viernes, 13 de mayo de 2011

Languidez



                                                                                                                                        Foto Tanci
                                                                             





Dando mil vueltas
lejano el crepúsculo
como veleta.

 
 
 
 
 







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miércoles, 4 de mayo de 2011

Un vuelo emocionante

                                                                            Foto Tanci

 



El blanco roto, el amarillo claro junto con el rosa insinuado resplandecían poco a poco sobre el horizonte, dejando una pátina brillante y de color plata, como rastro, al elevarse sobre la mar.

La luna de marzo le transportó a la vieja casa solitaria de la infancia y los recuerdos le llegaron agolpados cuando la vio emerger. Fue allí, en la vieja casa de la abuela, en dónde experimentó sus primeras habilidades manuales con algunas de las cañas de los cañaverales próximos al lugar. Recordó las tres varas bien recortadas y perfiladas que logró cortar y alisar con un pequeño cuchillo de mesa. El hilo marrón de embalar, los trapos, hechos jirones y sacados de alguna vieja tela caída en desuso que le había propiciado la abuela. Y desde luego, los papeles de seda; blanco, amarillo y rojo.

Fue su tía quien le involucró en el gozo, el deleite y la ilusión de experimentar una construcción bien hecha, bien medida, firme y, al final, bella y estética. Más tarde llegaría el vuelo. El maravilloso experimento del vuelo.

El vuelo de la cometa era elegido y deseado siempre por marzo y abril, cuando el viento del nordeste llegaba a ráfagas suaves a la zona de las medianías de aquellos pagos. Aunque, a veces, venía cargado con algo de humedad favoreciendo poco a la experiencia, dado lo fino y delicado del papel.

Las cañas montadas en cruz y formando un perfecto exágono, dieron cuerpo a un entramado simple, de coqueto traje amarillo, rojo y blanco, bien recortado y pegado a cada uno de los bordes. El hilo bien tensado. La cola no podía ser ni muy corta ni muy pesada, ni tampoco muy larga, pero siempre bien anudada. Si fallara cualquiera de estos requisitos no podría elevarse ni tan siquiera dos palmos por encima de su cabeza. Caería de inmediato en picado.

¡Cuidado! -Vigila que el nudo del hilo quede bien hecho y bien apretado a cada uno de los extremos del exágono-

- Y ten en cuenta que el cabestro ha de quedar como una perfecta pirámide- Su tía se entretenía, con la debida paciencia, en mostrarle sus habilidades y experiencia en el real vuelo de la cometa. Su tía era una auténtica pedagoga en el arte y disfrute de los juegos infantiles. Le transmitía seguridad en los juegos al tiempo que creaba una alegre complicidad en el disfrute.

- Ya está preparada y nivelada- le decía.-Cuida de llevar en la mano izquierda la cometa y en la derecha el ovillo de hilo bien enrollado -¡Y cuidado con la cola, no vaya a enredarse en las pencas que están por la zona!- Pensando en que su corta experiencia no daba para recaer en tan importantes detalles.

-Si cuando esté elevada vieras que la cometa da cabriolas, es que la cola ha quedado corta y entonces habrá que bajarla de nuevo y añadirle más trapos anudados- Le decía con la seguridad de quien porta toda la experiencia.- Y si no sube, es por falta de viento o porque te has pasado en su cola- Volvía a decir en un tono de voz contundente.

Y le enseñaba a ir quitándole algún trocito de cola hasta equilibrarla en su justa medida y peso.

-¡Corre, corre en una pequeña carrera a lo largo del montículo!- Le gritaba, dándole instrucciones, un poco más abajo desde el otro montículo en dónde su tía se hallaba.

- Vas dejándola soltar y cuando veas que se va elevando, vas dándole más hilo, poco a poco hasta que la veas allá arriba balanceándose contenta contra el cielo sereno-

Y cuando así sucedía, cuando permanecía algo estática, como si la mirara directamente a su cara desde su altura, se quedaba boquiabierta y absorta viendo que aquel artilugio, preparado pocas horas antes y salido de la habilidad de sus diminutas manos, funcionaba a las mil maravillas. Podía volar y mantenerse en el aire por todo el tiempo que quisiera y dar bandazos de un lado para otro pidiendo hilo, más hilo.

