lunes, 14 de mayo de 2012

La escoba y el bienestar






D. Juan Sánchez, “Juanito el palomero” para familiares y amigos, llegó a Las Palmas capital, desde  Artenara,  con ocho años. Sus abuelos ya vivían allí, habiendo comprado una casita en el barrio de San Antonio, cercano al Obelisco. Los abuelos de Juanito habían formado una pequeña empresa familiar de pastas y fideos. Un camión de color amarillo cubría el trayecto del reparto por toda la capital y barrios de la periferia. Por fuera, y en los laterales del camión de color amarillo, se leía el slogan en letras negras que lo hacía más visible todavía; “Fideos Semidán. Sin acidez, ni ardor”

Por su parte,  la familia  de Doña María Antonia Ramírez, más conocida como Maruca, famosa por sus espléndidas manos en la confección de gorras y sombreros, había venido de Arucas yendo a dar al mismo barrio en donde vivía Juanito. Ambos estaban predestinados  a encontrarse. Con el tiempo,  formaron familia. De esa unión tuvieron cinco hijas y un hijo. La mayor de sus cinco hijas, Felipa, recuerda los veranos de Artenara, lugar de donde procedía su familia paterna y al que iba a pasar los meses de estío con sus tías y abuelos. Veranos calurosos y tardes frescas en los que las noches se arropaban al compás de un inmenso coro de grillos y cigarras, abriéndose eco entre barrancos y laderas.

Artenara, pueblo enclavado en la zona central de Gran Canaria, es famoso por sus casas-cuevas enjalbegadas y, algunas de ellas, excavadas en la  tosca roja; conformando en una suerte de paisaje pintoresco y variopinto, similar al de un portal de Belén. Hoy en día, muchas de estas cuevas habitación han sido rescatadas y rehabilitadas para ofrecer un armónico disfrute y relax vacacional, siendo la experiencia, para el que la ha vivido, un lujo para los sentidos, para el ánimo y la paz interior en la que tener una sana y saludable experiencia de vida.





Estas casas-cuevas forman  una simbiosis entre  una  ancestral  unión de la naturaleza y el entorno en donde están enclavadas, por un lado y, un actualizado y moderno equipamiento interior y exterior en el que no falta de nada, por el otro.

 Habitarlas, te da la sensación de emerger de las entrañas de la tierra, pero haciendo uso de todos los lujos habidos y por haber…Diríase que estando en las entrañas de la tierra trasciendes lo cercano y humano y conectas con lo lejano y divino.

Haciendo estas reflexiones, a Felipa, la mayor de las cinco hermanas habidas en el matrimonio de Juanito y Maruca, y criada en la capital, le produjo una sensación inusual de recuerdos y afectos retrospectivos el tener entre las manos una humilde escoba hecha con hojas de palma  que, por casualidad y lejos de la capital, tuvo la ocasión de usar uno de esos días en los que, lejos de la rutina, absorbes todos los matices de cualquier experiencia por simple que sea, y te sorprendes con ellos.

La humilde escoba le trajo recuerdos de su infancia, allá en Artenara, donde las cuevas se convierten en viviendas, dando paso a una saludable y benefactora cotidianeidad; donde el tiempo se ve pasar lento, pausado, sin agobios;  sentada al atardecer en la  entrada de cualquiera de estas cuevas, y donde  la lejanía y la altura del lugar ofrecen el justo barómetro de la autenticidad de las cosas sencillas.

Y con ese salto de la rutina, y después de muchos años sin haberla tenido entre sus manos, manejó  la escoba hábilmente, formando pequeños montones de hojas, ramitas y tierrecillas esmeradamente colocados en cercanos rincones.





Uno aquí, otro acá y otro acullá… tal y como Maruca, su madre, le enseñara en su infancia. Le tentó la risa cuando la vio colocada en la esquina del viejo cuarto de aperos de labranza: empinada, con sus palmas sobre el suelo y el cabo apoyado en la pared. Esperaba, tal vez, un escobillón algo más moderno, o una  aspiradora de las de ahora… o un auténtico robot de limpieza de última generación. Algo proveniente de un mundo más renovado y cercano al de la ciudad de donde Felipa provenía.

