domingo, 28 de febrero de 2010

Refulge mi luna


                                                                                                      Foto Tanci


Refulge mi luna
platina
sobre el mar
espejo de obsidiana
cerco de mi soledad.

Refulge mi luna
ámbar
de mi tempestad
ven a mi morada
apacigua mi ansiedad.

Refulge mi luna
el cielo la bajará
destellos me regala
ella me calmará.

Refulge mi luna
mecida en la bajamar
acaricia mis sienes
una vez y otra más.

Refulge mi luna
allá
en el palmeral
sus hojas la estrechan
se deja abrazar.

Refulge mi luna
halo de amistad
tierra adentro la busco
la encuentro en pleamar.

Refulge mi luna
una vez y otra más…

Refulge mi luna...
espuma
de mi temporal.








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sábado, 20 de febrero de 2010

Blanco inmaculado

                                                                                                                 Foto Tanci




Blanco inmaculado
sábana de algodón
destellos plateados
deslumbran con pasión.


Blanco inmaculado
sábanas de color
el reflejo de tu luz
llega a mi interior.


Blanco inmaculado
recortado bajo el sol
entra en mi morada
dame tu amor.


Blanco inmaculado
te miro con devoción
llenas mis pupilas
colmas mi armazón.


Blanco inmaculado
brillo de emoción
resplandor de tu altura
fuego en tu interior.


Blanco inmaculado

Ven,
regálame tu esplendor


Sólo ven,
a pintarme un corazón.




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domingo, 14 de febrero de 2010

¿Me conoces mascarita?


Me gustan los carnavales. Así sin más. Me gustan y ya está. Puede que me atraiga, además de todo lo que desprenden, su espíritu lúdico y alegre. Quizá esas dos partidas son las que más han quedado reflejadas en mi espíritu juguetón y creativo. Los carnavales tienen de todo eso un poco; magia, creatividad, juego, descubrimiento, riesgo a saber quién es el otro, descubrir la transmutación de caracteres y personalidades… Es, además, teatro, música y colorido en las calles, y es belleza e ilusión salida de un espíritu travieso y bromista, en dónde el mero hecho de ponerte unos zapatos que no son los tuyos y que nunca te atreverías a calzar, a la vez que te aventuras a enfundarte unos bombachos, lucir unas plumas o unas alhajas exageradas, además del consabido antifaz, hace que te desprendas de un sin fin de parapetos y corsés ajustados que durante un año has llevado abanderados hasta las mismísimas cejas y pegados a la piel sin tener forma de desprenderte de ellos. Así de simple es el carnaval, cumpliendo una función de rompimiento de patrones de conducta.


Y no es un decir, no. Uno ve la vida de distinta forma detrás de una máscara o detrás de un antifaz. Uno mira, a través de los agujeros alargados, rasgados y descubiertos de ese antifaz negro, directamente a los otros, a los ojos de los demás. A los que están frente a ti o que pasan a tu lado sin querer rozarse apenas, tal vez por temor o por un cierto miedo atávico e infundado. Y uno puede, valientemente, acercarse a ellos más de la cuenta y con más desenvoltura y mayor espontaneidad, que la que existe en la vida diaria y rutinaria. Y ese espíritu natural, desenvuelto e inocente es el que llega a atrapar al otro, sabiendo tú que, aún con tu máscara puesta o tu antifaz, vas a sacar una sonrisa o solamente hacerle más cercana esa expresividad llana e inocente. Con la única intención de hacer una broma o tener un acercamiento afable con el que está enfrente. Y uno lo logra, viendo con una cierta sorpresa, como el que está enfrente se va quedando perplejo y un tanto aturullado ante esos ojos que, detrás de su máscara o de su antifaz, observan, miran, pestañean y casi se clavan sobre el otro que está a cara descubierta, aturdiéndole. No le queda más remedio que bajar la mirada, a veces, bajar la guardia y hacerse más sumiso. O, en todo caso plantarle cara a esa mascarita insidiosa que, bajo el anonimato, pretende acercarse más de la cuenta a ti, intenta congraciarse, intenta sacar conversación o, en muchos casos, sabe de tu vida personal más datos que los que a ti mismo te hubiera gustado saber. Y ahí entra en juego lo oculto, lo desconocido y a la vez conocido para intentar "desenmascarar", nunca mejor dicho, al que o a la que da detalles de tu personalidad y vivencias, casi siempre con la consabida pregunta de ¿me conoces, mascarita?.