-¿Lo ves? - Cuando va de un lado para otro, desesperada, es que te pide más hilo y tú debes dárselo, sin brusquedad. Cuánto más hilo le des, más lejos se irá- Le decía, una vez más, en tono cariñoso y cautivo a la vez

En uno de esos momentos y, tal vez, cuando más emocionada estaba mirando hacia las alturas; de repente, una ráfaga de viento fuerte y no esperado, tensó el hilo de tal manera que le arrancó de cuajo el cordel de sus pequeñas manos, por el único extremo al que lo tenía sujeto. Tan desprevenida le cogió que la cometa salió volando veloz, sin posibilidad alguna de su rescate, achicándose en el cielo rápidamente. Se fue haciendo diminuta perdiendo su forma y sus colores allá arriba en lo alto del espacio. No pudo atajarla y, aunque salió corriendo tras ella, se perdió para siempre entre algunas nubes de algodones que parecían raptarla tras un mar de cielo azul intenso. Rompió a llorar desconsoladamente, con la congoja en su garganta y la tristeza de quien sabe que no volvería a verla jamás.

Pero esta noche, la luna de marzo vino más brillante, más llena, más redonda y grande. Esta noche, ella, más lustrosa que nunca le trajo el recuerdo de su cometa, con sus colores recortados contra el cielo, emergiendo, siendo dueña y señora de ese momento nocturno de intensa luz. La luna le devolvió su cometa porque fue a vivir allí, a dónde su tía tantas veces le habia dicho que iría a parar y que estaría mirándola fija y que, algún día, cuando menos lo esperara, volvería de nuevo a sus manos.
Su tía supo acallar el llanto entrecortado, aplacando su tristeza y desconsuelo, sin saber que marzo le devolvería, a través de ese halo resplandeciente, aquella cometa que se elevó por los aires perdiéndose hasta alcanzar el fulgor de la luna. No se equivocó en su designio.











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miércoles, 27 de abril de 2011

Atrapado




                                                    Foto Tanci




Cepa aferrada
un árbol encajado
en el barranco.




                                                    Foto Tanci







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miércoles, 20 de abril de 2011

La espera

                                                             



El hombre medio calvo y casi canoso estaba sentado en un recodo de una de las mesas que estaba más retirada de la barra de la cafetería. Diríase que no viajaría, ni que esperara a familiar alguno llegado de otro país, ni tan siquiera a un amigo.

Se toma su café con la parsimonia de quien saborea el más espléndido elixir. Mientras, la camarera detrás de la barra, sirve uno tras otro con la danza ligera de quien pretende elevarse de  la rutina de un trabajo matutino. De repente, el hombre medio calvo y casi canoso, se levanta y, sin decir nada, recoge varias tazas, platos y vasos que permanecían vacíos a la espera de ser retirados. No, no es camarero. Y sin embargo, cumple esta función entregándoselos a la chica rubia y con coleta que está detrás de la barra. Esta los recibe con una amable sonrisa y gratitud. Como si estuviera establecido de antemano un pacto a modo de ayuda mutua y generosa, espontánea y no remunerada.

El hombre medio calvo y casi canoso limpia además las mesas, recoge los vasos y las tazas y quita las pequeñas y finas servilletas usadas de las tazas y platos. A cambio, ella, la chica que está detrás de la barra, le entrega un periódico doblado, no sin antes avisarle que ese, precisamente ese, no le gustaría. Él, sin embargo, lo despliega echándole una visual generalizada y con poco interés a la portada, lo vuelve a doblar, lo deposita sobre la mesa en la que está sentado y se estanca en ella con los codos apoyados firmemente sobre la tabla brillante y lisa de color ámbar. Después de unos segundos, pasa su mano izquierda por su cráneo y lo acaricia, manteniendo su cabeza ladeada con el único apoyo de su mano. Por un momento se recuesta en el respaldo estilizado y negro de la silla de PVC de acabado modernista. Su barriga sobresale como un globo que permanece henchido bajo su suéter de color beige de punto inglés.

Pensativo, dirige la mirada algo perdida a no sabe bien qué o quién, dejándose llevar por las ruidosas voces que, a modo de conversación ininteligible, sobresalen desde el otro lado de la barra. Voces juveniles, alegres y apasionadas en su charla.

El hombre medio calvo y casi canoso se conforma con estar, con observar, con mantener sus manos abrigadas y apretadas dentro de los bolsillos de su chamarra gris plomo. Observa. Mira. No se mueve, apenas pestañea, pero está.

De pronto eleva su vista, obligando a su cuello a erguirse apenas, cuando alcanza a ver a un vigilante, embutido en su impecable uniforme azul marino con paso marcial, al que sigue parsimoniosamente, con su mirada perdida hasta voltear su cabeza. Y como si de un acto reflejo se tratara, mueve su boca, instintivamente, como lo hace cualquier pececillo que busca un poco de alimento u oxígeno renovado dentro de su pecera. Busca alimento, busca oxígeno, busca vida, busca estímulo, busca renovación…

El hombre medio calvo y casi canoso mira sin ver. Observa sin mirar y piensa. ¿En qué piensa sentado en la silla con respaldo negro tipo modernista? Está sólo. Y sólo está.