Pero aquella escoba cumplía su misión, aun arrinconada en aquel cuarto de aperos. La misión de adecentar patios, empedrados y pequeños caminos o parterres entre la arboleda y que, incomprensiblemente, habían sucumbido a la loseta o al gres o al piche, no así  a la  madera y a la piedra.

 Las largas y finas hojas de palma formaban un auténtico ramillete apretado como si de una falda plisada se tratara. Todas ellas, prensadas y unidas alrededor de uno de los extremos de  la larga y cilíndrica caña que hacía de empuñadura, dieron cuenta del trabajo rutinario y cotidiano del barrer, dejando lustrosos los patios y empedrados. Felipa no salía de su gozo, como así de su asombro. Pensaba que esos útiles habían caído en desuso y en el olvido. Con una escoba entre las manos le parecía a ella estar danzando el más dulce y dinámico vals que jamás hubiera bailado. Y es que ya se sabe: en el campo, que no en la ciudad, una buena escoba, además de práctica y eficaz, nos puede propiciar un buen momento de desconexión, de relax y felicidad. De vez en cuando ponga una escoba en sus manos. Probablemente, y sin proponérselo, verá la vida con otro ánimo.
VientoDeLaIsla by Mestisay on Grooveshark Protected by Copyscape DMCA Copyright Protection Tanto el dibujo como las fotos de esta entrada han sido realizados por Tanci

lunes, 30 de abril de 2012

El aljibe y el spa: reflexiones en torno al agua


Leo en una revista de tirada semanal, de un conocido diario, que el agua será en un futuro cercano el “oro azul”, por contraposición a lo que ha sido el “oro negro”.

Otros la llaman el petróleo del S.XXI. Y sin embargo, sin el oro azul, no se hubiera podido obtener el tan deseado oro negro.
            Foto  sacada de la web :  http://www.aprenderaprogramar.com/index.php?option=com_content&view=frontpage&Itemid=35  

Los datos que ofrecen los organismos internacionales resultan escalofriantes: miles de millones de personas sin acceso a agua potable, previsiones de agotamiento de acuíferos, sequía y otros males diversos debido a la escasez y mal reparto de tan elemental elemento: el agua.

Por eso me llama poderosamente la atención una página de esa misma revista, en la que se mencionan 10 clases diferentes de agua embotellada, en distintos tipos de envases, a cuál más soberbio en cuanto a diseño o tendencias. Aguas de Dinamarca, en sugerente botella cristalina, agua de Francia en estilizado botellín, gallegas, de Patagonia, escultóricas por su diseño en forma de columna dórica, hasta, asombrándome exageradamente, con oro en su exterior… Precios desorbitantes y lujos desorbitados, en contraste con la carencia habida en diversos países en los que el agua es, además de obviamente una necesidad básica, un recurso que se presta a luchas y pleitos.

La cultura del agua va más allá de lo que el agua, como elemento indispensable para cualquier ser vivo, nos pueda ofrecer. No olvidemos que el ser humano es principalmente agua: en concreto, más de la mitad de nuestra masa corporal es sólo agua. Y que el agua es vida y sinónimo de supervivencia, de salud y bienestar. El agua ocupa algo más de las dos terceras partes del planeta que habitamos. Agua para calmar la sed, agua para la higiene y la limpieza, agua que abastece depósitos, embalses, charcas, estanques, pozos, aljibes… Agua que nos da la vida. Agua, en definitiva, que nos mantiene.

Por contraposición y paralelamente, aparecen e irrumpen con extremada arrogancia los centros de talasoterapia, spas y de terapias del agua. ¿Un bien o un lujo? ¿Una necesidad o una riqueza?