Ése es el carnaval de mis tiempos, no tan lejano por otro lado, pero mucho más intimista. Un carnaval respetuoso con los demás pero que, a la vez, intentaba hacer una especie de juego psicológico de adivinación, aciertos y desenlaces, cuyas reglas estaban aceptadas por todos los participantes. En ese carnaval no había enfados ni altercados. Lejos más bien, había comprensión y tolerancia hacia el otro. Hacia el que nos "da la lata".


Era el carnaval alegre y bullanguero, el carnaval social y dicharachero en dónde la transgresión estaba más que permitida y, en dónde, ciertas normas preestablecidas podían romperse por un período de tiempo, en favor de una mejor salud emocional. Entendiendo la alegría, el desahogo y la fiesta como necesarias e imprescindibles para el justo y mejor desarrollo del ser humano.


No recuerdo una mejor transformación lúdica y teatral que la de mi hermano cuando aparecen estas fechas. Llegando los carnavales se enfundaba el sombrero de maga (campesina), la bata negra con el delantal blanco las alpargatas (también llamadas lonas) y portando una gran sereta de esparto, la llenaba con dos lecheras de aluminio que estaban en la casa familiar, unas buenas coles de hojarasca, un buen manojo de perejil, otro de rábanos y la gallina. La gallina que a su vez había sido diseñada, cosida, pintada y rellena de trapos por él. Ahí estaba justamente su entusiasmo y su jolgorio; llevar llena su espuerta y plantarla en medio de la calle, llena de mascaritas que paseaban o danzaban su baile particular, e intentar “dar la lata” vendiendo la leche que supuestamente portaban las lecheras. Amén de los productos de la huerta. Esa era una diversión  inocente, no exenta de entusiasmo, de alegría, de arte y de suplantación.


Pero a su vez mi hermana, que sabiendo las andanzas de mi hermano y el lugar a dónde normalmente iba a recalar con su repertorio carnavalero, se le acercaba, sigilosamente, con su disfraz de cabaretera intentando insinuársele más de la cuenta. Allí, mi hermano arrancaba la sereta del medio de la calle para salir apresurado dejando a esa mascarita pertinaz, insinuante y provocativa con dos palmos de narices. Mi hermano nunca supo quién era aquella pesada máscara que se le arrimaba tan sugerente y más de la cuenta…


Terminados los carnavales mi hermano volvía a regentar su puesto de trabajo con la seriedad que le requería y la responsabilidad que siempre había tenido, así como mi hermana también.


Hace tiempo que no voy a carnavales. Tal vez una cierta dejadez, una cierta necesidad de convencerme a mi misma de que han cambiado, de que ya no son lo mismo o simplemente me he dejado llevar por la comodidad rutinaria… no sé.


Lo cierto es que en lo alto de mi ropero está todavía la caja de cartón en la que guardo algunos disfraces, todos ellos de mi creatividad y elaborados por mi misma y que, desde su interior, me llaman animándome a no perder, ni dejar arrinconado por más tiempo ese espíritu creativo, lúdico e infantil.


Tal vez mañana en la noche hurgue en esa caja de cartón marrón claro y saque aquel disfraz de payaso que tan bien caracterizo y que ha sido el que ha propiciado mis mejores y más desenvueltos contactos, enamorando y seduciendo a los que, sin saber por qué, se sentían atraídos hacia ese personaje tierno, delicado, algo distraído y un poco andrógino que yo, con mi habilidad de buena imitadora, caracterizaba  casi a la perfección.


Arrancar una sonrisa a los otros requiere alguna pericia, pero por estas fechas cuesta  menos esfuerzo ya que hay cierta predisposición a vivir la fantasía y la ilusión. 




