal

 


                                                                                                                              Foto Tanci



El día frío y

la planta de la salvia

no está seca.

Masticando sus hojas

me regala sus flores.

jueves, 21 de abril de 2022

Primeros frutos

 




                                                        Fotos Tanci




Cuando llegué

vi la fruta madura.

Hay para todos.

Varias picoteadas

las dejé de alimento.

lunes, 11 de abril de 2022

Rayo verde





                                                               Fotos Tanci



 Bajo a la costa

fijando la mirada

en el ocaso.

Espero unos segundos,

no veo el rayo verde.

domingo, 3 de abril de 2022

Neblina

 

                                                                   Foto Tanci


     


Se atisba el pueblo

detrás de las piteras.

Todo embrumado.

viernes, 25 de marzo de 2022

Orejas de burro

 




Sigue el recuerdo

de flores y más flores

en tu  jarrón.

martes, 22 de marzo de 2022

La marcha

 

                                                                     Foto Tanci



Éramos gente hechas al don de mansedumbre

y a la vaga memoria de un camino a algún sitio.

Y nadie dio la orden. -Quién sabría su instante.-

Pero todos, a un tiempo y en silencio, dejamos

el cobijo usual, el encendido fuego que al fin se extinguiría,

las herramientas dóciles al uso por las manos,

el cereal crecido, las palabras a medio, el agua derramándose.

No hubo señal alguna. Nos pusimos en pie.

No volvimos el rostro. Emprendimos la marcha.

       

                               ( María Victoria Atencia)