jueves, 29 de noviembre de 2018

Cestos de carga


                   


En la vendimia cualquier ayuda, cualquier mano puesta, siempre es bienvenida. Varios días antes de tan afamado evento, se ha recorrido el terreno para tantear  cómo está de madura la cosecha. Se despejan y se ojean las parras, se palpan y acarician amorosamente los racimos por el dueño o el experto, para concretar la fecha exacta de la recogida de la uva.
Los preparativos de esa vendimia empiezan  dos o tres días antes, en los que se liman y se limpian las tijeras de podar, se barre y se despeja el lagar de ciscos, tierras, hojitas y telarañas, se cepillan las gruesas sogas hechas de pitera, se engrasa el husillo y la concha, se lavan las tablas y los tablones que ayudarán a exprimir la torta de bagazos hasta la última gota del líquido dulce y dorado, se barren los exteriores del lagar quitando hierbas secas e incluso las tiernas que puedan perjudicar a los vendimiadores en su labor y se despejan algunas veredas  por las que pasarán los hombres, las mujeres y las bestias cargados todos con los cestos colmados de uvas.
Los cestos se preparan. Hablo de  aquellos toscos y grandes cestos hechos  de varas de madera rajada de  mimbre, castaño y caña, destinados principalmente a las labores agrarias, pero más que nada al acarreto de las uvas desde los huertos hasta la tina del lagar en tiempo de la cosecha. Eran aquellos unos cestos robustos de tamaño mediano con dos asas fijas a cada extremo de la circunferencia. Esas asas tenían formas semicirculares enlazadas y bien sujetas al borde del cesto. La misión de estas dos asas no era otra que la de agarradera para poderlos transportar entre dos personas quedando el cesto al centro, mientras que  cada una lo  sujetaba con una mano por cada extremo. O bien podía ser manejado por un solo hombre de tal manera que colocado sobre algún murete  de piedra o ribanzo pudiera alzarlo hábilmente y con apenas media vuelta y buen jeito, lo podía llevar sobre uno de sus hombros.  Cargados estos cestos, podían pesar como unos 15 o 20 kilos aproximadamente, dependiendo de la uva.
Estaban entretejidos de tal manera que, entre caña y caña o entre caña y mimbre, o entre castaño, caña y mimbre, quedaban unas pequeñas fisuras o pequeños huecos para que la carga respirara. Estas fibras entretejidas eran lo suficientemente apretadas  que no dejaban escapar a través de esos resquicios, a lo largo de ese trayecto, ni una sola uva, por más pequeña que fuera.
Me vienen  a la memoria esos cestos aguardando en el cuarto del pajero de la casa granja familiar, donde pasé los más bellos y tiernos momentos de mi infancia apegada a la naturaleza. Aquel pajero estaba repleto, casi hasta el tejado, de pacas de pajas de forma poliédrica regular bien apiladas. En la pericosa y sobre ellas estaban colocados varios de aquellos cestos  boca abajo esperando su uso en septiembre u octubre. Formaron parte de los juegos en mi niñez. Acostumbraba a jugar con el Moro, perro de la casa sumamente inteligente y al que pretendía engañar con mis ingenuos conocimientos infantiles. Después de engatusarlo en una esquina de uno de los huertos del “sitio de la casa”, apenas unos cuantos metros retirado del pajero, dándole un trocito de pan empapado en aceite para entretenerlo comiendo, salía corriendo hasta donde estaba la torre de fardos de paja y me encaramaba rápidamente hasta acurrucarme debajo de uno de ellos a modo de escondrijo. Creyéndome invisible e invencible llamaba con todas mis fuerzas al fiel perro. Éste, una vez se zampaba el pan, empezaba su búsqueda saltando allá, retozando por aquí, brincando por allí y gimiendo por los alrededores sin dar con mi presencia... Mi respiración estaba entrecortada evitando que no olfateara u oyera absolutamente nada cuando lo percibía cercano. Cuando notaba que sus patas se alejaban de la zona, volvía a llamarlo de nuevo, sintiendo que cada vez se acercaba más y más a su presa, o sea, a mi escondrijo. ¡Pues claro que siempre me encontraba! Nunca le gané una batalla. Saltaba y brincaba cada vez que me descubría. Alegre el Moro, risueña la niña. Pero una de las veces y estando bajo uno de aquellos cestos en cuestión, se me cayeron varias pacas de paja sobre mí, y salí rodando metida dentro del dichoso cesto hasta llegar al suelo. Nunca más volví a encaramarme sobre esa pila. Menos  a acurrucarme debajo de ellos. Y menos todavía cuando, habiéndose enterado mi abuela del accidente, no tuvo otra manera más pedagógica que decirme que cómo se me ocurría meterme en esos cestos en los que se cargaban los excrementos de las vacas, de las cabras, de la yegua y de cuántos animales habitaban en la casa granja… por no decir que algún ratoncillo hacía sus nidos dentro de ellos.
Eran el perfecto recipiente de ayuda y acarreto para cualquier faena agrícola. Llegada la vendimia, había que lavarlos concienzudamente, limpiarlos con un cepillo y dejarlos secar para que no quedara gota alguna de humedad ni agua que pudiera afectar al mosto salido de la uva.
Aquellos cestos de carga, llenos de racimos sueltos de uva dorada, no muy grandes, dulces, de líquido pegajoso y meloso, eran vaciados uno a uno en la gran tina, para posteriormente empezar la inevitable danza del pisado y estrujado de la uva. De ahí al vino, el néctar que endulza los labios, ensalza el espíritu y alegra los corazones, media solo un par de meses. El suficiente como para paladear la exquisitez de un perfecto oro blanco líquido.