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lunes, 8 de febrero de 2010

Pasaje de luz


Desde el inicio se le antojó complejo y casi inabordable. Pero sin detenerse y, a la vez, estudiándolo, le dejó entrar despacio pero sin pausa; no fuera que se le escapara la luminosidad que desprendía espontáneamente. Le llegó de inmediato hasta  su rostro. Sintió que esa ráfaga de luz y color le dejaba atolondrado por unos instantes. Y  así fue. Su luz le entraba a bocanadas y, poco a poco, se le iba colando en su interior a través de su puerta medio entornada. Presentía su figura en forma de áureos interrogantes excepcionales y le dejaba perplejo. No exento de dibujos y formas que, sin quererlo admitir y a modo intuitivo, le iban calando en lo más profundo. Durante muchos encuentros, le dejaba pasar de soslayo no queriendo entretenerse en pensamientos figurados y algo complicados, difíciles de abarcar. Siluetas desdibujadas que formaban, en su mundo, un puzzle ilimitado, presto a encajar a medida que se le iban intercalando, livianamente, las piezas en sus manos. Así de ilimitado era su mundo íntimo tan lleno de vericuetos, de formas, de luces y sombras…Conexiones, al fin y al cabo, que había que deshilvanar para adivinar el jeroglífico que se le había planteado ante sus ojos. Parecía que nunca hubiera podido encontrar el profundo hueco de sus pensamientos, de sus razones, de sus cuestiones, siempre prestas a plantear pero casi nunca resueltas al momento. ¿Y qué puede resolver el momento? Los momentos le eran válidos en la medida en que los iba atesorando y conservando como si de archivos clasificados se trataran, para echar mano de ellos, precisamente, en esos instantes de dudas e incertidumbres. Todo un elenco de secuencias trasladadas a pensamientos, prestos todos ellos a desbordarse. Al paso, atiborrándose de flashes momentáneos de vida y color.

La vida era eso, resolución de interrogantes anquilosados y que, de manera paulatina, irían desplegándose para dar paso a la   iluminación de enigmas a través de unas figuras a las que había decidido poner nombre colocándolas en situación; desembarazándose así de su imaginación y, de paso, de su propia creación. Ese era su compromiso y su riesgo a la vez. Atreverse a dibujarlas sobre el lienzo, situándolas, para su tranquilidad personal, en orden y simetría, en color y forma, en energía y amor. ¿Amor? ¿O más bien serían reflejos purpúreos de los pasos del amor? ¿Llegarían a plasmarse con diafanidad todos esos reflejos, rayos penetrantes de luz y energía, dando de lleno en el interior de su corazón para hacer real su pensamiento más íntimo? ¿Y cómo catalogar semejante fuerza? Pensaba en esa secuencia registrada con número, fecha y orden. Y su nombre resonaba obsesivamente en sus oídos, más prestos a desembarazarse de lo terminado al fin, que a retener y  evocar lo construido. Como si, a manotazos, quisiera desprenderse de lo que, de una manera zumbona e insistente, continuaba llenando cada uno de los intrincados rincones de su existencia.

Sin percatarse apenas, se le había colado su propia alma hasta la médula espinal ¿y no es precisamente en esa médula por dónde corren variaciones del sistema nervioso y que viniendo del cerebro le llevan hasta los confines de su espíritu?... tan poco atendido, tan poco escuchado.

Lo construido no era otra cosa que, proyectos de diseño y colorido, sutiles enlaces de aventura y apertura a la ensoñación. Lo nuevo construido, y lo no construido formando parte de su propio deseo, de su propio engranaje apenas comunicado a través de finas pinceladas…apenas conocidas.

No se lo pensó dos veces, colocó el lienzo, marcó la silueta a trazos gruesos remarcados, como queriendo embeber el papel granulado de un único y firme trazo, enérgico y preciso. Como cuando dos seres se estrechan fuertemente sin decir palabra, estremeciéndose en una comunicación vigorosa, plena y esencial. Sin faltar la ternura para ese preciso momento.

Borró con un trapo, lo signado con anterioridad sobre esa misma tela. No quiso saber nada más de lo trazado, pretendiendo suprimir aquellas formas que, en tiempos pretéritos, conformaran el contorno a un paisaje dibujado en el pasado. Pero una fina veladura quedó reflejada en el fondo de su cuadro, como no queriendo desaparecer al completo, siendo un trazo afinado y certero que hubiera esbozado con vivacidad y coraje. Ahora, su lienzo estaba presto a ser de nuevo usado, a pesar de que las rayas estampadas no habían querido desaparecer de su panorama. Y su panorama era un bosquejo de dibujo ideado y prefigurado de lo que en su mundo interior había estado preparando mucho tiempo atrás. Ese mundo onírico en el que su vida se había envuelto, no le estaba resultando fácil plasmarlo. Estaba aún estancado. Dejaría correr el tiempo. Marcado por su propio ritmo, por su propio enlace, por su propia fusión de acontecimientos y vida. Nunca supo ser gestor de su paisaje, más bien impulsó una creatividad nada dada a ser realizada más que en breves diseños de acciones momentáneas. Cargada de fantasía y de ensoñaciones, esa era la espontaneidad de su creación. Hora instintiva, hora ingenua. Hora simple. Nada fácil de colocar en su tela.
