De todos es conocido el bien que nos aporta a los seres humanos pasear a la orilla de una playa, caminar y dejar que las olas y, por consiguiente, el agua, acaricie nuestros pies. Cuánto menos, nos provoca la dulce y serena tranquilidad que, tal vez, durante muchos días, veníamos buscando y que la naturaleza se encarga, de una manera sencilla, de regalar. El agua de mar está cargada de iones que, llegando al ser humano directamente, provocan en él la sensación de calma y relax que tanto necesita. De ahí su efecto tranquilizador y, algunas veces, sedante. Lo hemos experimentado, y no nos ha costado, los que hemos tenido acceso a ello, ni un céntimo.

Pero estos centros de relax que han ido creciendo en medio de lugares de esparcimiento y de vacaciones, emplean el mismo “oro azul”, o sea, el agua de la que otros, con muchos menos recursos, carecen. Ofrecen flotar en ella por módicos precios o precios imponentes, según el cristal con que se mire. Chorros a presión, masajes acuíferos, curaciones y la ilusión sobre la desaparición de ciertos trastornos del siglo XX y XXI como pueden ser el estrés, la ansiedad, el agobio etc. Todo esto en paquetes de distintos precios según usos determinados. Bueno es que lo experimentemos, bueno es que el agua llegue a nuestro cuerpo, inunde nuestros poros y salgamos, de una sesión de las mencionadas, con las pilas cargadas para un tiempo razonable. No sólo de pan vive el hombre…

Y si me remonto unos cuántos años atrás, recuerdo que también lo hacía de pequeña en la pileta rectangular de piedra molinera que había en la casa de mi abuela, donde se lavaba la ropa a mano. Y no había mejor fiesta que chapotear en ella en tiempo estival. Era la fiesta de bañarse al aire libre y a cuerpo de rey en una pileta que, de forma anticipada, hacía las veces de las actuales sesiones de agua-terapia.

Pero es que el agua sigue siendo vida, y a la vida se debe. El agua es vida que a su vez proporciona más vida en agricultura, en jardines, centros de salud y en cada uno de los hogares de nuestro planeta. Aunque no en todos los hogares. África llora y derrama lágrimas de agua salada ante la impotencia de no poseer los mínimos abastecimientos de agua potable y en condiciones para sus pueblos y su supervivencia. ¡Qué contradicción! Unos usan el agua en botellas de diseño, otros gozamos bajo los chorros propulsores del agua proyectándonos la consabida terapia, y otros rascan y arañan la tierra en busca de una pequeña vena de agua que no aparece, que no se propicia…



Por ello, no me queda más remedio que echar la vista atrás y ensalzar el aljibe que, con sus manos, construyó mi abuelo en tiempos pretéritos. Es un legado de mis antepasados con su cultura tradicional de subsistencia.

Sí, ese que hizo con arena acarreada a lomos de una mula y una yegua, traída del Barranco de la Arena. Llamado así por la gran cantidad de arena que arrastraba la lluvia desde las faldas del volcán Teide, depositándola más abajo, en zonas de medianías. El abuelo que, con la ayuda de sus vecinos, propició un hueco medio subterráneo para ubicar el aljibe que iba a abastecer, no solamente a toda su prole, sino también, a las tierras de los alrededores de la casa. En su sabiduría ancestral, el abuelo dejó rematadas e impermeabilizadas sus paredes, así como su piso, haciéndolo con piedras, lajas y bastante cantidad de cal. Elemento éste, la cal, necesario en el blanqueo de algunas casas canarias pero, a su vez, material necesario también para mantener desinfectadas y potabilizadas las aguas de lluvia. Aguas que venían de los tejados, azoteas y que llegaban al aljibe para su aprovechamiento a lo largo del año. Al lado de este aljibe había un abrevadero hecho de piedra y cuya función era la de abastecer de agua a los animales que componían el hábitat autosuficiente. El aljibe de mi abuelo estaba rematado en su parte superior con tablones de madera barata ya que no había para más. Y sin embargo, no le faltó el brocal con su puerta de madera. Una simple soga anudada a un cubo, servía para extraer el líquido elemento desde el interior del aljibe hasta la superficie. Tenía también su coladera para el filtrado del agua cuando ésta llegaba con la lluvia. Y, por supuesto, el rebosadero para que cuando ya estuviera lleno pudiera desaguar hacia el abrevadero.