Cuando termine mi café, deje de escribir y me levante de la silla con respaldo negro tipo modernista, él recogerá lo que he dejado vacío sobre la mesa, en su afán, tal vez, de ser provechoso, sentirse algo querido y aceptado. Con ese deseo humano de entablar una simple y mínima conversación de acuerdo tácito con la chica rubia de coleta que despacha café detrás de la barra.






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jueves, 14 de abril de 2011

El muro

                                            
                                                                     Foto Tanci


Estaban colocadas en pequeños montones como queriéndolas coleccionar sin orden alguno y sin reparar, tan siquiera, en tamaños, ni colores, ni formas. Ocres, grisáceas, amarillentas, negruzcas, algunas tiznadas, desiguales, cortantes…Así, apiladas, daban la sensación de pequeñas pirámides derrumbadas en las inmediaciones del terreno dónde estaba situado el viejo lagar. En un momento de renovación, hubo la necesidad de ampliar el pequeño huerto, de hacerlo más grande, aprovechando todo el espacio disponible. Era la manera de hacer uso de aquella tierra en dónde descansaban aquellos montones de obsidianas, basaltos y piedras volcánicas y en las que, durante tanto tiempo, nadie había reparado. Ahora sería justo el momento de hacer uso de aquellos pedruscos abandonados a la intemperie sin que nadie antes los hubiera tenido en cuenta.

Así, una a una, se fueron agrupando, apiladas, hasta dar forma en altura y en grosor a un nuevo muro de piedra lo suficientemente fuerte, como para soportar el peso de la tierra que se extendiera de relleno hasta conseguir allanar el huerto. Sería la continuidad de aquel otro muro que otrora, había sido dejado a la mitad por escasez de mano de obra y de tiempo.

Las viejas piedras que habían permanecido bien apiladas unas sobre otras, daban vida a un perfecto muro que sería la línea a seguir para dar continuidad a la renovada muralla y que daría paso al huerto familiar. Se rellenó el espacio con tierras de los alrededores, tierra negra, mezcla de compost y bostas… tierra bien abonada, al fin. Cogió forma el recién construido huerto. Se mantuvo firme propiciando un vergel del que, año tras año, y según cada estación, se sacaban las hortalizas abasteciendo a los moradores de la vieja casa de labranza. Habichuelas, papas, arvejas, millo, beterradas, coles, lechugas, perejil y cilantro. Amén de alguna que otra hierba culinaria que, la mayoría de veces, servía más para remedios caseros que para su utilización en la preparación de guisos. Toda la agricultura de subsistencia propia de un entorno rural. El nuevo huerto funcionó. De sus entrañas se extrajeron las hortalizas de consumo biológico que su dueña siempre había querido tener.

Hoy y después de las insistentes y descontroladas lluvias, la tierra, empapada, calada hasta no poder absorber más, cedió y empujó con su excesivo peso el reciente muro, haciendo que aquellas piedras cedieran por su parte más débil y menos fuerte. Tal vez, por la parte en dónde fueron colocados pequeños guijarros de piedra pómez blanquecina, más frágil y endeble y menos resistente que la piedra volcánica. El viejo y tosco muro, sin embargo, permaneció indemne.









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viernes, 8 de abril de 2011

Pensamientos

                                                                        Foto Tanci






Estuve pensando
saltar de emoción
mirarte de reojo
pasar a la acción
estrecharte en un abrazo
y pedirte un apretón.

Estuve pensando
permanecer quieto,
parado y agazapado
fuera de ese muro
fuertemente instalado.



Estuve pensando
alejar mis creencias
abandonar mi franja
cerrar mis maletas
aparcar mi corazón
no estar alerta…

Estuve pensando
entonar una canción
componer poesía
musitarla de mañana
y hacerla sólo mía.



Estuve pensando
volver hacia atrás
y susurrarte al oído
no te vayas, te necesito
ven conmigo.

Estuve pensando
guardar
mi esencia y mi color
mi proyecto de asidero
mis ideas verdaderas
rara vez
proyectadas  fuera.



Estuve pensando no pensar
ni tampoco abandonar
bajo excusa prometida
de seguir
con dinamismo y energía.
Es el elemento,
lo da la propia vida.



 Pensando estuve en ti, 
vida mía.







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domingo, 3 de abril de 2011

Contraste

                                                                          Foto Tanci





Tras unas rocas
azul verde y naranja,
¡cómo contrastan!







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