                        



                                                            



                                                                                                                    Foto Tanci




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lunes, 1 de febrero de 2010

Aspiración

                                                                                                Foto Tanci

Transpiro,
 tu aliento
Inspiro,
 un recuerdo
Espiro,
 el momento
Me inspiro
en tu verbo.
Aspiro al encuentro,
  conformado
 luego confortado. 
Lo pienso,
lo digo,
lo pido,
lo grito.
 Respiro.
 No confirmado
Expiro

                                                                                           FotoTanci






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lunes, 25 de enero de 2010

De oquedades infantiles


                                                                             Foto Tanci


Allí, pegada en una esquina y recostada de cuclillas contra una de las piedras salientes del estrecho habitáculo, se estrechó acurrucada lo más que pudo, sin querer mirar a ningún lado. Al tiempo, su respiración tibia salía entrecortada a través de su pequeña nariz. Los dientes, apretados unos contra otros, hacían que no hubiera movimiento alguno de su cabeza. Sólo los pómulos iniciaban un vaivén de entra y sale como prueba de su extremado nerviosismo y de su temor manifiesto. Sus manos protegían su cara de no sabía qué miedos que pululaban por su alrededor. Sintió como algo pegajoso se le enmarañaba en sus cabellos ensortijados y, tímidamente, más por temor que por timidez, en ese preciso instante, se pasó una de sus manos por su corta melena y atinó, en la oscuridad, a despegar aquellos hilillos pegajosos que hubo de quitarse de arriba. Un mayor temor se le venía encima, aquellos hilillos podrían traer consigo y envuelta alguna que otra araña negra, por lo que espantada salió de aquella oquedad con insignificantes y ahogados gritos infantiles, aún a sabiendas de que nadie podía oírla, que estaba sola y que tenía que desquitarse de aquella pegajosa tela de araña con su inexperta habilidad ¿Quién la mandaría a meterse en aquel sitio? -Se preguntaba una y otra vez- Tantas y tantas veces le atraían los pequeños y grandes agujeros. Como queriendo meterse en cada uno de ellos para entender desde dentro sortilegios que, a menudo, sorteaban sus pensamientos. Huecos a veces improvisadas por la propia naturaleza en algún tronco de algún árbol respondón que no quiso adecuarse a seguir el mismo camino de sus congéneres. Otras, se acercaba a las oquedades que aparecían entre los viejos muros de piedra viva en los que más de una vez supo aproximarse a los entresijos de esas arañas negras que tanto temía. Esas eran unas arañas negras, feas, con una cruz marcada en su lomo abultado y redondo; con cara de muy pocos amigos. Decían que era la cruz de la muerte…Pero sus telarañas eran blancas, perfectamente diseñadas, geométricas, formando polígonos que todavía no alcanzaba a conocer, casi transparentes, bien tejidas, en dónde cada amanecer algunas gotas del sereno vespertino quedaban aprisionadas hasta secarse paulatinamente a medida que transcurría la mañana.


Una vez, y sin que nadie la viera, cogió un pequeño palito y se apresuró a hundirlo en uno de aquellos agujeros con la pretensión de sacar a una de estas arañas de su madriguera. Estaba enrollada en su fino manto y parecía que no le gustó que la molestara ya que, de pronto y en cuatro zancadas, se dirigió a la misma mano que se atrevió a molestarla. Asustada, dio un respingo con el envoltorio blanquecino dónde estaba enrollado el insecto, depositándolo velozmente en el suelo. Al poco, sacó otra araña de otro agujero, siendo ésta no tan negra y de dimensiones más pequeñas que la anterior. Las puso una al lado de la otra y con un breve empujoncito las acercó pensando que estarían ambas en buena compañía. Lo único que consiguió fue enfrentarlas en una auténtica guerra de arañas en la que la mayor acabaría inyectándole algún tipo de veneno hasta paralizar a la pequeña, agrisada y menos poderosa. En segundos, todo ese panorama se le pasaba por el pensamiento mientras no dejaba de sacudirse las greñas enmarañadas y cada vez más revueltas.