lunes, 26 de noviembre de 2018

Santa Cecilia musical


El inicio en la música para un niño pequeño son sus manos. Sus manos apoyadas en una mesa cualquiera cuando lo sostienes, a su vez, sobre tus rodillas estando sentada tras ella. Golpea insistentemente y con fuerza una y otra vez sobre esa mesa de madera y experimenta, con su continuo toqueteo, la música. Es su tambor. Un tambor improvisado hecho sonido, hecho música. Toca con sus manitas haciendo ruidos... toques rápidos, lentos, sincopados, débiles o fuertes, uno detrás de otro... para luego, de repente, pararse a oír el silencio. Su propio silencio. Luego viene el run, run gutural, ese que le sale por casualidad pero que repite y repite porque ya lo va reconociendo. Algún ajijide salido de su garganta junto con sus manitas que golpetean sobre esa mesa, forman el primer acercamiento hacia su mundo musical. Al tiempo, mueve su cuerpecito con un balanceo que nadie le ha enseñado. Es el ritmo. Su propio ritmo. Ese, que unido a las notas musicales, acompañará de por vida a su propia vida.

https://youtu.be/65GqY3scg6M

sábado, 27 de octubre de 2018

Papelitos de colores



                                                                                                                      Foto Tanci



                                       
Caminaba diestra hasta llegar a la plaza. Se reconoció sola cuando, en medio de ella y sin proponérselo, aminoró la marcha . El leve sonido del frufrú de los papelitos de colores sobre sí misma  la hizo detenerse y mirar hacia el cielo. Pese a que llegaba tarde a su cita, se paró y no pudo, de por menos, admirar el panorama. Allí, bien recortados cada uno de forma simétrica rectangular y pegados de manera lineal uno tras otro en diversos hilos  que a su vez iban empatados todos  sobre un mismo punto en la parte superior de  una  gruesa viga de madera que, a modo  de puntal alto,  estaba sujeta verticalmente en el centro de la plaza. Ese madero grueso y cilíndrico, sostenía todas las finas cuerdas llenas de papelitos de colores que recorrían el cielo uniéndolos a  los distintos puntos que rodeaban el lugar, cubriendo el recinto de forma circular, con su color  y al aire. Esta vez se eligió el azul claro y el violeta como tonalidad imperante. – Fina y delicada combinación- pensó. Mientras,  seguía el leve sonido y el balanceo de los papelitos al ritmo de la más ligera brisa. Éstos mantenían una danza vistosa, alegre y tintineante  por donde, entremedio de los radios de esa circunferencia colorida sobre el trazado circular de la plaza, se dejaba entrever el azul brillante y chillón del cielo. Liso totalmente, sin una nube,  expectante, tal vez, también del frufrú de los papelitos. En ese momento, quizás, sintió añoranza de la plaza de su niñez. Plaza sin quiosco  en medio, pero  en la que se colocaba cada año una plataforma circular alzada del suelo con pilares redondos de madera también y sostenidas todas esas tablas y tablones con gruesos clavos a fin de sujetarlos. Era como una especie de entresuelo elevado. Esa plataforma sostenía a la orquesta que amenizaba unas dos o tres noches las veladas de verbenas que, por las fiestas, se realizaban hasta altas horas de la madrugada. En ese momento, se le agolpó en sus oídos música de boleros, algún tango trasnochado y muchos pasodobles. Se sintió danzar sola. Y danzar nunca le costó, más bien le gustaba desde siempre elevar sus pies del suelo dejándose llevar por las notas de cualquier melodía que acunara su alma. El ritmo lo llevaba desde siempre, puesto, como si de  una rebeca se tratara, sobre los hombros.