Mi abuelo supo lo que hizo. Practicó la agricultura autosuficiente, siendo ésta su fuente de vida, de salud, de sabiduría, de experiencia… Por eso gastó parte de unos ahorrillos en la construcción de esta obra hidráulica. Pero el aljibe de mi abuelo fue aljibe de subsistencia, de necesidad. No fue aljibe de talaso, ni de diseño arquitectónico, ni de lujo. Fue un aljibe que dio vida a la casa y a sus moradores. A sus poyos con geranios, clavellinas, mimos, lluvias y margaritas que primorosamente regaba mi abuela. A la vaca, a la mula y a la yegua, a las gallinas y conejos y a las cabras. También al “Moro”, perro fiel y guardián dónde los hubiere, pero a la vez disciplinado y juguetón. A los gatos que, sintiéndose libres, aparecían por la casa cuando se les venía en gana traspasando la gatera. Al “sitio” de la casa y a sus alrededores. Mi abuelo empleó los recursos naturales a su alcance para hacer de aquel entorno un auténtico vergel. Un patrimonio natural que rodeaba su casa y la de toda su familia.

Indudablemente, el aljibe de mi abuelo existe porque él lo hizo subsistir. Nada mejor que un sano, saludable y beneficioso aprovechamiento de los recursos, del agua. Su valor y sabiduría va directamente relacionada con la tierra y con su patrimonio.




Por todo ello y dado lo expuesto, tengo la impresión de que vivimos pensando en que tenemos un excedente de agua que no se nos va a acabar nunca. Agua que sí me enseñaron a valorar mis antepasados, a respetar y, por consiguiente, a saber ahorrar. Habría que replantearse, tal vez, la necesidad de volver a desempolvar la cultura de reutilizar y reciclar para un mayor y mejor “desarrollo sostenible”. Tal vez reutilizar y rescatar estas construcciones que, antaño, formaron parte de una cultura popular de abastecimiento indispensable. Madurar esta idea no va desencaminada. Quizás, la alternativa pase por pretender seguir observando el agua de una manera despreocupada e irresponsable y ver si la tierra nos la regala embotellada y en recipientes de diseño, o bien cayendo desde el cielo como por arte de magia. ¡Ay, si mi abuelo levantara la cabeza…!


                      Diseño: Tanci

La foto inicial que ha inspirado el modelo diseñado por la autora, ha sido tomada de la web: http://www.aprenderaprogramar.com/
Mi especial agradecimiento a "Aprenderaprogramar" por la publicación de esta misma entrada en su espacio de la Zona Crash (Artículos para no dormir).
Las demás fotos de esta entrada han sido sacadas por la autora de este blog.


Spa by Natural Relaxation Music Club on Grooveshark Protected by Copyscape DMCA Copyright Protection

martes, 24 de abril de 2012

Pétalos

                                                                                                                                 Foto Tanci
                                                  





Con varios pétalos
desgajados del amor
se forma un libro.


 







A Fairy's Love Song (Harp Solo) by Harp Music Collective on Grooveshark

miércoles, 11 de abril de 2012

Chubasco

                                                                                                                   Foto Tanci





                                                                             
                                                                  Con esta lluvia




                                                                                                           Foto Tanci






que del cielo ha caído





                                                               Foto Tanci




algo renace.




                                                                                                             Foto Tanci
                                                                

Sonata in B Flat, K 281: 2 by Andante amoroso on Grooveshark





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viernes, 16 de marzo de 2012

Sequía

                                                                                                  Foto Tanci






Hasta las cañas
necesitan el agua,
árido invierno.