Volvió sobre sus pasos para asomarse a la entrada de la pequeña gruta bajo la promesa que siempre le había hecho a su abuela: -"Allí no se entra"-

Pensaba ella que no se entraba porque había algo que los adultos, en su afán de esconder muchas verdades, pretendían no decirle con toda claridad. Bastó el “allí no no se va” o el “allí no se entra” para ir directa, como un imán, hacia la abertura del agujero. Durante mucho tiempo estuvo dudando en si podría o no, en si sus fuerzas eran lo suficientemente pesadas y seguras como para afrontar sola semejante exploración. Y lo peor, en cómo romper un mandato tan severo y tajante como lo era el de un adulto.

Volvió de nuevo a intentarlo y penetró esta vez más despacio, y recordó la esquina en la que estuvo minutos antes pegada contra la pared, agazapada y de cuclillas, dada la escasa altura del lugar. Pensó de nuevo en las arañas y en algún que otro animalillo que, como ella, se hubiera introducido a la espera de algún nuevo descubrimiento, o simplemente para guarecerse de la lluvia o de la intemperie.

Con una mano tocó el suelo y palpó la tierra húmeda, más bien mojada y casi hecha barro. Se topó con dos gruesas botellas de vidrio verde medio enterradas y llenas del barro en el que habían estado mucho tiempo. Por el otro lado había un cucharón de aluminio negruzco y medio escachado por el paso del tiempo y que nunca supo qué hacía allí. Recordó la historia que alguna vez repitió su abuela sobre unas monedas enterradas con cierta precipitación cuando en tiempos de la posguerra pasaban por las casas llevándose y requisando algunos ahorros, los pocos que podría haber, de personas nobles, trabajadoras y humildes.

-Anda que si encuentro un tesoro- se dijo para sí misma. Y en el momento en que sus pupilas hicieran un mayor hueco en la penumbra, y pudo percibir cada uno de los rincones de aquel viejo horno en dónde antaño se hicieron y se cocieron todas las tejas con las que se cubrieron las casas que circundaban aquellos pagos, amén de la cochura de algunas cacerolas de barro como algún tostador para el trigo, o para el café que en pequeños sacos habían sido enviados desde Venezuela; en el momento en que sus pupilas se abrieron, unos destellos blanquecinos llenaron sus ojos de pequeños tesoros abombados y delicadamente colocados unos junto a otros sobre unas pajas apretujadas. Allí estaban, como quien coloca, esmeradamente, en una cajita muchos bombones de fino chocolate. De cuclillas todavía, puesto que el espacio no daba para erguirse, se acercó solemnemente, de nuevo con la respiración entrecortada, hasta que pudo descubrir la echadura de al menos catorce huevos de una quícara (pequeña gallina más escandalosa que las gallinas en su canto, pero mucho más agasajadora con su crías que aquéllas). -¡Menudo un tesoro!- Pensó y se dijo para sus adentros. Nunca había visto tanto huevo junto. Salió del lugar apresuradamente y a gritos informó a su abuela de tal descubrimiento. A lo que su abuela le sugirió por enésima vez.- Allí no se entra- Pensó la criatura que la abuela escondía allí todos los huevos y que poco a poco los iría consumiendo. Al poco tiempo vio, con gran asombro, como la pequeña gallina se rodeaba de sus polluelos y caminaba cacareando alegremente por los alrededores del horno de teja. Aquél al que le era prohibido entrar y que dio cobijo a una gallina ponedora. Y en el que supo abandonarse, en muchas más ocasiones de las que le fuera prohibido por su abuela, a sus soledades, silencios, sueños y juegos en solitario.



                                                                              Foto Tanci





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domingo, 17 de enero de 2010

Reflexión


                                                                                         Los ocho objetivos de Desarrollo del Milenio



Muchos han sido los pensamientos y propósitos ideados para este recién estrenado 2010. Quiero pensar que en nuestros deseos diseñados interiormente , además de pedir para nosotros, de alguna manera hubiésemos dejado hueco para algún deseo solidario hacia los demás. Eso embellecería el interior de la persona que lo pensó, lo hizo,  lo ha hecho o lo está haciendo.