“En la Guancha siembran flores, 
en San Juan siembran bubangos,
y en el quiosco de San José, 
se quedó el cura colgando”

Resonaba esta copla, recordando el momento, una de tantas noches de festejos, en que ese entramado de tablas se dobló, abatiéndose sobre uno de los lados y cediendo por el peso exagerado de tanta gente que quiso estar al lado de los músicos cuando estos tocaban. Entre ellos estaba alongado, precisamente, el Señor cura quien estaba más bien oteando a la bullanguera juventud. Nada le pasó al cura, tampoco a la gente que estaba debajo y en el exterior, pero quedó este cantar como recuerdo en aquel año de festejos.
 Al otro extremo de la plaza estaba la ermita de gruesos muros enjalbegados de un blanco inmaculado; hoy Iglesia, humilde, sencilla, con artesonado de madera entrecruzado formando simples dibujos y con una balcón en su interior donde era costumbre  que se sentaran los niños y niñas desinquietos, pero curtidos por la ley del silencio en el templo y desde donde se visualizaba mejor el oficio dominical. Debajo, muchas mujeres vestidas de oscuro, pese a que alguna, saliéndose de la norma, optaba por imponer colores claros y llamativos más a la moda. Murmuraban el Santo Rosario previo a la Santa Misa o repetían las letanías de la misma. Algún hombre, aunque raro, se descolgaba entre ellas acudiendo también a los oficios. Todas, absolutamente todas, tocadas por un velo de encaje negro o de blonda sujeto con un alfiler al cabello. A las niñas ya se les suprimía la obligación de llevar este tocado.
En la parte trasera de la ermita y en su exterior,  una cruz de tea sobre una escalinata de piedra permanecía impertérrita año tras año. Le pareció a sus ojos más bella todavía, pese al paso de los años, aunque solitaria y desvalida. Recordó a Rosa, la señora que cada año y por las fiestas, colocaba su puesto de manzanas caramelizadas sobre un paño de cuadros de vichí, limpio y recién planchado, sobre el banco de argamasa que estaba trazado en uno de los laterales de la iglesia. Las vistosas, rojas y brillantes manzanas estaban presentadas con un palito que las atravesaba y  daba pie a que pudieras llevarlas en la mano y chuparlas hasta llegar al interior de la suculenta fruta sin mancharte. Un placer llamativo y dulce a los ojos infantiles. A peseta cada una. El resto del banco de mampostería servía de asiento a las señoras que saliendo de misa lo utilizaban para conversar un rato con sus vecinas haciendo vida social. En noches de verbena era el lugar perfecto para que las madres, celosas de sus hijas casaderas, se sentaran a espiarlas para tenerlas controladas en ese entorno. Allí, las madres impenitentes, cargaban con las rebecas o chaquetas de sus hijas y allegadas mientras salían a la pista a bailar invitadas por los mozos. Pasaban unos detrás de los otros en fila por delante de las chicas casaderas y, con el dedo índice de la mano derecha  medio extendido, se acercaban a ellas haciéndoles un guiño para ver si alguna accedía dándole el sí para ir a bailar.
Estos y otros muchos recuerdos se agolpaban en su mente mientras reinició el recorrido por la plaza hasta la otra salida que conecta con la carretera.
Días de fiestas, voladores, fuegos artificiales, procesiones, el Santo, turroneras y ventorrillos con el característico olor a carne fiesta y en donde podías disfrutar de una suculenta carne de cabra bien arreglada, con todos sus menesteres. El sonsonete de la tómbola parroquial le provocó imágenes dónde se exponían los más variados productos, prendas u objetos de decoración cedidos todos por las mujeres que colaboraban para obtener fondos para el decoro de la iglesia y su mantenimiento. ¡Te ha tocado! ¿Qué me ha tocado? Siii, ¡mira el 7! Y le enseñaba el número 7 escrito a lápiz y a mano en un trozo de papel de cuaderno de cuadros… ¡Una bolsa para el pan bordada a mano con unos patitos! ¡Qué suerte! , se  dijo para sus adentros… aunque no sé para qué quiero yo, una niña de ocho años, una bolsa para el pan…
 Ahora, y volviendo a la plaza en el momento actual, era consciente que siempre había tenido suerte en los juegos de azar, siempre picaba algún que otro premio y pensó en aquella creencia popular de antaño: “Afortunado en el juego, desafortunado en amores”. De repente se acordó de la cita. Se pasaban cinco minutos de la hora. Caminó rápidamente y salió de la plaza, no sin antes volver a mirar a los papelitos de colores, hacia arriba, oyendo su frufrú. En otro momento hubieran estado descolgados, habiendo pasado las fiestas. Rotos hasta sentirse abatidos llegando al suelo. Hoy, le llegó al alma, haberlos visto firmes al vuelo. Atados como el primer día, lustrosos…esperando tal vez a que las primeras lluvias empiecen a hacer su efecto de decoloración y descuelgue.