GOTAS DE LLUVIA by Musica suave para Bebes on Grooveshark



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domingo, 11 de marzo de 2012

Tierno.




                                                                                                                Foto Tanci








Breve parada,
entre el sol y las plantas
brinca el cabrito.






Tchaikovsky, Danza China del Cascanueces by RNE on Grooveshark


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domingo, 4 de marzo de 2012

De ida y vuelta


Manteniendo en su mano la pequeña cartulina  rectangular, Lucas espera un sueño.

Como cada noche e instalado en su mullida cama, echa una ojeada a cada uno de los tres libros que, colocados sobre su mesa de noche, tiene medio leídos y casi por terminar. Una vez que el sueño le rinde, toma entre sus manos la pequeña cartulina rectangular y de color naranja que guarda en el interior de uno de ellos. Lee el nombre y apellidos del destinatario así como su dirección. También, y escrito con letra adecuadamente legible y clara, repasa el otro nombre; el del remitente.

Como cada noche, y a poco que ha leído esos simples datos, voltea la cartulina, toma su olor intentando atisbar algún dato desconocido hasta el momento para él. Pasa sus dedos  a través de  la tarjeta haciendo un ademán de leve caricia. La palpa tiernamente y, acto seguido, fija su mirada durante escasos segundos, como queriendo escudriñar algo que, tal vez, se le había escapado, que desconocía o que podría ser percibido de distinta manera, sorprendiéndole. Los únicos datos allí estampados eran el nombre y apellidos del receptor, la fecha y firma, así como su DNI. Y, en letra mayúsculas y a imprenta, aparecía la entrega domiciliaria, la identificación de la oficina y, la fecha, hora y firma del empleado de correos.

Constata, una noche más, que la entrega no había sido domiciliaria, ya que el receptor había estado ausente a la hora del reparto. Y sin embargo, un ligero alivio y bienestar se perfila  en su cara, asomándose a través de sus pequeños y brillantes ojos. Su rostro, casi tapado por las sábanas de franela decorada con rayas, busca una cálida y confortable protección ahuecando todavía más su almohada. Plácidamente, constata también que su envío no ha sido extraviado, ni rehusado. Su envío había sido entregado llegando a las manos de quien, tantas veces, había deseado desde su tímido e íntimo sentimiento interior.

Mientras pasan los días indefectiblemente, Lucas se aferra a su sueño. Más que sueño, se aferra a su ensoñación nocturna, conformándose con ese simple trozo de cartulina, de color naranja, con datos escritos de su puño y letra. Y con datos escritos también por el receptor. Lucas indaga y fantasea y en ese acto observa y estudia las vocales, consonantes, mayúsculas y minúsculas, así como los números y firma personal de su receptor. Y como si de una radiografía o scanner se tratara, los estudia, los escruta con su mirada como queriendo traspasar la cartulina hasta llegar a sus entrañas. En ese acto, Lucas, tal vez, espera desentrañar algún dato verídico, aunque desconocido hasta el momento por él. Tal vez algún dato o signo que le arroje luz a su sueño, tras la larga separación desde su último encuentro.

Ante su timidez e indecisión, Lucas se había conformado con el único eslabón que tenía entre sus manos y  al que le mantenía unido cada noche. Un eslabón que permanecía junto a él y al que tenía fácil acceso. Un eslabón que podía palpar en forma de cartulina rectangular y anaranjada. Pero Lucas no propiciará el encuentro deseado. Sabe, en su interior, que no dará ese paso que requiere arrojo, fuerza, valentía y firmeza. Y que, además, le llevaría toda la vida. No es consciente de que las oportunidades perdidas se terminan convirtiendo en fracasos. Por eso, cubierto con su edredón hasta las pestañas y ahuecando, más si cabe, su almohada, Lucas espera su sueño. Un sueño deseado que le lleva siempre a procrastinar. 


                                                                      Foto sacada de Internet 



                      
Nimrod by Elgar, Edward on Grooveshark


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