Yo misma diseñé, en los albores del nuevo año, ser más feliz sintiéndome mejor conmigo misma, pensando que así podría posteriormente lograr otros objetivos cercanos. Leo en algunas revistas tantos y tantos objetivos propuestos para una nueva era. Lo que se vende y lo que no. Lo que está de moda y lo que no está. Conceptos tales como lo ecológico, lo natural, lo saludable parecen adelantarnos o, al menos, propiciarnos una mejor forma de vida para un futuro mejor. Parece ser que quiere cobrar fuerza  una serie de valores que nunca han debido de desaparecer del mapa humano; valores tales como la autenticidad, la honestidad, la moralidad o la credibilidad. No está de moda la apariencia superflua que tanto ha crecido  a nuestro alrededor y que tan bien acogida ha tenido durante tanto tiempo llenando las hojas de innumerables revistas. Quieren hacernos creer que la ostentación, lo artificial y todo tipo de excesos va quedando en segundo plano, mientras que, parece que se quiere dar importancia a conceptos como la ética, la parte interna del ser humano, la solidaridad, el compartir, la tolerancia, la generosidad... y un largo etc. que se buscará, se implantará y se banalizará en favor de una ¿aparente nueva moda?.

Y este inicio de reflexión me lleva a depositar mis ojos allí dónde todos hemos depositados el corazón y la mirada anonadada desde hace pocos días; Haití. Porque lo verdaderamente trágico en Haití no ha sido el desastre natural, que también lo es y mucho. Lo verdaderamente trágico en Haití es la injusticia social, las desigualdades, el hambre, la escasez, la miseria, el dolor y el sufrimiento.


Mientras que en revistas con "glamour" proclaman que debes intentar "ocuparte y no preocuparte", "enamorarte de la vida de nuevo", etc., y que lo que nos debe importar es más el ser que el tener buscando nuestro propio equilibrio y escuchando los latidos de nuestros corazones, sensibilizándonos para participar en la construcción de un futuro más digno, más solidario, más equitativo y más generoso.¿Cómo sentirse bien ante la semejante tragedia que azota Haití y que dando la vuelta al mundo nos hace mirarnos en nuestro propio espejo?


Cuando en el año 2000 Jefes de Estado convergieron en un planteamiento de desafío que enfrentaba el nuevo siglo y revisando el papel de las Naciones Unidas, se dio un plazo para realizar los ocho objetivos planteados para el 2015, uno de los ocho objetivos era precisamente erradicar la pobreza extrema y el hambre. Este es el auténtico reto del siglo XXI: ayudar a los marginados, a los más frágiles y vulnerables.

Vemos con indignación e impotencia que este desastre natural de terremoto no trata a todos por igual. Que en este estado critico de necesidad urgente de ayuda por estar más marginados y por sus propias carencias; ésta, la ayuda, no se va a materializar en el 2015, fecha que estaba estipulada por las Naciones Unidas. Ahora mismo se están haciendo esfuerzos ímprobos para intentar con rapidez llegar a paliar los efectos tan devastadores y trágicos.

La ayuda no podrá ser "pan para hoy y hambre para mañana". Si en Haití el 80% de la población está debajo del umbral de la pobreza, y el 4 % posee el 64% de la riqueza nacional y 4 de cada 10 niños sufre desnutrición siendo que el 75% de la población sufre los efectos de esta desnutrición , no habrá que darles los peces; lejos más bien, habrá que enseñarles a tirar las redes para que pesquen sus propios peces para que se puedan repartir. Y este proceso empieza desde la base con una educación en forma y con un apoyo internacional comprometido de responsabilidad y de colaboración.

Queda la esperanza y la expectativa de la reconstrucción de este país que ha ido de crisis en crisis pasando por huracanes y terremotos aumentado por las crisis de alimentación. Habrá que plantearse una estabilidad social y política con arraigados valores éticos que contagien a su población para hacer emerger a un país sumido en la mayor tragedia que han vivido.

Creo que nunca he dejado de "estar a la moda" y siempre me ha interesado más el ser que el tener, aunque pretendan colocarlo ahora como un valor en alza. Sólo me queda ayudar en la medida de mis posibilidades y mirar hacia el cielo en la búsqueda, tal vez, de misericordia.







No tengo espacio para la música


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