sábado, 20 de octubre de 2018

Charcos



                                                                                                                     Foto Tanci




Atardecer.
Una ola tras otra ola,
brillan los charcos.

domingo, 14 de octubre de 2018

Hojas



                                                                                                              Foto Tanci





Claro otoñal.
Contrastan los colores
del damasquero.

sábado, 13 de octubre de 2018

Paseo


        ( Callejón de Las Claras. San Cristóbal de La Laguna )                                                       Foto Tanci

                                                           

Pasear al atardecer por la ciudad de La Laguna nos lleva a poder admirarla y sentirla con otros ojos. No con los ojos de la rapidez y la premura, ni con los ojos de la añoranza, ni con los ojos de pasar y pasear tan solo...tampoco con ojos de miope. Es sentirla con los ojos del corazón, cuando apenas te paras un momento frente a un callejón y admiras una iglesia, una casona o alguna edificación histórica de esta ciudad. Ese y sólo ese, es un momento cargado de visión estética y de luminoso contraste. Aprehender con los sentidos y con la luz del alma es intentar penetrar, a través de sus fachadas, de sus vetustas puertas, de sus ventanas de tea, de sus muros de piedra y barro, de sus tejados. Es como intentar dar un salto al interior de esas estancias y husmear dentro... Por todo ese equilibrio y conservación y por haberse mantenido a lo largo de tanto tiempo, dio pie a ser declarada Bien Cultural y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y es que La Laguna con su trazado casi lineal y original  del S. XV conserva bastante intacto el modelo que sirvió para muchas ciudades coloniales de América. Ciudad colonial  no amurallada. Ese  trazado te lleva a sus campos, a sus vegas, a sus barrancos, a sus montes... al cielo. Es una ciudad abierta y sin murallas que invita, y casi obliga, a extasiarte. Esa cualidad, además de otras, la ha hecho atractiva de día y de noche a propios y foráneos. De noche, tal vez, sigue vagando el espíritu de aquellos que habitaron sus casas con sus patios traseros, o sus casonas robustas, o pasearon por sus plazas o sus calles empedradas. Todo conserva el sabor de lo ancestral mezclado con la inevitable y progresiva actividad actual. No hay añoranza, pero si recuerdo. No hay apego, pero si respeto. Respeto por los que construyeron con su esfuerzo edificaciones;  humildes unas, ostentosas otras, monumentales o tipos de edificaciones históricas... Al fin y al cabo construcciones de trabajo, sudor, fuerza y esperanza. Pasear por sus calles es beber de lo que fue, de lo que es y de lo que se mantendrá, si se sigue respetando, para goce, disfrute y alegría de nuestros sentidos. Por eso, pasear por La Laguna se nos antoja hacerlo con otros ojos. Ojos cercanos y amorosos. Ojos con alma. Ojos románticos, si, tal vez. Pero en definitiva con los ojos del corazón.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Dádiva

                                                                            Óleo sobre lienzo.(Tanci)




Nunca había pronunciado el vocablo que hacía honor a su persona. Amar, hubiera podido haberse escrito en el libro de su vida. Y era, sin embargo, el gesto, la mirada, la complicidad, el acercamiento, la ayuda, el tacto, el compartir. Una hechura perfecta que le caracterizaba por pensamiento, acción y emoción.